domingo, 22 de junio de 2014
jueves, 19 de junio de 2014
Felipe VI jura la Constitución
Hay tres jueves en el año que relumbran más que el sol: Jueves Santo,
Corpus Christi y el día de la Ascensión, se recitaba cuando era pequeña. De esos
tres jueves, hoy apenas celebramos el de Semana Santa y porque suele ser inicio
de puente largo. Excepto en 2014, que el Corpus Christi ha coincidido con la
proclamación de Felipe VI como rey constitucional.
Los preparativos de los últimos días han tratado de blindar el centro
de Madrid. Esto, que parece una frase hecha, resulta que es verdad. No hay
manera de moverse por la almendra de la ciudad sin toparte con una lechera, una
furgona o un grupo de policías haciendo su trabajo. Por lo general, con pocas
incomodidades, excepto el helicóptero que sobrevuela el centro produciendo un
ruido que, al cabo de las horas, resulta incómodo. El “mosquito” estuvo dando
la tabarra hasta bien entrada la noche del miércoles y ha vuelto muy temprano el
día D.
Al levantarte, miras al cielo y te topas con el helicóptero –luego descubrirás
que no hay uno sino varios-, miras hacia la calle y lo primero que ves es una
pareja de polis en traje de faena. Estamos rodeados, comentas con el colega.
Las teles se han puesto de largo para comentar los actos
institucionales en el Congreso de los Diputados y en el Palacio Real. Mucho
periodista talludito para opinar y mucho periodista joven para informar. La proclamación
ha empezado bien: por primera vez, el nuevo rey ha elegido una ceremonia estrictamente
civil. Con ello, no sólo se ha adecuado a la letra y el espíritu constitucional
sino que se ha evitado la homilía del Tarancón de turno. El presidente del
Congreso, Jesús Posada, vive su cuarto de hora de gloria, en plan Rodríguez de
Valcárcel actualizado. Quién se lo iba decir cuando Aznar le dejó al cargo de
la finca en Castilla y León.
En la tribuna, a los padres de Leticia -él con su actual mujer- los han
separado por una columna, quizá para evitar líos. Los expresidentes –González,
Aznar y Zapatero- lucen sendos caretos, como si no hubieran acabado de digerir algo.
Las infantillas pequeñas, Leonor y Sofía, están modositas y graciosas,
vigiladas de cerca por su madre, la ya reina Leticia. De la que me he librado, pensará
la pequeña.
En su discurso, Felipe VI habla de los hombres y mujeres de su
generación pero olvida a los que se ha echado del país. Habla también de impulsar
las nuevas tecnologías, la innovación y del papel que han de desempeñar las
mujeres en esa España del futuro, lo que no deja de ser una paradoja en su
caso, que ha sido preferido sobre sus hermanas por el sólo mérito de ser varón.
No es un gran discurso, ni demasiado rompedor pero se le entiende lo que dice, lo
que ya es más de lo que pasa con los que utilizan el metalenguaje, tipo Rajoy,
Cospedal y así.
Al terminar el acto, las cámaras buscan a los dos parlamentarios que
subsisten de la proclamación de Juan Carlos I: Celia Villalobos –que entonces
era progre- y Alfonso Guerra: el dinosaurio sigue ahí.
El interés está en la calle más que en la tele, le digo al colega. En ese
momento, observamos el paso de un coche con una bandera tricolor sobre el
techo. La policía le da el alto y conmina a sus ocupantes a quitar la enseña. Éstos,
que no cumplen ya el medio siglo, se resisten cuanto pueden pero la policía se
muestra firme. Finalmente, la retiran del coche y la extienden, sostenida entre
los cuatro. Algunos transeúntes se prestan a ayudarles. La policía les pide la
documentación, se la muestran. Les indican que recojan la bandera. Una pareja
de vejetes, vestida de blanco impoluto, que pasean a sus perros, se acercan al
grupo, hacen fotos y se van.
Los preparativos de los últimos días han tratado de blindar el centro
de Madrid. Esto, que parece una frase hecha, resulta que es verdad. No hay
manera de moverse por la almendra de la ciudad sin toparte con una lechera, una
furgona o un grupo de policías haciendo su trabajo. Por lo general, con pocas
incomodidades, excepto el helicóptero que sobrevuela el centro produciendo un
ruido que, al cabo de las horas, resulta incómodo. El “mosquito” estuvo dando
la tabarra hasta bien entrada la noche del miércoles y ha vuelto muy temprano el
día D.
