domingo, 22 de junio de 2014

Fatalidad



El parque del Retiro es un pulmón verde en el corazón de Madrid. Miles de personas se pasean a diario por sus veredas, hacen deporte, juegan, leen, charlan, toman el sol, pasan el rato a resguardo de la circulación que, en esta zona, siempre es intensa.

Ayer, un padre y sus dos hijos hacían tiempo a la sombra de un árbol mientras esperaban a la madre de los niños. Una rama de ese árbol se desgajó y acabó con la vida del hombre. 38 años tenía.

La calle Doctor Cortezo comunica las plazas de Tirso de Molina y Benavente, también en el corazón de Madrid. A diario discurren por esta vía miles de coches, miles. En enero de 1999, se cayó un trozo de cornisa del teatro Calderón –que hace esquina con la plaza Benavente- y fue a caer sobre un coche ocupado por cuatro jóvenes. El impacto causó la muerte de una joven que iba en el asiento trasero.

Por las autopistas circulan a diario millones de coches. Millones. El jueves pasado, unos ladrones se llevaron de una nave industrial ballestas que allí se hallaban almacenadas. Al verse sorprendidos por el propietario fueron desprendiéndose de las barras metálicas por el expeditivo método de arrojarlas a la calzada. Una de ellas se introdujo en un coche que circulaba por la autovía, se clavó en una pasajera que murió desangrada.

La Dama del Alba los esperaba en el punto y a la hora fijados para la cita. La fatalidad –el destino, el hado, la providencia, el sino- es algo más que un recurso literario.

jueves, 19 de junio de 2014

Felipe VI jura la Constitución

Hay tres jueves en el año que relumbran más que el sol: Jueves Santo, Corpus Christi y el día de la Ascensión, se recitaba cuando era pequeña. De esos tres jueves, hoy apenas celebramos el de Semana Santa y porque suele ser inicio de puente largo. Excepto en 2014, que el Corpus Christi ha coincidido con la proclamación de Felipe VI como rey constitucional.

Los preparativos de los últimos días han tratado de blindar el centro de Madrid. Esto, que parece una frase hecha, resulta que es verdad. No hay manera de moverse por la almendra de la ciudad sin toparte con una lechera, una furgona o un grupo de policías haciendo su trabajo. Por lo general, con pocas incomodidades, excepto el helicóptero que sobrevuela el centro produciendo un ruido que, al cabo de las horas, resulta incómodo. El “mosquito” estuvo dando la tabarra hasta bien entrada la noche del miércoles y ha vuelto muy temprano el día D.

Al levantarte, miras al cielo y te topas con el helicóptero –luego descubrirás que no hay uno sino varios-, miras hacia la calle y lo primero que ves es una pareja de polis en traje de faena. Estamos rodeados, comentas con el colega.

Las teles se han puesto de largo para comentar los actos institucionales en el Congreso de los Diputados y en el Palacio Real. Mucho periodista talludito para opinar y mucho periodista joven para informar. La proclamación ha empezado bien: por primera vez, el nuevo rey ha elegido una ceremonia estrictamente civil. Con ello, no sólo se ha adecuado a la letra y el espíritu constitucional sino que se ha evitado la homilía del Tarancón de turno. El presidente del Congreso, Jesús Posada, vive su cuarto de hora de gloria, en plan Rodríguez de Valcárcel actualizado. Quién se lo iba decir cuando Aznar le dejó al cargo de la finca en Castilla y León.

En la tribuna, a los padres de Leticia -él con su actual mujer- los han separado por una columna, quizá para evitar líos. Los expresidentes –González, Aznar y Zapatero- lucen sendos caretos, como si no hubieran acabado de digerir algo. Las infantillas pequeñas, Leonor y Sofía, están modositas y graciosas, vigiladas de cerca por su madre, la ya reina Leticia. De la que me he librado, pensará la pequeña.

