sábado, 23 de abril de 2016

Ezcaray o la amable eficiencia


Cuando escribí este post creí que había contado todo lo que sabía de Ezcaray, que era bastante y bastante bueno. Pero no, resulta que me había dejado algo importante. Os lo cuento ahora.

La semana pasada llamó el cartero para comunicar al colega que tenía un certificado. En casos así, una se pone siempre en lo peor. O es hacienda o es una multa de tráfico. Como no es tiempo de Montoro, deduje que era una multa. Y lo era, pero no exactamente de tráfico. O sí. No sé. Me explico.

El certificado es del Ayuntamiento de Ezcaray y contiene una sanción por "circular por una vía contraviniendo la restricción de circulación", a las 11:36 del día de nuestra visita, hecho detectado por "captación de imágenes". Vamos, que una cámara nos había hecho la foto. 60 pavos, la broma, 30 si paga voluntariamente. Os ahorro los juros del colega que, por lo común, es un chico muy educado y correcto pero lo de las multas lo lleva mal, para qué nos vamos a engañar. Del alcalde para abajo, puso al ayuntamiento a pingar, con alguna salpicadura para la autora del blog.  

Si aparcamos nada más llegar, digo yo. Hacemos memoria y caemos en la cuenta de que, efectivamente, aparcamos después de comprobar que el casco antiguo es peatonal. ¿Y cómo lo comprobamos? Al toparnos con la señal. Lo vimos y el colega dio la vuelta pero, quizá no con la suficiente finura para no ser captado por la cámara.

Haz un pliego de descargo, sugiero tímidamente. Ya sé yo por dónde se meten los pliegos, contesta muy enfadado. Pues llama por teléfono, al menos, insisto. Y llama. Coge la llamada una voz femenina que se carga con el primer chorreo del colega que, entre otras cosas, amenaza con contarlo en las redes, él, que no ha puesto un tuit en su vida. Le paso con el concejal de Seguridad, dice, finalmente, la funcionaria. Y le pasa. El concejal escucha los argumentos del colega, que insiste en que revisen la grabación porque él no pisó la zona peatonal sino que se topó con la señal. Mándeme un sms con el número de matrícula y el del expediente y le comunicaré algo esta tarde, dice el concejal. Tendré que pagar 30 euros pero al menos se ha puesto al teléfono y el hombre ha sido muy amable, admite el colega.  

Nos enzarzamos en una disquisición acerca de la indefensión de los ciudadanos frente a las administraciones públicas, del papel de los políticos y de esas cosas que se dicen cuando a uno le han endosado una multa que cree injusta. Pero, no os lo vais a creer, cinco horas después el concejal, que se llama Alberto -creemos que Díez- le envía otro sms "Buenas tardes. Ya está anulada". Ojiplático se queda el colega. Cuesta creer tanta eficiencia y tanta amabilidad juntas. Te dije que Ezcaray es un pueblo modelo, le digo. Ya, ya, admite él. Y del PP, añado en plan machaque. A estos concejales, que están al pie del cañón, se les tienen que revolver las tripas cuando oyen hablar de los políticos corruptos o inútiles, coincidimos. 

Total, que a poco que acompañe el tiempo, a las primeras de cambio volvemos a Ezcaray a ver lo que no viéramos la primera vez. Andando, eso sí. Y con lo ahorrado de la multa me voy a comprar un chal de lana a capricho. Gracias, Alberto. 