Al levantarte, miras al cielo y te topas con el helicóptero –luego descubrirás que no hay uno sino varios-, miras hacia la calle y lo primero que ves es una pareja de polis en traje de faena. Estamos rodeados, comentas con el colega.
Las teles se han puesto de largo para comentar los actos
institucionales en el Congreso de los Diputados y en el Palacio Real. Mucho
periodista talludito para opinar y mucho periodista joven para informar. La proclamación
ha empezado bien: por primera vez, el nuevo rey ha elegido una ceremonia estrictamente
civil. Con ello, no sólo se ha adecuado a la letra y el espíritu constitucional
sino que se ha evitado la homilía del Tarancón de turno. El presidente del
Congreso, Jesús Posada, vive su cuarto de hora de gloria, en plan Rodríguez de
Valcárcel actualizado. Quién se lo iba decir cuando Aznar le dejó al cargo de
la finca en Castilla y León.
En la tribuna, a los padres de Leticia -él con su actual mujer- los han
separado por una columna, quizá para evitar líos. Los expresidentes –González,
Aznar y Zapatero- lucen sendos caretos, como si no hubieran acabado de digerir algo.
Las infantillas pequeñas, Leonor y Sofía, están modositas y graciosas,
vigiladas de cerca por su madre, la ya reina Leticia. De la que me he librado, pensará
la pequeña.
En su discurso, Felipe VI habla de los hombres y mujeres de su generación pero olvida a los que se ha echado del país. Habla también de impulsar las nuevas tecnologías, la innovación y del papel que han de desempeñar las mujeres en esa España del futuro, lo que no deja de ser una paradoja en su caso, que ha sido preferido sobre sus hermanas por el sólo mérito de ser varón. No es un gran discurso, ni demasiado rompedor pero se le entiende lo que dice, lo que ya es más de lo que pasa con los que utilizan el metalenguaje, tipo Rajoy, Cospedal y así.
Al terminar el acto, las cámaras buscan a los dos parlamentarios que subsisten de la proclamación de Juan Carlos I: Celia Villalobos –que entonces era progre- y Alfonso Guerra: el dinosaurio sigue ahí.
El interés está en la calle más que en la tele, le digo al colega. En ese
momento, observamos el paso de un coche con una bandera tricolor sobre el
techo. La policía le da el alto y conmina a sus ocupantes a quitar la enseña. Éstos,
que no cumplen ya el medio siglo, se resisten cuanto pueden pero la policía se
muestra firme. Finalmente, la retiran del coche y la extienden, sostenida entre
los cuatro. Algunos transeúntes se prestan a ayudarles. La policía les pide la
documentación, se la muestran. Les indican que recojan la bandera. Una pareja
de vejetes, vestida de blanco impoluto, que pasean a sus perros, se acercan al
grupo, hacen fotos y se van.
Los policías han debido de pedir refuerzos porque, de pronto, aparecen
otros tres coches policiales de los que se apean varios efectivos: 14 en total
rodean a los de la bandera republicana en plan circulen y disuélvanse en grupos
de uno. Una desmesura. La gente se amontona, una veintena, calculo, y empieza a
gritar: Basta ya de Estado policial. El mosquito también parece haberse
enterado porque sobrevuela la zona.

Los policías se lo toman con calma. Dan
ganas de bajar y explicar que esa bandera un día fue la nacional, por la que
dieron su vida miles de españoles pero, finalmente, una de las mujeres la
recoge, se la enrolla en torno al cuello, a manera de fular y se va caminando. Los
demás entran en el coche y se van también.
El centro de Madrid está tomado. Tomado por la policía y por miles de
banderas roja y gualda portadas por gente de toda edad, muchos jóvenes y muchas
mujeres. La estación de metro de Sol está cerrada al tráfico y en la de Callao sólo
se permite un acceso. Un chico se empeña en tomar una dirección prohibida y una
docena de vigilantes se le echan encima. Hay como un exceso de testosterona en
el ambiente.
Cientos de personas siguen acodadas en las vallas de las aceras de Gran
Vía, por donde unos minutos antes ha pasado la comitiva real. Sobre la fachada
de los cines Callao, una enorme pantalla transmite el itinerario de los reyes,
que acaban de llegar al Palacio Real.