En su discurso, Felipe VI habla de los hombres y mujeres de su generación pero olvida a los que se ha echado del país. Habla también de impulsar las nuevas tecnologías, la innovación y del papel que han de desempeñar las mujeres en esa España del futuro, lo que no deja de ser una paradoja en su caso, que ha sido preferido sobre sus hermanas por el sólo mérito de ser varón. No es un gran discurso, ni demasiado rompedor pero se le entiende lo que dice, lo que ya es más de lo que pasa con los que utilizan el metalenguaje, tipo Rajoy, Cospedal y así.

Al terminar el acto, las cámaras buscan a los dos parlamentarios que subsisten de la proclamación de Juan Carlos I: Celia Villalobos –que entonces era progre- y Alfonso Guerra: el dinosaurio sigue ahí.

El interés está en la calle más que en la tele, le digo al colega. En ese momento, observamos el paso de un coche con una bandera tricolor sobre el techo. La policía le da el alto y conmina a sus ocupantes a quitar la enseña. Éstos, que no cumplen ya el medio siglo, se resisten cuanto pueden pero la policía se muestra firme. Finalmente, la retiran del coche y la extienden, sostenida entre los cuatro. Algunos transeúntes se prestan a ayudarles. La policía les pide la documentación, se la muestran. Les indican que recojan la bandera. Una pareja de vejetes, vestida de blanco impoluto, que pasean a sus perros, se acercan al grupo, hacen fotos y se van.

Los policías han debido de pedir refuerzos porque, de pronto, aparecen otros tres coches policiales de los que se apean varios efectivos: 14 en total rodean a los de la bandera republicana en plan circulen y disuélvanse en grupos de uno. Una desmesura. La gente se amontona, una veintena, calculo, y empieza a gritar: Basta ya de Estado policial. El mosquito también parece haberse enterado porque sobrevuela la zona.

Los policías se lo toman con calma. Dan ganas de bajar y explicar que esa bandera un día fue la nacional, por la que dieron su vida miles de españoles pero, finalmente, una de las mujeres la recoge, se la enrolla en torno al cuello, a manera de fular y se va caminando. Los demás entran en el coche y se van también.

El centro de Madrid está tomado. Tomado por la policía y por miles de banderas roja y gualda portadas por gente de toda edad, muchos jóvenes y muchas mujeres. La estación de metro de Sol está cerrada al tráfico y en la de Callao sólo se permite un acceso. Un chico se empeña en tomar una dirección prohibida y una docena de vigilantes se le echan encima. Hay como un exceso de testosterona en el ambiente.

Cientos de personas siguen acodadas en las vallas de las aceras de Gran Vía, por donde unos minutos antes ha pasado la comitiva real. Sobre la fachada de los cines Callao, una enorme pantalla transmite el itinerario de los reyes, que acaban de llegar al Palacio Real.  

El paso hacia la Plaza de Oriente está controlada por un único acceso, regulado por varios arcos detectores de metales, lo que provoca un atasco enorme de quienes quieren entrar y no pueden hacerlo, incluso después de que los reyes –cuatro, como en la baraja- hayan salido a saludar.

A lo largo de la calle Arenal un río de gente se encamina a la plaza de Oriente portando banderas de diverso tamaño. Los hay que caminan con paso marcial, que recuerda otros tiempos, otros modos. Los hay con cara de fervor, los hay con aire festivo, hay grupos, familias, parejas. A la altura de la iglesia de San Ginés, alguien grita: Viva España, y el grito es respondido con entusiasmo por cientos de voces. Viva el Rey, se oye a continuación, y el grito es coreado con la misma pasión. Se respira una mezcla de enardecimiento y jolgorio. Hasta la discoteca Joy Eslava -que gusta a Froilán- Los republicanos estamos en absoluta minoría.