viernes, 22 de abril de 2016

Mujeres al natural

En el supermercado encuentro con frecuencia a una cajera que ha dado a luz hace poco a su tercer hijo. Es amable y muy competente, conoce la palabra adecuada para cada cliente. Le pregunto por la niña recién nacida. Se está criando bien pero ya me he plantado, entre la casa, los niños y el trabajo estoy agotada, me confiesa.
En este súper me encontraba con Iciar Bollaín cuando aún vivía en el barrio (se trasladó y ahora reside en Edimburgo, según creo) y a veces pegábamos la hebra. Recuerdo una ocasión que la encontré comprando mientras llevaba en el carrito a uno de sus niños y a otro de la mano. Nos entretuvimos hablando sobre una de sus películas hasta que nos dimos cuenta de que había desaparecido el niño. Susto en el cuerpo, nivel sólo comprensible para una madre, hasta que encontramos a la criatura detrás de la cortina de un fotomatón que entonces había en la puerta del súper. Qué pesadas sois, nos dijo la criatura cuando lo descubrimos.
Otro día coincidí en la salida del súper con una mujer joven, cargada de bolsas. En la puerta, un tipo también joven le cerró el paso. ¿Dónde vas tan guapa a estas horas?, preguntó en un tono chuleta. Donde a ti no te importa, respondió ella. Claro que me importa, porque tú eres mi novia y mi novia va donde yo quiero que vaya, insistió él. Yo no soy tu novia y ya estás tardando en dejarme en paz, contestó ella, en tono firme. Él hizo ademán de cogerla del brazo pero ella se retiró. Si me pones la mano encima otra vez te rajo, le amenazó en tono lo suficiente alto para que lo oyéramos todos los que estábamos cerca, incluido el vigilante, que se acercó al grupo que se había formado. Y en ese momento, oh, milagro de la naturaleza, el chuleta pareció encojerse, incluso físicamente, nos miró con cara de sorpresa y se fue. Porque los machistas no agreden a la policía, ni a sus jefes, ni a otros hombres, nunca a un superior, ni siquiera a sus iguales, solo agreden a quienes creen inferior, los muy valientes.
Ayer, salimos con intención de ver los actos cervantinos cerca del Congreso pero llegamos con mucho tiempo de adelanto. Luego saldrá el presidente a hacer una ofrenda floral a Cervantes, nos informaron. Mientras pensábamos donde ir vimos cómo una señora mayor dejaba una flor a los pies del monumento y seguía su camino arrastrando un carro de la compra, ajena a la parafernalia de cámaras que esperaban la salida de los diputados. Decidimos que nada sería tan sincero y emocionante como ese homenaje callado y anónimo y nos fuimos.
Entramos a la exposición de los Realistas de Madrid, en el Museo Thyssen. Amalia Avia, Antonio López, Francisco y Julio López, María Moreno, Esperanza Parada e Isabel Quintanilla. Un grupo histórico y generacional de pintores y escultores que han vivido y trabajado en Madrid desde la década de 1950, unidos tanto por las vinculaciones de su formación y de su trabajo como por sus relaciones personales y familiares, reza la presentación. Ochenta y nueve piezas expuestas, algunas, magníficas. Cuatro mujeres y tres hombres. ¿Quiénes dirás que son los famosos? Efectivamente, ellos.
Por la tarde, he quedado con mis amigas para asistir al homenaje que la UNED rinde a Celia Amorós, recientemente jubilada. Quedamos antes para ponernos al día. En el grupo hay una catedrática, una doctora premio extraordinario, otra que prepara el doctorado, dos jubiladas, hablando de lo que nos inquieta: nuestros mayores, nuestros nietos, nuestros hijos, la falta de tiempo... Finalmente, entramos al acto. Está lo más nutrido del feminismo de las últimas décadas. Para medir el éxito de la convocatoria habrá que contar el número de hombres que asistan, advierte una de las amigas.
Celia Amorós es un referente en el feminismo de la igualdad, catedrática de Filosofía de la UNED, ha investigado sobre la implicación entre feminismo e ilustración, sobre la mujeres en el Islam y los derechos humanos y sobre los derechos de las mujeres en el marco del multiculturalismo. Fue la primera mujer en obtener el Premio Nacional de Ensayo, en 2006. No llegan a una docena los hombres que asisten a su homenaje.
No hay por qué extrañarse. El trabajo no remunerado -que incluye el cuidado de niños, enfermos y mayores, que recae mayoritariamente en las mujeres- equivale al 53% del producto interior bruto nacional, según ha estudiado Maria Ángeles Durán, socióloga, investigadora del CSIC. Pero la contabilidad nacional, que sí incluye la incidencia de la prostitución o el mercado de la droga, sigue sin evaluar en el PIB la atención de proximidad y el trabajo no remunerado en el ámbito familiar.
Vuelvo a casa animada por el recuerdo de mis amigas, tan competentes en su trabajo, tan útiles en su familia, que parecen multiplicarse para estar en todas partes. Por el recuerdo de las pintoras del realismo madrileño y de Celia Amorós, tan brillantes o más que sus pares, menos reconocidas, olvidadas en el homenaje. Pienso también en Iciar Bollaín, una de esas mujeres que te suben la moral, que lo mismo hace películas comprometidas que la compra, con toda naturalidad. Pero pienso, sobre todo, en esas mujeres anónimas que siguen trayendo hijos al mundo, atendiendo su casa y su trabajo con eficiencia, sin perder la sonrisa, en esas mujeres amenazadas que plantan cara al machismo y salen adelante, en esa mujer lectora que va a poner flores ante el monumento a Cervantes.