El paso hacia la Plaza de Oriente está controlada por un único acceso,
regulado por varios arcos detectores de metales, lo que provoca un atasco
enorme de quienes quieren entrar y no pueden hacerlo, incluso después de que
los reyes –cuatro, como en la baraja- hayan salido a saludar.
A lo largo de la calle Arenal un río de gente se encamina a la plaza de
Oriente portando banderas de diverso tamaño. Los hay que caminan con paso
marcial, que recuerda otros tiempos, otros modos. Los hay con cara de fervor,
los hay con aire festivo, hay grupos, familias, parejas. A la altura de la
iglesia de San Ginés, alguien grita: Viva España, y el grito es respondido con
entusiasmo por cientos de voces. Viva el Rey, se oye a continuación, y el grito
es coreado con la misma pasión. Se respira una mezcla de enardecimiento y
jolgorio. Hasta la discoteca Joy Eslava -que gusta a Froilán- Los republicanos estamos en absoluta minoría.
En esos momentos, tres helicópteros vuelan sobre nosotros produciendo
un ruido molestísimo. Puto mosquito, mascullo. El colega me mira con conmiseración
y empieza a razonar sobre los modos de gobierno que cada pueblo idea para el
mejor gobierno, desde los griegos a hoy.
Sol está tomado por las fuerzas de Cristina Cifuentes, delegada del
Gobierno que, según se asegura, aspira a la Alcaldía de Madrid. Una muestra de
poderío: bomberos, Samur, distintos modelos de vehículos policiales, un
hospital de campaña. La zona 0 de un hipotético conflicto. Sobre la fachada de
la Comunidad, un enorme cartel con la imagen de los nuevos reyes.
En la plaza de Tirso de Molina se ha concentrado medio millar de
personas reivindicando la República como forma de gobierno, rodeados por un
número ligeramente inferior de policías.
En la calle Relatores, donde vive Joaquín Sabina, ha tomado posiciones
una lechera policial. Dos efectivos charlan con los que pasan. Estarán ahí por
si los reyes vienen a visitar al cantante, comento con el colega. Pero él,
empeñado en darme la charla sobre la democracia y la dictadura de los griegos, sigue
hablando de Alcibíades y Pericles y de Aspasia, la primera mujer que habló en
la Asamblea de Atenas. Que los de Podemos y sus asambleas se creen que han
inventado algo y eso ya estaba inventado en Grecia, insiste.
¿Qué Podemos lo inventaron los griegos?, digo, entre risas. Pasamos en esos momentos junto a un grupo de los 9.000 policías que han blindado Madrid, que quizá nos han oído y nos miran como si fuéramos marcianos. Pues sí, machaca el colega, y desde entonces en materia de política está casi todo inventado. También en eso tiene razón. Seguro que alguien se lo ha contado ya a Felipe VI.
miércoles, 18 de junio de 2014
Los mejor preparados
Quienes hemos nacido en los años cuarenta del pasado siglo hemos vivido, como poco, el estreno de cinco Papas de Roma –uno de ellos desaparecido de manera sospechosa, por decirlo diplomáticamente, y otro víctima de atentado aún no aclarado- la muerte de Mao –que era como el emperador de un imperio naciente- el asesinato del presidente de Estados Unidos –Kennedy- en la cumbre de su poder –el presidente y la nación- la desaparición del bloque soviético, el fin de la guerra de Vietnam, el fin del apartheid sudafricano, la reunificación de Alemania, el asesinato de Olaf Palme, la caída del sah de Persia, decenas de golpes de Estado y casi tantos procesos de democratización, la descolonización en África, el Mayo del 68, el movimiento beat, la revolución de los Claveles en Portugal, la muerte de Franco y el acceso de un nuevo rey que era a la vez el candidato colocado por el dictador y el heredero natural de la dinastía, cogido como a la pata coja. Y, ahora, la abdicación de aquel rey –conocido como Juan Carlos I- y la llegada de su heredero varón, en el mundo Felipe VI.
Eso,
por citar de memoria y sin echar mano de San Google, patrón de los desmemoriados.