En esos momentos, tres helicópteros vuelan sobre nosotros produciendo un ruido molestísimo. Puto mosquito, mascullo. El colega me mira con conmiseración y empieza a razonar sobre los modos de gobierno que cada pueblo idea para el mejor gobierno, desde los griegos a hoy.

Sol está tomado por las fuerzas de Cristina Cifuentes, delegada del Gobierno que, según se asegura, aspira a la Alcaldía de Madrid. Una muestra de poderío: bomberos, Samur, distintos modelos de vehículos policiales, un hospital de campaña. La zona 0 de un hipotético conflicto. Sobre la fachada de la Comunidad, un enorme cartel con la imagen de los nuevos reyes.

En la plaza de Tirso de Molina se ha concentrado medio millar de personas reivindicando la República como forma de gobierno, rodeados por un número ligeramente inferior de policías.

En la calle Relatores, donde vive Joaquín Sabina, ha tomado posiciones una lechera policial. Dos efectivos charlan con los que pasan. Estarán ahí por si los reyes vienen a visitar al cantante, comento con el colega. Pero él, empeñado en darme la charla sobre la democracia y la dictadura de los griegos, sigue hablando de Alcibíades y Pericles y de Aspasia, la primera mujer que habló en la Asamblea de Atenas. Que los de Podemos y sus asambleas se creen que han inventado algo y eso ya estaba inventado en Grecia, insiste.


¿Qué Podemos lo inventaron los griegos?, digo, entre risas. Pasamos en esos momentos junto a un grupo de los 9.000 policías que han blindado Madrid, que quizá nos han oído y nos miran como si fuéramos marcianos. Pues sí, machaca el colega, y desde entonces en materia de política está casi todo inventado. También en eso tiene razón. Seguro que alguien se lo ha contado ya a Felipe VI.

miércoles, 18 de junio de 2014

Los mejor preparados

Quienes hemos nacido en los años cuarenta del pasado siglo hemos vivido, como poco, el estreno de cinco Papas de Roma –uno de ellos desaparecido de manera sospechosa, por decirlo diplomáticamente, y otro víctima de atentado aún no aclarado- la muerte de Mao –que era como el emperador de un imperio naciente- el asesinato del presidente de Estados Unidos –Kennedy- en la cumbre de su poder –el presidente y la nación- la desaparición del bloque soviético, el fin de la guerra de Vietnam, el fin del apartheid sudafricano, la reunificación de Alemania, el asesinato de Olaf Palme, la caída del sah de Persia, decenas de golpes de Estado y casi tantos procesos de democratización, la descolonización en África, el Mayo del 68, el movimiento beat, la revolución de los Claveles en Portugal, la muerte de Franco y el acceso de un nuevo rey que era a la vez el candidato colocado por el dictador y el heredero natural de la dinastía, cogido como a la pata coja. Y, ahora, la abdicación de aquel rey –conocido como Juan Carlos I- y la llegada de su heredero varón, en el mundo Felipe VI.

