martes, 25 de agosto de 2015

Praga, parisina y romántica


Praga es hoy uno de los focos de atracción turística en Europa. Quiere decir que cuando el viajero llega conoce suficientemente los monumentos que se va a encontrar, la historia de esta ciudad que fue capital del Reino de Bohemia, luego de Checoslovaquia y ahora de la República Checa, su condición de Patrimonio de la Humanidad.

Cualquier juicio previo pierde valor, sin embargo, cuando se llega a Praga, cuando se patean sus calles, se habla con sus habitantes, se recorren sus monumentos, se revisa su historia más reciente. Hay algo imperceptible pero evidente que hace de Praga una ciudad especial, tan parisina y romántica.

Lo primero que me llamó la atención es que estábamos en una ciudad moderna: coches de última hornada, edificios de diseño vanguardista en perfecta armonía con las edificaciones del siglo XIX, equipamientos de alta gama. Luego, su refinamiento.

Praga es una ciudad culta habitada por una sociedad que ama la cultura. Ello es evidente no ya en la proliferación de monumentos, en la abundancia de oferta cultural, en la proliferación de conciertos en cualquiera de sus iglesias y en muchas de sus calles, sino en la exquisitez de detalles que muestran los edificios comunes.

Bien, vayamos por partes. Llegas al aeropuerto, no demasiado grande, nada llamativo, y encuentras rápidamente comunicación con la ciudad. Llegas al hotel y sientes que el calendario ha retrocedido un siglo, te sientes viajera de antes de la primera Gran Guerra. El sentimiento se afianza cuando miras por la ventana y aparece el Hotel París, un edificio modernista que fue paradigma del gran lujo.

Todo en derredor es armonía, nada desentona: la torre de la Pólvora, la Casa Municipal, con sus salones modernistas, sus pinturas de Alfons Mucha, su pianista. Lo chocante es que no tiene aire decadente, se diría que han arrastrado el pasado para conjugarlo sabiamente en presente.

Comer en esto salones o en su terraza también es un lujo asequible al viajero actual. Apenas dos horas después de aterrizar y mi primer descubrimiento resulta ser un excelente slivovice (coñac de ciruelas). Otros licores nacionales son el horocicka (licor de endrinas) o el hecherovka (licor de hierbas).

Como no he viajado a Praga para darme a los alcoholes, rápidamente nos encaminamos a la Plaza de la Ciudad Vieja. Al contrario que los viajeros de hace un siglo, hoy cualquiera ha visto en cientos de imágenes, de vídeos, de películas, los lugares que visita. No importa, la impresión cuando se llega a esta inmensa plaza es de idéntico asombro.

Llegar a la Plaza de la Ciudad Vieja - Staroměstské náměstí - es como desembarcar en una ensoñación. La Torre del Reloj enfrentada a la iglesia de Nuestra Señora de Tyn, ambas flanqueadas por edificios a cuál más hermoso y en el centro el monumento a Jan Hus.

La Torre del Reloj forma parte del ayuntamiento de la Ciudad Vieja y ha sido cuidadosamente restaurada después de los daños sufridos por los nazis en el levantamiento de Praga en 1945. Desde su mirador (69,5 metros de altura) se puede contemplar la ciudad y obtener hermosas imágenes de su caserío. De entre las distintas torres de Praga ésta es la única a la que se puede acceder en ascensor. La entrada se encuentra en el edificio donde se ubica la información turística.

Anejo a la torre se encuentra la sala del Consejo, donde se celebran los enlaces matrimoniales por lo que, a los ya abundantes visitantes que desean fotografiarse junto al famoso reloj hay que añadir los novios que encuentran aquí un verdadero marco incomparable.