Y sin hablar ni media palabra de los avances tecnológicos que nos han colocado
de golpe y dentro de casa en lo que veníamos llamando el futuro. Quiero decir
que, sólo con mirar alrededor, hemos tenido una vida entretenida. O lo que es
lo mismo, que si has cumplido sesenta y dices que te has aburrido es que tienes
que ser muy desaborido.
Mi generación puede quejarse de algunas cosas pero no de haber
carecido de emociones. Hemos sido testigos y en algún caso hemos protagonizado momentos
estelares en la historia de este periodo. Hemos conquistado avances sociales
que nuestros padres creyeron imposibles y nuestros abuelos ni siquiera fueron
capaces de imaginar. Hemos vivido momentos prodigiosos.
Lástima
que no fuéramos capaces de vislumbrar que en materia de conquistas sociales no
hay nada definitivo y que a la mínima que te descuides te hurtan los derechos
que creías irreversibles. Eso es lo que ha ocurrido con la sanidad, la
enseñanza, las pensiones y la dependencia, los cuatro pilares del Estado de
Bienestar, que el gobierno actual está desmontando o entregando a empresarios de su cuerda.
Vivimos
hoy, dicen, otro momento histórico. Seguro que es verdad aunque no comparta los
motivos que esgrimen quienes afirman tal cosa. La llegada de un nuevo rey, el
mejor preparado de cuantos se han sentado en el trono.
No hay
motivos para sospechar de la preparación del monarca, nuestros dineros nos ha
costado. La suya y las que le siguen son las generaciones mejor preparadas de
nuestra historia, muchos de ellos pueden mostrar un expediente académico
intachable, hablan idiomas con soltura, están al nivel de los profesionales de
los países más avanzados.
Pues
bien, esas generaciones tan bien preparadas, en quienes hemos invertido capital
y esfuerzo, son las que se están viendo obligadas a buscar trabajo fuera de aquí
so pena de arriesgarse a malvivir o a vivir a costa de la familia. Son a los que
se está echando del país. Haciendo
un cálculo somero sólo entre familias próximas, he calculado ocho jóvenes entre
los 35 y los 45 que están trabajando en el extranjero, sin que ese fuera su
plan inicial. Ocho.
Está
bien que uno de ellos, Felipe de Borbón, haya encontrado acomodo pero dudo de
que el suyo sea un buen ejemplo. Después de todo, este es un puesto de trabajo hecho
a su medida, para el que no ha habido pública concurrencia y al que sólo se
accede por influencia paterna. Bien preparado, dicen. Por enchufe. Así, ya se
puede.
domingo, 15 de junio de 2014
De bravucón con las mujeres, Gallardón
El ministro
de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, propuso y el Consejo de Ministros del
pasado viernes aprobó el indulto para un guardia civil que no sólo no impidió
una agresión sexual a una mujer que viajaba en tren sino que la grabó y se
regodeó en ello. El agresor fue condenado porque, no contento con molestar a la
mujer, agredió a un pasajero que trató de evitarlo.
Como
los maltratadores, que se atreven sólo con quienes creen inferiores, el
ministro de Justicia, respaldado por el gobierno, falta al respeto a las mujeres
porque las cree inferiores. Por eso indulta a un guardia civil indigno en vez
de separarlo del cuerpo. (Por eso, y porque es hijo de un concejal del PP,
dicho sea de paso). Me pregunto si hubiera indultado a ese mismo guardia civil
si en vez de burlarse del dolor de una mujer agredida se hubiera burlado del
presidente de un banco, Blesa o Rato, por señalar casos conocidos. No quiero ni
pensar si el ofendido hubiera sido Botín. Me pregunto si se hubiera atrevido a indultar a ese guardia civil si verdaderamente hubiera creído que las mujeres somos ciudadanas acreedoras de respeto.
Con
eso es con lo que se atreve Gallardón, con las mujeres maltratadas, vejadas,
con las mujeres con problemas, con las mujeres embarazadas que deciden abortar.
Para eso ha quedado el mirlo blanco del Grupo Prisa, la esperanza progre de la
derecha española. De bravucón con las mujeres.
martes, 3 de junio de 2014
Los muros de las cigarreras
¡Qué siembra debieron
hacer las cigarreras de Lavapiés para que aún broten sus frutos incluso entre
las piedras!
lunes, 2 de junio de 2014
Olor a rancio
Hay días que no
está uno para nada. Eso ha debido de pensar el rey esta mañana. Así que ha
llamado al presidente del gobierno –otro con el mismo dilema- y le ha
presentado la abdicación.