miércoles, 20 de abril de 2016

Las mujeres del Quijote. Femenino. Plural

La libertad que pintes en tu imaginación como deseo se cumplirá. Ese es el mensaje que Dulcinea le deja a Sanchica Panza. Cualquier cosa que imagines podrás llevarlo a cabo. Aunque seas mujer. 
Coincidiendo con el 400 aniversario de la muerte de Cervantes que se cumple el 23 de abril, el Teatro Español ha puesto en escena una obrita -el diminutivo es por su ligereza y optimismo- con texto de Ainhoa Amestoy en la que dos juglaresas – Las Marías de Lavapiés- recuerdan ante los espectadores la intervención de las mujeres en la más famosa novela de don Miguel: El Quijote.
En Quijote. Femenino. Plural Sanchica, empujada por Teresa Panza, su madre, que desconfía de la cordura de Alonso Quijano, y de la sensatez de Sancho, va siguiendo a ambos en sus correrías sin que ellos se percate. En el pueblo deja a Lope Tocho, un mozo rollizo y sano, del que está enamorada. Y en el camino va tropezando con otras mujeres: Luscinda, Marcela, Maritornes, Quiteria, Claudia Jerónima, la Duquesa, que le irán aconsejando sobre diversas materias. Pero será Dulcinea quien se le aparezca en sueños -un pasaje escrito por Fanny Rubio- y le descubrirá un mundo más allá de las convenciones.
En este viaje iniciático, Sanchica no sólo descubrirá el mar sino que aprenderá el significado de la libertad y el valor de la elección personal. Y los espectadores redescubrirán la vigencia universal e intemporal del Quijote y la valentía de Cervantes.
Todo ello en un tono divertido, alegre, “un canto a la libertad cargado de un mensaje solidario, revelador y optimista, que hace que nos congraciemos con la vida”, en palabras de Amestoy.
Un espectáculo del que se sale con ganas de sumergirte en el mundo de don Quijote y seguir sus pasos, ahora en compañía de estas mujeres, tan libres, alegres y decididas.

lunes, 18 de abril de 2016

Ángel Pérez, maestro tallador del Humilladero de Aranda

"En España, en tiempos de oscuridad, siempre hubo hombres buenos que, orientados por la Razón, lucharon por traer a sus compatriotas las luces y el progreso. Y no faltaron quienes intentaban impedirlo". Con estas palabras presentaba el escritor Arturo Pérez Reverte su obra "Hombres buenos", en la que relata las dificultades y los esfuerzos de dos académicos por cumplir la encomienda de la Real Academia de la Lengua de traer la Enciclopedia a España.