El Reloj Astronómico es una de las atracciones de Praga y un testigo de la Europa medieval. Ocupa la fachada sur de la torre del ayuntamiento y raro es el momento en que no se encuentra rodeado de una multitud expectante tratando de descifrar el significado de sus esferas o a la espera de ver el mecanismo que se desencadena coincidiendo con las horas. El Reloj fue construido en 1410 por el relojero Mikulas Kadan con la ayuda de Jan Ondrejuv, profesor de matemáticas y astronomía de la universidad Carolina de Praga, y reconstruído 80 años después por el maestro Hanus. La leyenda asegura que el ayuntamiento ordenó cegar a Hanus para evitar que pudiera construir otro reloj más grande que el de Praga y añade que el maestro maldijo al reloj de manera que quienes trataran de repararlo morirían o se volverían locos. 600 años después, el reloj funciona perfectamente.

Cuando la esfera señala la hora exacta, la calavera situada a la derecha hace sonar una campanilla recordando que el tiempo de la vida es breve. Las otras figuras que flanquean el reloj: la vanidad, la lujuria, la avaricia, señalan las tentaciones del mundo mientras por las ventanas situadas inmediatamente encima de la esfera desfilan los doce apóstoles. Finalmente, el gallo dorado que culmina la escena aletea y canta la llegada del nuevo día poniendo una nota de esperanza. El tiempo pasa, en efecto, pero la vida se renueva.

Recientemente se ha incorporado un nuevo ritual entre las 9 de la mañana y las 9 de la tarde: desde lo alto de la torre un músico, vestido a la manera de los guardianes de las torres, toca una melodía con una trompeta.

La Plaza es el corazón de la ciudad, de donde parten o adonde llegan siete calles. Conviene recorrer cualquiera de ellas al menos una vez. En todo caso, es imprescindible pasear por la Pariská, que conduce al barrio judío, por la Celetna, que concluye en la Torre de la Pólvora, y por la calle en la que se alza el reloj astronómico, que desemboca en la calle Karlova y ésta en el Puente de Carlos.

Si la Staroměstské náměstí es el corazón de Praga, el Puente de Carlos es su arteria principal. Todo lo que ocurra en la ciudad pasa por aquí y no hay viajero que no se deleite en este paso, transitándolo varias veces en su estancia. El Puente de Carlos tiene vida propia, es como un mundo dentro del universo especial que es Praga. Está flanqueado por dos torres, una por la entrada desde la ciudad vieja y otra por Mala Strana, ésta acompañada por otra del antiguo Puente de Judit.


A uno y otro lado de los muros de piedra de sus 516 metros de longitud se ha asentado toda una sucursal del santoral: San Antonio de Padua, San Vicente Ferrer, Santa Ana, Santo Domingo, Santo Tomás, San Vito, San Norberto, San Wenceslao, San Segismundo o San Juan Nepomuceno, éste con leyenda propia.
Quiere la tradición que quién pone los dedos de la mano sobre cada una de las cinco estrellas de la cruz arzobispal sobre el muro de la derecha (en dirección de Mala Strana) verá cumplido el deseo que pida. Parece que los paseantes quieren garantizarse el cumplimiento de sus deseos porque no sólo la cruz sino otras placas de latón relacionadas con el milagro de San Juan Nepomuceno lucen brillantes del roce permanente. Confieso que toqué todas ellas, no sólo por seguir la tradición sino por compartir los impulsos de millones de viajeros que habrán hecho lo mismo. 

No es ésta la única leyenda que esconde el Puente. A mí me gusta sobremanera la que sostiene que en las noches que queda en soledad y logra alejar a praguenses, viajeros y turistas las estatuas recuperan vitalidad, se apean de sus pedestales y departen entre ellos. En este caso, quizá lo prodigioso sea que el puente consiga estar alguna vez vacío.

Además de santos, paseantes y prodigios, el Puente de Carlos acoge multitud de artistas: pintores, caricaturistas, músicos, artesanos. Las ofertas de unos y otros y el Moldava que discurre bajo sus arcos reclaman del viajero más de una visita. Moldava significa “agua salvaje” y durante siglos ha hecho honor a su nombre, con dos riadas ordinarias por año y algunas extraordinarias: la última de ellas en 2002 obligó a evacuar a 50.000 personas.