Eso, por citar de memoria y sin echar mano de San Google, patrón de los desmemoriados. Y sin hablar ni media palabra de los avances tecnológicos que nos han colocado de golpe y dentro de casa en lo que veníamos llamando el futuro. Quiero decir que, sólo con mirar alrededor, hemos tenido una vida entretenida. O lo que es lo mismo, que si has cumplido sesenta y dices que te has aburrido es que tienes que ser muy desaborido.
Mi generación puede quejarse de algunas cosas pero no de haber carecido de emociones. Hemos sido testigos y en algún caso hemos protagonizado momentos estelares en la historia de este periodo. Hemos conquistado avances sociales que nuestros padres creyeron imposibles y nuestros abuelos ni siquiera fueron capaces de imaginar. Hemos vivido momentos prodigiosos.
Lástima que no fuéramos capaces de vislumbrar que en materia de conquistas sociales no hay nada definitivo y que a la mínima que te descuides te hurtan los derechos que creías irreversibles. Eso es lo que ha ocurrido con la sanidad, la enseñanza, las pensiones y la dependencia, los cuatro pilares del Estado de Bienestar, que el gobierno actual está desmontando o entregando a empresarios de su cuerda.   
Vivimos hoy, dicen, otro momento histórico. Seguro que es verdad aunque no comparta los motivos que esgrimen quienes afirman tal cosa. La llegada de un nuevo rey, el mejor preparado de cuantos se han sentado en el trono.
No hay motivos para sospechar de la preparación del monarca, nuestros dineros nos ha costado. La suya y las que le siguen son las generaciones mejor preparadas de nuestra historia, muchos de ellos pueden mostrar un expediente académico intachable, hablan idiomas con soltura, están al nivel de los profesionales de los países más avanzados.
Pues bien, esas generaciones tan bien preparadas, en quienes hemos invertido capital y esfuerzo, son las que se están viendo obligadas a buscar trabajo fuera de aquí so pena de arriesgarse a malvivir o a vivir a costa de la familia. Son a los que se está echando del país. Haciendo un cálculo somero sólo entre familias próximas, he calculado ocho jóvenes entre los 35 y los 45 que están trabajando en el extranjero, sin que ese fuera su plan inicial. Ocho.
Está bien que uno de ellos, Felipe de Borbón, haya encontrado acomodo pero dudo de que el suyo sea un buen ejemplo. Después de todo, este es un puesto de trabajo hecho a su medida, para el que no ha habido pública concurrencia y al que sólo se accede por influencia paterna. Bien preparado, dicen. Por enchufe. Así, ya se puede.

domingo, 15 de junio de 2014

De bravucón con las mujeres, Gallardón

El ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, propuso y el Consejo de Ministros del pasado viernes aprobó el indulto para un guardia civil que no sólo no impidió una agresión sexual a una mujer que viajaba en tren sino que la grabó y se regodeó en ello. El agresor fue condenado porque, no contento con molestar a la mujer, agredió a un pasajero que trató de evitarlo.
Como los maltratadores, que se atreven sólo con quienes creen inferiores, el ministro de Justicia, respaldado por el gobierno, falta al respeto a las mujeres porque las cree inferiores. Por eso indulta a un guardia civil indigno en vez de separarlo del cuerpo. (Por eso, y porque es hijo de un concejal del PP, dicho sea de paso). Me pregunto si hubiera indultado a ese mismo guardia civil si en vez de burlarse del dolor de una mujer agredida se hubiera burlado del presidente de un banco, Blesa o Rato, por señalar casos conocidos. No quiero ni pensar si el ofendido hubiera sido Botín. Me pregunto si se hubiera atrevido a indultar a ese guardia civil si verdaderamente hubiera creído que las mujeres somos ciudadanas acreedoras de respeto.
Con eso es con lo que se atreve Gallardón, con las mujeres maltratadas, vejadas, con las mujeres con problemas, con las mujeres embarazadas que deciden abortar. Para eso ha quedado el mirlo blanco del Grupo Prisa, la esperanza progre de la derecha española. De bravucón con las mujeres.