Todos conocemos personas así, responsables, generosas, entregadas a su trabajo, cualquiera que éste sea, pero cuando leí la obra pensé en un hombre admirable al que conocí hace años: Ángel Pérez, el maestro tallador del artesonado del Humilladero de Aranda. 

El Humilladero era uno de esos monumentos situados en la extravilla, junto a la ermita de San Antón, maltratado por el tiempo, su ruina paulatina resultaba una amenazaba para los muchos niños que frecuentaban el paseo de la arboleda. No te arrimes, a ver si te va a caer una piedra, nos advertían a los niños. Y los niños mirábamos con temor aquellas piedras carcomidas. Hasta que, ante la ruina inminente, el ayuntamiento recogió las maderas del artesonado y lo que quedaba del templete y almacenó todo bajo las gradas de la plaza de toros. Eso ocurría en 1969. 

Juan Gabriel Abad Zapatero, funcionario municipal, delineante, fue levantando planos del viejo Humilladero del siglo XV y llamando a recuperar lo que había sido una de las señas de identidad cultural de la villa. Pasaron once años hasta que el 21 de octubre de 1980 la Comisión Permanente del Ayuntamiento presidido por Ricardo García toma la decisión de reconstruirlo. Se encomienda el proyecto a los arquitectos Carlos Martín Serrano y María José Alvarez, con la asesoría artística del mismo Juan Abad. 

No era éste un proyecto corriente. Se trataba de reedificar un monumento a la manera en que se hacían estas cosas en el siglo XV, con las herramientas y los conocimientos del siglo XX. Las piedras se adquirieron a Melchor Hernando en Campaspero. Las obras de cantería de la puedra nueva se realizaron por los hermanos Gabriel y Pablo García Acebes, también de Campaspero, y por los canteros municipales Diodoro de la Calle y Eusebio de Diego.  


El problema mayor era reconstruir el artesonado del templete o baldaquino que cubría el humilladero propiamente dicho. Un alfarje mudéjar al que nadie recordaba en buen estado y del que no quedaba resto alguno pues habían desaparecido las maderas depositadas en la plaza de toros. Se convoca concurso público y se adjudica al taller de Ángel Pérez. 

Como los grandes artesanos ante una gran obra, Ángel se documenta, investiga. "Es muy complicado hacer una tracería portante a cuatro aguas, con dos niveles de molduras en cada hueco, con entrepaños tallados en un alto relieve generoso, con flores y motivos renacentistas, sobre una madera, que el proyecto aconseja que sea vieja", recuerda uno de sus hijos en el número 29 de la Biblioteca, en un relato pleno de emoción que se lee con deleite. 

Tras visitar muchos almacenes, los Pérez encuentran una partida de madera procedente de derribos de edificios antiguos del Estado de Florida. Unas vigas de siete metros de longitud, sin alabeo, con un alto índice de resina que las hace resistentes a la humedad y proporciona un brillo natural. Siete mil kilos de una madera, la de pino tea, que crecía en el Pirineo por lo que bien pudo haber partido de España entre los siglos XVII y XVIII como lastre de los barcos que comerciaban entre Europa y América y utilizados luego en la construcción.

Ángel Pérez es consciente de que está ante la obra de su vida y consigue trasladar esta convicción a sus hijos, Ángel, Jacinto y Alfredo y a su sobrino Antonino. El taller se acondiciona para esta tarea descomunal, se compra una tupí nueva y se recuperan herramientas ya en desuso. "Coger un antiguo hierro es recuperar la memoria del esfuerzo, de la dedicación, belleza y exclusividad del prototipo del tajo en el que se empleó ese perfil único. Toda una riqueza intransferible que cada taller de ebanistería posee... ¡no sirven a otro taller! Son algo personal, único, todos diferentes, a veces milímetros o décimas, cada uno tiene su función, su belleza, su encanto", recordará el hijo. Y añade: "Ángel guardaba las ballestas como el joyero guarda ese brillante maravilloso pendiente de tallar".