Al Moldava, que corre bajo el puente, dedicó el compositor Bedřich Smetana una de sus sinfonías. En compensación, los praguenses han dedicado uno de los edificios junto al río a museo de Smetana. Una estatua del músico contempla el paso del agua desde un mirador próximo al puente. El lugar es emplazamiento ideal para contemplar la caída del sol con el Castillo de Praga al fondo.



viernes, 21 de agosto de 2015

Sólo existe lo que se nombra

Las palabras nos construyen, sólo existe lo que se nombra. Eso lo saben muy bien quienes controlan los medios de comunicación, basta con omitir cualquier referencia a un hecho o a una persona para que sean olvidados, ignorados.

En los años de posguerra -y hasta que agonizaba el siglo XX- los periódicos se nutrían de noticias truculentas sobre supuestos crímenes pasionales. En esencia, la historia era siempre la misma, lo que variaba era el escenario: chico quiere a chica, chica quiere a chico, chica quiere desligarse de chico, chico mata a chica. O mía o de nadie más. El Caso, semanario de éxito por entonces, vivía de contarlo a base de grandes e idénticos titulares: “crimen pasional”.

Fue necesario que se pusiera nombre a tales crímenes para que la sociedad empezara a entender que quien maltrata a una mujer no es un hombre enamorado: es un maltratador y quien asesina a una mujer no es un pobre amante despechado y sufriente: es un asesino.


Lo que no se nombra no existe. Lo sabemos bien las mujeres. Basta con que no se nos nombre para que parezca que no existimos. ¿Cuantas mujeres escritoras, pintoras, artistas, pensadoras han existido a lo largo de la historia, cuyos nombres han sido omitidos? Nunca lo sabremos porque la historia la han escrito los hombres. ¿Cuantas de esas obras, de esas aportaciones a la cultura han sido atribuidas a los hombres? Tampoco lo sabremos pero sospechamos que no pocas.

A pesar de los avances conseguidos en materia de igualdad legal -otra cosa es la igualdad real- la sociedad sigue cultivando una cierta tendencia a observar a las mujeres en función de su vinculación a los hombres: la hija de, la mujer de, la madre de... aún cuesta que se la contemple como persona individual, autónoma e independiente.

No es un caso aislado pero en el Museo Marceliano Santa María de Burgos -interesante en su contenido y en su continente- hay varios cuadros en los que el pintor retrató a su familia. En las correspondientes cartelas puede leerse: la esposa del pintor, mi cuñada... lo cual dice mucho de la elevada autoestima de don Marcelinano pero también de la pereza mental de quienes rotulan las obras. ¿Quién era la mujer de uno de los pintores más celebrados de Burgos? Ni idea.

Gracias a la diligencia del Museo de Bellas Artes de San Fernando de Madrid -un museo modélico en tantas cosas- he sabido que la santa esposa del pintor burgalés se llamaba Carmen Orón. No estaría de más que la información llegara también al museo que se aloja en el Monasterio de San Juan de Burgos.

Porque las palabras nos construyen y sólo lo que se nombra existe.

lunes, 17 de agosto de 2015

El olor del vino


Cuando yo era pequeña, mediados del siglo pasado, los niños éramos multiuso. Las niñas, más. Aparte de poner la mesa y hacer la cama, tareas que por entonces se creía que causaban infección en las gónadas y, por tanto, estaban reservadas a las niñas, que, como está acreditado, tienen ovarios a prueba de ese tipo de riesgos, todos, niños y niñas, éramos los chicos de los recados.

La niña que fue la sesentera que soy tenía, entre otras, dos tareas indeludibles: subir el agua fresca de la fuente al terminar la siesta y comprar el vino antes de la comida.