martes, 3 de junio de 2014

Los muros de las cigarreras


Cuando en 1790 se terminó la construcción del edificio de la Tabacalera –oficialmente Real Fábrica de Tabacos- hacía un año que había estallado la Revolución Francesa. Acaso sea esa la causa de que a lo largo de su historia arraigara con fuerza entre sus muros la rebeldía y la reivindicación.
El edificio ocupa una superficie de 28.000 metros cuadrados y en verdad, se inauguró como Fábrica Real de Aguardientes y Naipes si bien durante algo más de un siglo se dedicó a la tarea de elaboración de tabaco, merced a la habilidad de sus famosas cigarreras, mujeres combativas que dieron fama a la fábrica. Más de 10.000 llegaron a desempeñar su tarea en ella pero cuando el año 2000 se echó el cierre, hacía mucho tiempo que el lugar había perdido su esplendor y a sus cigarreras.  
En 2002 fue declarado Bien de Interés Cultural. Por entonces, el Ministerio de Cultura hablaba de ampliar hasta aquí la milla cultural que se extiende entre Cibeles y Atocha y comprende los Museos del Prado, Thyssen y Reina Sofía, además de Caixaforum y la Casa Encendida.
Los colectivos del barrio, entretanto, reclamaban el espacio para usos sociales. La crisis vino en ayuda de éstos y el Ministerio, obligado por el recorte presupuestario, acordó ceder el edificio temporalmente a aquéllos, que lo convirtieron en el Centro Social Autogestionado La Tabacalera de Lavapiés, un rebullir permanente de actividades.
Una de sus últimas iniciativas, con la colaboración del Ministerio de Educación, Cultura y Deportes, ha sido el proyecto Muros, esto es, pintar los muros que encierran la vetusta Tabacalera. Entre el 5 y el 13 de mayo, un grupo de artistas han plasmado en estas tapias su inspiración en pinturas muy llamativas. Una llamada de atención –algunas un puñetazo en la boca del estómago- una dosis de rebeldía, el eco reivindicativo de aquellas cigarreras del siglo pasado.

Todas ellas reclaman un momento de su tiempo a los paseantes, todas requieren una segunda mirada, pero hay una que, además, ofrece dosis generosas de ingenio, humor, acidez, desesperación, ingenuidad, ironía… “Esto no es un muro, es una mura”, advierte en una esquina; “Se atormenta una vecina”, indica más abajo; “Este muro sí que mola y no el de facebook”; “En casa de Jacinto hay un sillón para morirse”. Pequeñas píldoras, muy convenientes para asimilar la realidad que muestra otro mural que clama contra la impunidad de los crímenes franquistas.
¡Qué siembra debieron hacer las cigarreras de Lavapiés para que aún broten sus frutos incluso entre las piedras!