Las cuatro mejores vigas se reservan para el perímetro y Jacinto y Ángel empiezan a tallar las hojas en la cara inferior, Alfredo se encarga de los canecillos decorativos. Ángel padre se concentra en las flores de los entrepaños, de estilo renacimiento, una adaptación de los artesanos mudéjares. "Se trata en ese caso de un alto relieve importante. Tanto que exige mucho vaciado por debajo, dificultando la talla". Fue un tiempo a la vez frenético y sosegado, del que la periodista recuerda el olor especial e intenso del taller, a resina, a madera, y el ensimismamiento y la ilusión de Ángel Pérez, tan serio ante su trabajo.

"En el taller el trabajo continúa. Con la técnica del emboquillado, se van ensamblando todas las piezas que componen el trazado, a base de cortes y ajustes. Paso a paso, encolando cada pieza. Cumpliendo con el principio de lacería, cambiando cada cruce, por arriba, el siguiente por abajo, el siguiente por arriba se van conformando los cuatro cuartos iguales".

Finalmente, queda el cupulín, la estrella que cierra el techo, una estrella de doce puntas en la que se juntan 32 barras. Pero Ángel ha aprendido el oficio en Madrid, en unos talleres donde no existía la maquinaria que sí hay en el suyo así que afronta la tarea sin miedo. "La escuadría de las molduras exige ensambles inauditos, de una complejidad curiosa, nunca antes practicada en el taller, pero ejecutada con el máximo rigor, como mandan los cánones de la ebanistería, darán como resultado una estrella de gran belleza". 

El Humilladero se inauguraba el 9 de septiembre de 1983. La viajera lo mira con la cercanía de quien contempla algo propio. Quizás porque conserva en lugar preferente de su hogar una de las barras no utilizadas en el montaje final, regalo generoso de Ángel y sus hijos a la periodista. Ahí está, en el camino de la arboleda, resplandeciente, con su alfarje mudéjar como recién salido del taller de Ángel Pérez, el maestro tallador del Humilladero de Aranda. 

jueves, 14 de abril de 2016

Románico en el Valle de Ezcaray


Quedamos en que Ezcaray es un pueblo con once siglos de historia, aunque puede que nos quedáramos cortos. Restos hallados en el valle del Oja hablan de poblamientos en el paleolítico y en el neolítico. Los historiadores sospechan que por aquí pasaron los autrigones, los visigodos y los árabes. Pero cuando estos últimos fueron expulsados por el empuje de la Reconquista, el valle quedó deshabitado. Hasta que Sancho Garcés I de Navarra, pasó por aquí a la vuelta de la conquista de Nájera y, al ver sus posibilidades defensivas y de provisión de recursos, se trajo a vascones de las montañas alavesas y navarras para repoblar la zona. De ahí el nombre de Ezcaray, que en vasco significa Haitz-Garai o peña alta, en alusión al pico de San Torcuato, una tachuela de 200 metros que se levanta a la entrada del valle. Ya en el siglo XIII, la justicia reconoció a los habitantes de Ojacastro el derecho a declarar en euskera en los juicios y ahora no es extraño el uso de esta lengua en la vida cotidiana.  

En 1076, Alfonso VI anexiona el valle a Castilla y sería el rey castellano Fernando IV quien en 1312 concede Fuero al "Valle de la villa de Ojacastro, Ezcaray e Zorraquín y Valgañón", que estaría en vigor hasta 1876 cuando, tras la tercera Guerra Carlista, se retiran los fueros. En el siglo XV fue mayorazgo de los Manrique de Lara.

La guerra de la Independencia tuvo en la comarca un escenario encarnizado. Las tropas francesas, acantonadas primero en Pancorbo y luego en Santo Domingo de la Calzada, exigían más y más aportaciones para el sostenimiento de la guerra en Portugal que los pueblos del valle del Oja fueron atendiendo en la medida de sus posibilidades. Ezcaray vendió el prado del Cardizal y cedió los bienes de la cofradía de la Virgen de Allende pero no pudo impedir que las tropas de Napoleón se establecieran en la villa, ocasionando cuantiosos daños en la industria, que acabaron provocando el cierre de la Real Fábrica de Paños. 