En mi familia venimos programados de serie para la siesta en verano. O, al menos, esa era la teoría de mi abuela. Así que tan pronto terminábamos de comer, niños y adultos cumplíamos con nuestra predestinación genética. De igual manera, cuando mi abuela consideraba cumplido el rito debía tener dispuesto el botijo de agua fresca. No cualquier agua, agua de la fuente de Santo Domingo que entonces procedía de algún manantial derivado de La Nava aún no canalizada y que, según opinión familiar generalizada, era fresca y fina.

La niña que fue cogía el botijo cada tarde, cruzaba la calle y se encaminaba a Santo Domingo, ponía el botijo bajo el caño y esperaba que el agua rebosara por el pitorro para volver a casa con la carga. Más de una y más de dos veces no atinaba del todo en la dirección adecuada y el botijo acababa tropezando con la piedra de la fuente y la niña se quedaba con el asa en la mano, con la consiguiente regañina. Como nadie había descubierto aún los traumas infantiles -o si se habían descubierto aquí no se había enterado nadie- si la hacías te la cargabas. Lo más suave que oías era eso de no sé que le pasa a esta niña, que cada día es más tonta. Hipótesis que mi abuela solía repetir en el primer día de mercado siguiente ante la cacharrería de la señora Caya -que sentaba sus reales en la Plaza, en el arco que corresponde a Foto Díaz-. Dame otro botijo, Caya, que mi nieta tiene manos de cazo y me ha roto otro. Es que estos chicos tienen la cabeza a pájaros, corroboraba la señora Caya.

Cuando no se te rompía el botijo volvías a casa con el agua fresquita y se la entregabas a los mayores, que bebían de ella por orden de edad, dignidad y gobierno. O sea, que más te valía volver bebida.

La segunda de las tareas de la niña que fue era proveer del vino diario. A pesar de que, entonces como ahora, Aranda estaba en el corazón de la Ribera, no había llegado aún el invento de la Denominación de Origen, ni nadie se planteaba el embotellado, para qué hablar de catas, del color o de los aromas del vino.

Lo que se bebía era el clarete, una cosa de color más o menos rojo, que la niña que fue compraba en la Cantina La Cadena, establecimiento que estaba en la esquina del puente con la carretera de Valladolid, en el callejero Avenida de Ruperta Baraya. La Cadena era una cantina de hombres; en verdad, todas lo eran, las mujeres sólo entraban, o bien acompañadas de un varón de la familia o bien a buscarlo cuando éste no encontraba el camino de vuelta a casa. La niña -de una timidez enfermiza- entraba con su botella, llegaba hasta el mostrador y, roja hasta las pestañas, pedía a Basilio Bayo: Un cuartillo de vino.

Cuando aún había pregonero -los más veteranos recordarán al tío Pitorro- éste se encargaba de anunciar dónde “se echaba” el vino. Echarse el vino, para los avisados, era ponerse a la venta el vino de la temporada -la añada, dirían los entendidos- en la bodega correspondiente. Una rama en la puerta identificaba el lugar donde se estaba “echando” el vino.

No sólo se podía comprar a granel, también se consumía como en cualquier taberna, chato a chato. El puesto de venta consistía en una rudimentaria mesa, sobre la que se disponían los vasos, un barreño con agua, donde éstos se enjuagaban después de cada uso, y uno o varios cántaros donde se guardaba el clarete para el suministro.

Como la cantina, la bodega era un lugar de reunión para hombres aunque más flexible. La niña que fue recuerda haber visto a Eloína, que vivía en la Plaza de Santa María, hacer tertulia en la bodega de la calle la Miel.

Cuando no quedaba demasiado lejos de la casa familiar, la niña que fue iba a comprar vino a la bodega en vez de a La Cadena. Casi siempre tenía que hacer cola porque, como no había televisión ni centros sociales, los arandinos gustaban de reunirse en estos puntos de encuentro coyunturales. Llegaba con su botella y pedía: Un cuartillo. De aquellos días le ha quedado a la niña que fue en la memoria pituitaria un olor definido: el olor a vendimia, a cuba, a vino guardado, ...