lunes, 2 de junio de 2014

Olor a rancio

Hay días que no está uno para nada. Eso ha debido de pensar el rey esta mañana. Así que ha llamado al presidente del gobierno –otro con el mismo dilema- y le ha presentado la abdicación.
¿Por qué hoy? ¿Por qué precisamente hoy? Aparte equilibrios políticos en precario tras las elecciones europeas, esa respuesta esconde sin duda una historia que algún día alguien escribirá pero, independientemente de las razones para elegir esta fecha, el rey había emprendido una carrera cuesta abajo que en algún momento tenía que acabar. Y ha acabado así: con un aviso de Rajoy y una grabación del rey en la tele. Adiós muy buenas, ha dicho.
Deja a su heredero un regalito. Un país con una crisis económica y de valores y una suspicacia cada vez mayor hacia la institución que representa: la monarquía. Nada de ello es casual. Todo tiene un origen y unos responsables conocidos que campan en la más absoluta impunidad. El rey es el primero de los impunes, pues la Constitución le garantiza la inviolabilidad. No está ni ha estado sujeto a responsabilidad, dice el artículo 56,3.    
Y porque no ha asumido responsabilidad cuando tenía que hacerlo, la familia real está corroída y corrompida y se ha convertido en un referente negativo para la sociedad, una vida familiar basada en la hipocresía de la conveniencia y en el abuso de privilegios. Eso en el ámbito privado, si un rey pudiera tener privacidad, porque en lo que es posible conocer, el rey dispone de un patrimonio que nadie sabe muy bien de dónde procede, ni su cuantía, gestionado por unos administradores que han terminado procesados. Luego se preguntarán por qué el desapego ciudadano.
¿Y en lo político? Pues podría ser que la realidad no fuera tan beatífica como nos han contado, ni en la transición, ni antes, ni después, y que, una vez abdicado, empiece a aflorar eso que hasta ahora ha permanecido oculto. Pilar Urbano no es la única periodista que ha vivido estos años.
Ciertamente, la realidad nunca es blanca o negra. Independientemente de la opinión que a cada cual le merezca la monarquía como institución, el rey jugó en su momento un papel que la sociedad consideró útil. Pero hace mucho tiempo que Juan Carlos I era más una rémora que una ayuda. La huida a un safari en el peor momento de la crisis económica española, con una amiga entrañable, destapó la caja de los truenos. Las disculpas no fueron suficientes entonces y ya no lo serían nunca más para la mayoría de la sociedad española, como han venido reflejando las encuestas, en las que el rey suspende una y otra vez.
Así y todo, la abdicación ha cogido por sorpresa. Obligados a expresar una opinión ante un hecho inédito en el último siglo de la historia española, las declaraciones se reparten entre quienes muestran una preferencia por la república como forma de gobierno, muchos, en aumento y casi todos los jóvenes, y entre quienes consideran que una monarquía parlamentaria puede ser útil en este momento histórico, liderada por una persona joven y bien preparada.
Ha habido también declaraciones trufadas de loas y ditirambos, frases hechas, de esas a las que se echa mano en los funerales y cuando uno no sabe qué decir. Alguna sería sincera, sin duda, pero la mayoría olían a rancio. Sonaban a un tiempo de reverencia al poder, de sacralización de la realeza, que no es el que vivimos.
Ese es el legado que va a recibir Felipe de Borbón junto con la corona. Una sociedad con creciente desapego a la monarquía, a los políticos, a los gestores de lo público. Y, a no mucho tardar, la sentencia que recaerá –alguna vez tendrá que ser- sobre un cuñado delincuente y, podría ocurrir, sobre una hermana cómplice. Eso, para empezar.
Hay días que no está uno para nada, es verdad, y el de hoy ha empezado con el anuncio de abdicación y ha terminado con las plazas llenas de gente apostando porque mañana, España será republicana.
Como ya advirtiera Escarlata O’Hara, mañana será otro día.