¿Por qué hoy? ¿Por
qué precisamente hoy? Aparte equilibrios políticos en precario tras las
elecciones europeas, esa respuesta esconde sin duda una historia que algún día alguien
escribirá pero, independientemente de las razones para elegir esta fecha, el rey
había emprendido una carrera cuesta abajo que en algún momento tenía que acabar.
Y ha acabado así: con un aviso de Rajoy y una grabación del rey en la tele. Adiós
muy buenas, ha dicho.
Deja a su
heredero un regalito. Un país con una crisis económica y de valores y una
suspicacia cada vez mayor hacia la institución que representa: la monarquía. Nada
de ello es casual. Todo tiene un origen y unos responsables conocidos que
campan en la más absoluta impunidad. El rey es el primero de los impunes, pues
la Constitución le garantiza la inviolabilidad. No está ni ha estado sujeto a
responsabilidad, dice el artículo 56,3.
Y porque no ha asumido
responsabilidad cuando tenía que hacerlo, la familia real está corroída y
corrompida y se ha convertido en un referente negativo para la sociedad, una vida
familiar basada en la hipocresía de la conveniencia y en el abuso de
privilegios. Eso en el ámbito privado, si un rey pudiera tener privacidad, porque
en lo que es posible conocer, el rey dispone de un patrimonio que nadie sabe
muy bien de dónde procede, ni su cuantía, gestionado por unos administradores
que han terminado procesados. Luego se preguntarán por qué el desapego
ciudadano.
¿Y en lo
político? Pues podría ser que la realidad no fuera tan beatífica como nos han
contado, ni en la transición, ni antes, ni después, y que, una vez abdicado, empiece
a aflorar eso que hasta ahora ha permanecido oculto. Pilar Urbano no es la
única periodista que ha vivido estos años.
Ciertamente, la
realidad nunca es blanca o negra. Independientemente de la opinión que a cada
cual le merezca la monarquía como institución, el rey jugó en su momento un
papel que la sociedad consideró útil. Pero hace mucho tiempo que Juan Carlos I
era más una rémora que una ayuda. La huida a un safari en el peor momento de la
crisis económica española, con una amiga entrañable, destapó la caja de los
truenos. Las disculpas no fueron suficientes entonces y ya no lo serían nunca
más para la mayoría de la sociedad española, como han venido reflejando las
encuestas, en las que el rey suspende una y otra vez.
Así y todo, la
abdicación ha cogido por sorpresa. Obligados a expresar una opinión ante un
hecho inédito en el último siglo de la historia española, las declaraciones se
reparten entre quienes muestran una preferencia por la república como forma de
gobierno, muchos, en aumento y casi todos los jóvenes, y entre quienes consideran
que una monarquía parlamentaria puede ser útil en este momento histórico,
liderada por una persona joven y bien preparada.
Ha habido también
declaraciones trufadas de loas y ditirambos, frases hechas, de esas a las que se
echa mano en los funerales y cuando uno no sabe qué decir. Alguna sería sincera,
sin duda, pero la mayoría olían a rancio. Sonaban a un tiempo de reverencia al
poder, de sacralización de la realeza, que no es el que vivimos.
Ese es el legado
que va a recibir Felipe de Borbón junto con la corona. Una sociedad con
creciente desapego a la monarquía, a los políticos, a los gestores de lo
público. Y, a no mucho tardar, la sentencia que recaerá –alguna vez tendrá que
ser- sobre un cuñado delincuente y, podría ocurrir, sobre una hermana cómplice.
Eso, para empezar.
Hay días que no
está uno para nada, es verdad, y el de hoy ha empezado con el anuncio de
abdicación y ha terminado con las plazas llenas de gente apostando porque
mañana, España será republicana.
Como ya
advirtiera Escarlata O’Hara, mañana será otro día.
domingo, 1 de junio de 2014
Casa Ciriaco, una experiencia sui generis
Madrid es como un gran escenario histórico. Aquí vivió Cervantes, señala un cartel. Aquí se inició el levantamiento del 2 de Mayo, recuerda una placa. Frente al número 84 de la calle Mayor un monolito indica el lugar del atentado contra Alfonso XIII, el 31 de mayo de 1906.