El colega y la sesentera han visitado en Gumiel de Izán la magnífica bodega Portia, proyectada por el arquitecto británico Norman Foster y aprovecharon para comer en el restaurante, desde el que se divisa una hermosa panorámica de la Ribera. El camarero puso sobre la mesa una botella “de la variedad tempranillo”, según aclaró.
La sesentera acercó la copa a la nariz, según aprendió en su momento de los popes del vino, y a poco se desmaya. Ahí estaba el olor de las bodegas de la niña que fue. El vino es un tinto joven, bueno para acompañar un lechazo asado, pero sin mayores pretensiones. El colega lo prueba y le reprocha saber a rioja, que es casi lo peor que puede decir de un ribera, pero a estas alturas la sesentera ha decidido llevarse ese olor y, tras la visita, hace acopio de varias botellas.

Potente aroma a fruta fresca que recuerda a grosellas y frambuesas acompañado de notas florales y sutiles especiados. En boca es fresco, elegante y expresivo, con un marcado carácter frutal que nos aporta un final largo y persistente”, informa la contraetiqueta.


La niña que iba a comprar un cuartillo en la bodega en la que echaban vino nunca hubiera sido capaz de expresar tal catálogo de sensaciones. La periodista que vio nacer contra viento y marea la Denominación de Origen Ribera del Duero no hubiera sido capaz de adivinar semejante esplendor. Qué sorpresas tan agradables te depara a veces la vida.

El triángulo del Palacio de Tepa

El palacio de Tepa ocupa una media manzana entre la calle Atocha, la de San Sebastián y la Plaza del Ángel. Este palacio de estilo neoclásico se construyó a caballo entre los siglos XVIII y XIX sobre el solar que antes ocupaba la Fonda de San Sebastián, cobijo de la tertulia ilustrada del mismo nombre, famosa en tiempos de Carlos III.
En su subsuelo se ha descubierto un aljibe que formaba parte de la red del Viaje de Agua de la Castellana, un sistema de suministro que abastecía a once fuentes públicas con 147 aguadores y 85 fuentes particulares.
El nuevo edificio sería la vivienda del primer conde de Tepa, Francisco Leandro de Viana. A finales del siglo XIX se transformó en edificio de viviendas y a lo largo del siglo XX sus bajos fueron convertidos en locales comerciales, terminando este siglo en un estado lamentable. En 2004 fue remodelado para devolverle su antiguo esplendor.  
Lo que hace unos años era un caserón medio en ruinas, imán de pintadas y carteles, hoy es un hotel de cinco estrellas, como hace años anunciara Montserrat Corulla, una abogada joven con mucho desparpajo. A comienzos de 2007, las informaciones apuntaban a que Corulla, relacionada con la trama del caso Malaya de Marbella, estaba sacando provecho económico de su proximidad con el alcalde, garantizando que esta cercanía aseguraba las licencias de obras que estaban en cuestión.
El 16 de mayo de 2007, en uno de los debates de la campaña electoral para las municipales, Miguel Sebastián, candidato socialista, sacó una revista en cuya portada aparecía la foto de Montserrat Corulla y preguntó a Gallardón, candidato popular, qué tipo de relación profesional mantenía con la joven abogada que permitía a ésta dar órdenes en el ayuntamiento de Madrid sobre sus proyectos. Gallardón optó por conjugar en forma reflexiva el verbo beneficiar y, entre humillar a su mujer públicamente o admitir que Corulla le había utilizado para sus negocios como a un pardillo, optó por la primera opción y María del Mar Utrera, hija del ministro de Franco Utrera Molina, y media España pudimos oir cómo Alberto Ruiz Gallardón afeaba a Sebastián que éste sacara a relucir en campaña sus “relaciones privadas”.
Gallardón salió elegido alcalde, luego ministro de Justicia, luego, nada; Sebastián fue ministro de Industria, Turismo y Comercio, el caso Malaya se juzgó, Montserrat Corulla fue condenada a cuatro años de prisión y el Palacio de Tepa es hoy un hotel de cinco estrellas de la cadena NH.
En su fachada a la calle San Sebastián el palacio mira a la iglesia del mismo nombre, famosa por ser donde recibió sepultura Lope de Vega pero también donde recibieron las aguas bautismales José de Echegaray o Jacinto Benavente y donde matrimoniaron Mariano José de Larra, Gustavo Adolfo Bécquer o Práxedes Mateo Sagasta.   
Cada vez que paso cerca mis recuerdos se reparten entre los antiguos clientes de San Sebastián y el peculiar trío formado por Miguel Sebastián, Montserrat Corulla y Alberto Ruiz Gallardón.
Sic transit gloria mundi...