domingo, 1 de junio de 2014

Casa Ciriaco, una experiencia sui generis



Madrid es como un gran escenario histórico. Aquí vivió Cervantes, señala un cartel. Aquí se inició el levantamiento del 2 de Mayo, recuerda una placa. Frente al número 84 de la calle Mayor un monolito indica el lugar del atentado contra Alfonso XIII, el 31 de mayo de 1906.
Desde un balcón del tercer piso de este edificio, ocupado entonces por una pensión, Mateo Morral arrojó al paso de la comitiva real un ramo de flores que ocultaba una bomba, pero los cables del tranvía desviaron la trayectoria del explosivo, lo que salvó la vida de los monarcas pero causó la muerte de 25 civiles y un centenar de heridos. Es en ese momento cuando, según se cuenta, Alfonso XIII le dijo a Victoria Eugenia, joven y recién casada: España y yo somos así, señora. El que avisa, no es traidor.
La planta baja de ese edificio está ocupada por Casa Ciriaco, una casa de comidas -no restaurante, ni bistrot, ni nada semejante, casa de comidas- que tiene a gala mantener los usos y guisos tradicionales del más puro madrileñismo. Este año hemos celebrado allí el cumpleaños del colega que, casualmente, coincide con el aniversario del atentado.
Reservamos mesa, lo cual es muy aconsejable a pesar de las amplias dimensiones del comedor, porque la casa tiene una clientela fiel y abundante. Cuando accedes, tienes la sensación de introducirte en el túnel del tiempo y retornas al menos medio siglo atrás, de esa época debe ser la barra del local. Las paredes están totalmente cubiertas de carteles, fotografías de clientes ilustres, en una larga relación que encabeza el rey y su familia y sigue con escritores, pintores, actores y, en resumen, el quién es quién de la vida social española en el último siglo. Entre ellos, el dibujante Mingote, autor del escudo de la casa. Los camareros visten chaquetilla blanca y, a ojo, ninguno baja de los 50 años.
Somos cuatro a la mesa. Compartimos entrantes: un revuelto de patatas que toma el nombre de Julio Camba, uno de sus ilustres clientes, y unas gambas al ajillo. Para los segundos optamos por perdiz escabechada, lenguado a la plancha, callos y gallina en pepitoria. Las raciones son razonables, ni escuetas ni excesivas. Optamos por el vino de la casa y compartimos también los postres: ponche segoviano y bizcochos borrachos de Guadalajara; también tomamos café. Todos quedamos encantados con la elección. La receta de los callos y la pepitoria son tradicionales de la casa y eran realmente muy buenos.
Nos ha tocado el camarero “joven”, un tipo seguro de sí mismo. Cuando le comentamos que las gambas estaban muy ricas, nos responde que hemos tenido suerte porque algunos días han salido bastante malas. Nuestra amiga, que ha pedido el lenguado, le pregunta si ha sido una buena elección y le responde que para buena de verdad, la merluza. Creo que se está quedando con nosotros, comento. Pero nos queda la duda de si hablará en serio. Nuestro amigo elogia los callos que ha pedido y tanto él como yo, que he optado por la pepitoria, untamos pan en la salsa sin ningún recato así que, antes de retirarnos los platos, nuestro hombre nos pregunta si ya hemos terminado con la salsa o queremos acabarla. Sin complejos. Mientras nos traen los postres me levanto para hacer unas fotos de recuerdo, justo en el momento en que vuelve el hombre y, con autoridad de jefe, me pide el móvil. ¿Para qué se pone a hacer fotos si aquí el que sabe hacerlas soy yo?, me dice. Y, en efecto, nos hace unas fotos bien encuadradas. Miles de fotografías me tengo hechas, se ufana al devolverme el móvil.  
En cualquier otro lugar, esa actitud resultaría chocante pero en Casa Ciriaco, no, al menos en nuestro caso. Tuvimos la impresión de estar comiendo en un lugar familiar, en casa de ese tío soltero y mayor que te regaña, si se tercia. Ahora bien, si lo que se busca es un modelo de protocolo y finas maneras, éste no es el lugar. Hacemos una larga sobremesa sin que nadie nos importune, valga lo uno por lo otro, y abonamos una factura que consideramos razonable.
Para hacer un repaso de las fotos y carteles que cubren las paredes hubiéramos necesitado la tarde completa así que echamos un vistazo y nos prometemos volver otro día a seguir la inspección. En la puerta nos despide un señor mayor, el hipotético tío soltero, que resulta ser Godofredo Chicharro, el propietario de Casa Ciriaco.
Viste la misma chaqueta blanca que la plantilla de camareros y, al hablar con él, comprendes de dónde procede la sorna de sus empleados. La comida estaba muy buena, se me ocurre decir. Será que usted traía hambre, responde Godo. Va usted muy a la moda, pero ¿por qué se ha puesto un solo pendiente?, añade. Yo me echo mano a las orejas, asustada, y compruebo a la vez que llevo los dos pendientes y que me ha tomado el pelo.
En la puerta de su casa permanece con nosotros un largo rato contándonos la historia del establecimiento y de alguno de sus clientes. Es un monárquico por contacto, ajeno a modas y a conveniencias. Él es también quien cada 31 de mayo se preocupa de poner flores en el monumento a las víctimas del atentado, él quien ha editado también un folleto en el que se relata el momento que pudo haber cambiado el curso de la historia nacional, folleto que nos regala amable y generosamente.
Luego, leeremos críticas y comentarios del lugar de signo muy diverso pero como cada cual habla de la feria según le ha ido en ella, nosotros hemos anotado Casa Ciriaco entre nuestros lugares favoritos. Volveremos, a poco que se nos brinde la ocasión, volveremos.