Desde un balcón
del tercer piso de este edificio, ocupado entonces por una pensión, Mateo Morral arrojó al paso de la comitiva real un ramo de flores que ocultaba una
bomba, pero los cables del tranvía desviaron la trayectoria del explosivo, lo
que salvó la vida de los monarcas pero causó la muerte de 25 civiles y un
centenar de heridos. Es en ese momento cuando, según se cuenta, Alfonso XIII le
dijo a Victoria Eugenia, joven y recién casada: España y yo somos así, señora.
El que avisa, no es traidor.
La planta baja de
ese edificio está ocupada por Casa Ciriaco, una casa de comidas -no
restaurante, ni bistrot, ni nada semejante, casa de comidas- que tiene a gala
mantener los usos y guisos tradicionales del más puro madrileñismo. Este año
hemos celebrado allí el cumpleaños del colega que, casualmente, coincide con el
aniversario del atentado.
Reservamos mesa,
lo cual es muy aconsejable a pesar de las amplias dimensiones del comedor,
porque la casa tiene una clientela fiel y abundante. Cuando accedes, tienes la sensación
de introducirte en el túnel del tiempo y retornas al menos medio siglo atrás,
de esa época debe ser la barra del local. Las paredes están totalmente cubiertas de carteles, fotografías de clientes ilustres, en una larga relación
que encabeza el rey y su familia y sigue con escritores, pintores, actores y,
en resumen, el quién es quién de la vida social española en el último siglo. Entre
ellos, el dibujante Mingote, autor del escudo de la casa. Los camareros visten
chaquetilla blanca y, a ojo, ninguno baja de los 50 años.
Somos cuatro a la
mesa. Compartimos entrantes: un revuelto de patatas que toma el nombre de Julio
Camba, uno de sus ilustres clientes, y unas gambas al ajillo. Para los segundos
optamos por perdiz escabechada, lenguado a la plancha, callos y gallina en
pepitoria. Las raciones son razonables, ni escuetas ni excesivas. Optamos por
el vino de la casa y compartimos también los postres: ponche segoviano y bizcochos
borrachos de Guadalajara; también tomamos café. Todos quedamos encantados con
la elección. La receta de los callos y la pepitoria son tradicionales de la casa
y eran realmente muy buenos.
En cualquier otro
lugar, esa actitud resultaría chocante pero en Casa Ciriaco, no, al menos en
nuestro caso. Tuvimos la impresión de estar comiendo en un lugar familiar, en
casa de ese tío soltero y mayor que te regaña, si se tercia. Ahora bien, si lo
que se busca es un modelo de protocolo y finas maneras, éste no es el lugar. Hacemos
una larga sobremesa sin que nadie nos importune, valga lo uno por lo otro, y
abonamos una factura que consideramos razonable.
Para hacer un
repaso de las fotos y carteles que cubren las paredes hubiéramos necesitado la
tarde completa así que echamos un vistazo y nos prometemos volver otro día a
seguir la inspección. En la puerta nos despide un señor mayor, el hipotético
tío soltero, que resulta ser Godofredo Chicharro, el propietario de Casa Ciriaco.
Viste la misma
chaqueta blanca que la plantilla de camareros y, al hablar con él, comprendes
de dónde procede la sorna de sus empleados. La comida estaba muy buena, se me
ocurre decir. Será que usted traía hambre, responde Godo. Va usted muy a
la moda, pero ¿por qué se ha puesto un solo pendiente?, añade. Yo me echo mano
a las orejas, asustada, y compruebo a la vez que llevo los dos pendientes y que
me ha tomado el pelo.
En la puerta de
su casa permanece con nosotros un largo rato contándonos la historia del
establecimiento y de alguno de sus clientes. Es un monárquico por contacto,
ajeno a modas y a conveniencias. Él es también quien cada 31 de mayo se
preocupa de poner flores en el monumento a las víctimas del atentado, él quien ha
editado también un folleto en el que se relata el momento que pudo haber
cambiado el curso de la historia nacional, folleto que nos regala amable y
generosamente.
Luego, leeremos
críticas y comentarios del lugar de signo muy diverso pero como cada cual habla
de la feria según le ha ido en ella, nosotros hemos anotado Casa Ciriaco entre
nuestros lugares favoritos. Volveremos, a poco que se nos brinde la ocasión,
volveremos.
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