Los museos de Urueña

Si ya es una rareza que un pueblo que no llega a 200 habitantes cuente con nueve librerías más aún lo es que el mismo lugar acoja cinco museos y una sala de exposiciones. Eso es lo que ocurre en Urueña, a un paso de Valladolid, en plena Tierra de Campos.
Los museos están especializados en dos aspectos de la cultura: la música y la lectura. En la calle Catahuevos, tiene la música su propio museo, en el que se recoge la colección de Luis Delgado, con algunas piezas extraordinarias y únicas; y ocupa una parte importante en el Centro Etnográfico de Joaquín Díaz. Éste se ha instalado en una casona noble –la Mayorazga, en la calle Real- propiedad de la Diputación Provincial de Valladolid y en ella se puede ver el fondo documental y sonoro de Joaquín Díaz: grabados, libros, discos e instrumentos musicales. Mención aparte merece la colección de fonógrafos y gramófonos de Luis Delgado y Gema Rizo.
En la calle Costanilla se abre el Museo del Cuento, un lugar donde perder a los niños o recuperar la infancia. Se trata de una exposición permanente de las creaciones de Rosana Largo. Los cuentos clásicos: Alicia en el País de las Maravillas, la Bella Durmiente, Blancanieves, Caperucita…, las fábulas de Esopo, Samaniego o Lafontaine, y cuentos orientales, junto a una colección de libros desplegables.
En esa misma calle se levanta un edificio singular, un Espacio para la Lectura, la Escritura y sus Aplicaciones, conocido como Centro E-LEA Miguel Delibes. El lugar tiene un área pedagógica orientada a actividades escolares y otra de investigación y documentación vinculada a las tecnologías de la información y comunicación y sus aplicaciones. Cuenta el centro con un patio ajardinado en el que se organizan presentaciones, conferencias y tertulias literarias. Y cuenta, además, con una zona de exposiciones en la que se hace un repaso al siglo XX a través de los recuerdos de papel: libros y papeles de la vida cotidiana: enciclopedias, folletos, revistas de moda, tebeos, telegramas. Una inmersión total en la memoria colectiva. Los viajeros recorrieron la muestra varias veces buscando sus libros favoritos que en algún caso encontraron y en otros no. Faltan Las cien figuras españolas, informan a la persona que atiende el centro. Es que se trata de una colección particular y tiene lo que tiene, nos responde.
Porque esa es la nota general de los museos de Urueña: esa sinergia entre lo público y lo privado, esa forma de poner lo que se tiene al servicio de lo que tienen los demás, que da como resultado un rincón como aislado en el mundo, lo más parecido al Edén en el cultural, y a la vez vinculado a la realidad cotidiana.
Otro tanto puede decirse del Museo de las Campanas, ubicado en la calle Nueva o Corro del Conde, esquina a Honda. El local no es muy amplio pero encierra un pequeño tesoro, la colección de Manuel Quintana, fundidor de Saldaña (Palencia), cedida a la Fundación Joaquín Díaz. Más de veinte ejemplares de distintos tamaños, que estuvieron en uso entre los siglos XV y XX. Varios paneles explican con claridad y precisión el origen, uso y significado de las campanas pero los viajeros harán bien en atender las explicaciones de la persona que atiende el museo, Aurora, porque nada puede equipararse a la palabra de quien ama su trabajo.
El colega y la viajera dejaron el museo de las campanas con harto pesar, dudando de si serían capaces de distinguir una campana hembra o esquilón de la campana macho o romano, los esquilines de las pascualejas, la Bárbara de la María, la sardinera del aguijón pero seguros de haber vivido un momento mágico entre estas campanas, que tañeron para los hombres y mujeres que sabían interpretar sus sonidos.  
Un lugar así, tan aparentemente idílico, habrá de tener algún aspecto negativo, piensan los viajeros, pero mientras recorren las calles disfrutando de la buena temperatura la primavera viste sus primeras galas. Y no se les ocurre ninguno.

Urueña, Villa del Libro

Al finalizar el año pasado, España contaba con 8.117 municipios, de los que 1.220 tenían menos de 100 habitantes, 2.661 entre 100 y 500 y 1.033 entre 500 y 1.000. En total, 4.914 pueblos con menos de un millar de habitantes. Las series estadísticas del INE reflejan una pérdida progresiva de población, mayor cuanto más pequeño es el pueblo. Todos aspiramos a disfrutar de buenos servicios asistenciales que, evidentemente, no están accesibles en núcleos reducidos. ¿Cómo fijar la población? Cada cual hace lo que puede.

Urueña es un pueblo de la provincia de Valladolid situado sobre un otero, en las estribaciones de los Montes Torozos, en plena Tierra de Campos. Su recinto amurallado acoge un caserío bien cuidado ocupado por 182 habitantes. Pero hay algo que hace especial a Urueña: sus nueve librerías y sus cinco museos. Más que especial, se diría que es un caso milagroso que bien merece una visita.
Si se llega desde la N-VI, hay una parada obligatoria antes de atravesar la muralla. A la izquierda de la carretera surge una ermita románica con ornamentación lombarda dedicada a la Anunciación, patrona de los carrasqueños, gentilicio de los naturales de Urueña. La construcción original es del siglo XI pero en el XVIII se añadió un camarín sobre el ábside y ahí sigue. El lugar ofrece una excelente vista de Urueña, que se encuentra a un tiro de piedra; su campa acoge la romería cada 25 de marzo.  

La sombra de Urueña se extiende hasta la prehistoria  -en este lugar se han hallado restos del neolítico- pasa por una ocupación de los vacceos y se asienta en la ocupación romana, donde llegó a ser plaza fuerte, debido sin duda a su posición estratégica sobre la comarca. Aquí se han encontrado monedas con la efigie del general Romano Pompeyo, del siglo I de nuestra era. En el siglo X aparece relacionada con el monasterio mozárabe de San Pedro y San Pablo de Cubillas, que daría lugar a la ermita de la Anunciada, pero es a partir del siglo XI cuando entra en la historia de pleno.
A mediados de ese siglo, Fernando I mandó construir el castillo y un siglo más tarde, doña Sancha, hermana de Alfonso VII el Emperador, manda construir las murallas y puebla la villa. En el siglo XII, la villa pasa a poder de los monarcas leoneses y en el XIV aparece como cabeza de la Merindad del Infantado de Valladolid y arciprestazgo de la diócesis de Palencia, con tres parroquias. Un siglo después forma parte del señorío de la familia Girón en el que permanecerá hasta el XIX. En 1464, Alonso Téllez Girón se convierte en primer Conde de Urueña. Varios nobles radicados en la villa alcanzaron fama allende sus fronteras, con una curiosa propensión de los Minayo por la dignidad episcopal. El 3 de octubre de 1876, Urueña sufrió un incendio que arrasó 89 de sus casas más humildes. De aquel fuego se recompuso también reconstruyendo un nuevo caserío que aún puede admirarse.   
Urueña es una población de hechura medieval, con algunas casonas de piedra de sillería y una mayoría de adobe. Desde 2014 es miembro de la Asociación de los Pueblos más bonitos de España, aunque lo que le hace realmente singular desde 1975 es su condición de Villa del Libro, la única en España, de la red de Villas del Libro del mundo.
El castillo, de buena apariencia, y la muralla es lo primero que llama la atención del viajero. El primero fue mandado construir por Fernando I en 1060 sobre la antigua fortificación romana y sirvió de residencia a doña Urraca, que da nombre al torreón en que confluyen castillo y muralla, conocido también como Peinador de la Reina; en este castillo visitaba Pedro I el Cruel a María de Padilla y aquí sufrieron prisión los condes de Luna y Urgel y la infanta Beatriz de Portugal. En el capítulo de prisioneros merece mención especial el pobre Conde Pedro Vélez, que tuvo la osadía de pretender a una prima del rey Sancho III, lo que le valió una sentencia inmisericorde: “No le den cosa ninguna donde pueda estar echado y de cuatro en cuatro meses le sea un miembro quitado hasta que con el dolor su vivir fuese acabado”. Así se las gastaba la realeza en la época.

El Puente de Alcántara de Cáceres


La provincia de Cáceres es un tablero en el que se ha representado una parte no pequeña de la historia de España. Lugares abiertos de una belleza exultante limitan con poblaciones que fueron escenario de momentos decisivos en el devenir colectivo o de donde salieron hombres que conquistaron un continente. Dólmenes prehistóricos, calzadas y puentes romanos, iglesias visigodas, aljibes árabes, torres defensivas, cuarteles de órdenes militares, casas blasonadas, plazas e iglesias conviven con dehesas de un verdor esplendoroso en este final de invierno; humedales rebosantes de cigüeñas y otras aves se besan con horizontes que se tiñen con los colores del arco iris.
Visitar Cáceres es una buena idea en cualquier momento. Hacerlo en compañía de buenos amigos que te llevan, por ejemplo, a comer a la Hospedería del Convento, es un privilegio, una fortuna. ¿Por dónde empezar? Pongámonos en camino.
El puente deAlcántara aparece al doblar un recodo de la carretera Ex-207 y, por muy advertida que vayas, creerás que se trata de una aparición. Tienes ante ti una obra levantada a comienzos del siglo II que desde entonces ha venido permitiendo el paso a personas y carruajes. Una obra monumental de 214 metros de longitud, 57 de altura y una anchura de calzada de ocho metros, que salva el curso del río Tajo apoyado sobre cinco pilares de distinta altura que se adaptan al terrero. La obra se levantó con el objetivo de comunicar la ciudad de NorbaCesarina (la actual Cáceres) con Conimbriga, lugar lusitano en el camino que conducía a Lisboa. Se construyó con sillares almohadillados de roca granítica de entre 45 y 50 cm. entre los años 105 y 106 de la era cristiana.
Es eso y algo más. Un nombre de resonancias épicas y literarias, un eco histórico y legendario. Estás ante uno de los puentes romanos más destacados de los que quedan en el mundo y una de las obras de ingeniería más sobresalientes de la Hispania romana. Sus dos arcos centrales tienen una altura de 48 metros y una anchura de casi 30. En este punto, las leyendas hablan de una espada, quizá enterrada, quizá colgada, acaso la del rey godo Rodrigo.
Sobre el pilar central se eleva un Arco de Triunfo de 13 metros de altura, a la manera de panel informativo. Sus inscripciones explican, entre otros asuntos, que el puente fue construido por Cayo Julio Lacer en honor del emperador Trajano –nacido en la Bética hispana- y costeado mediante impuestos sobre los pueblos lusitanos Igaetani, Lancienses, Opidani, Talori, Interannienses, Colarni, Lancienses Transcudani, Arani, Meidubrigenses, Arabrigenses, Benienses, Paesures.
Si a los romanos les debemos la fábrica el nombre se lo debemos a los árabes que lo llamaron Al-Qantarat, El Puente por excelencia, así de grandioso debió parecerles.