Ya quedó dicho que los viajeros quedaron maravillados de los encantos de Ezcaray, pero ¿qué pasó con las otras poblaciones del valle? De la carretera que lleva a la villa, parte un desvío a Santurde y Pazuengos. Santurde, tuvo castillo, perteneciente al mayorazgo de Ezcaray, propiedad de los Manrique de Lara durante años, del que queda apenas una torre de sillería. Pazuengos tiene algo de magia. En la batalla de Pozuengos se ganó el apelativo de Campeador el burgalés de Vivar, Rodrigo Díaz, después de defender en las huestes de Sancho II los derechos castellanos a la plaza que se disputaba con Navarra. Por si fuera poco, cuenta la leyenda que de aquí saltó -y dejó marca de su herradura- el caballo blanco de Santiago y fue a parar en Clavijo. Que uno y otro lugar disten 69 kilómetros es un detalle que carece de importancia, como comprenderéis fácilmente si sois aficionados a transitar por el Camino de Santiago.  
 

Los viajeros son aficionados al Camino y más aún al románico, así que, en el camino de vuelta, siguiendo por la LR-111 en dirección a Pradoluengo, a la altura de Zorraquín sienten un desasosiego como el de los galgos en día de caza. Efectivamente, ahí en un alto está su iglesia parroquial, románica del siglo XII con añadidos del XVI y XVII, dedicada a San Esteban. Llaman la atención sus campanas, dos en la torre y dos en la fachada sur, con aspecto de recién salidas de la fundición. Pero lo que es realmente admirable es su portada, decorada con dos arquivoltas de medio punto y sus capiteles, como acabados de tallar. El conjunto se completa con una puerta de madera, probablemente del siglo XV, reforzada y decorada con herrajes. Los viajeros quedan tan embelesados ante la portada que no se percatan del paso del tiempo hasta que suena la campana que da las horas formando un estrépito tal que no queda un pájaro quieto alrededor. 


Apenas repuestos del sobresalto, alcanzamos Valgañón, que posee el bosque de acebo más grande de la Rioja y uno de los más importantes de Europa, con ejemplares de más de 10 metros de altura. En el siglo XIII tuvo aljama propia pero su época de prosperidad fue en el siglo XVII, cuando contaba con una pujante industria textil: fábricas de paños, tintes y batanes. Llegó a contar con un hospital propio. Los viajeros hacen un alto para contemplar la iglesia de Tresfuentes y las fuentes propiamente dichas.

Este agua que brota con idéntico caudal en cualquier época del año, a razón de 12 litros por segundo, procede del acuífero Pradoluengo-Anguiano, que se extiende desde el río Oja al Leza, con una superficie de 220 kilómetros cuadrados y unos recursos estimados de 23 hectómetros cúbicos. En 1680 se realizaron obras para acondicionar el manantial, construyéndose la fuente de estilo herreriano, formada por un muro de sillería con tres pilastras adosadas y rematada por una cruz.

La fuente se encuentra junto al ábside de la iglesia levantada en el siglo XIII, después de que la Virgen se apareciera a una pastora llamada Inés. Este prodigio atrajo la atención de Fernando III el Santo, quien en 1224 vino hasta aquí en compañía de su madre, doña Berenguela, y del obispo de Burgos a consagrar la iglesia, bajo la advocación de Virgen de Valgañón, una talla románico tardía también del siglo XIII. A lo largo de los siglos la iglesia ha sufrido distintos añadidos pero el ábside, correspondiente a la fábrica primitiva, presenta un buen aspecto. Está dividido por haces de columnas en tres paños, en cada uno de los cuales se abren ventanas trilobuladas adornadas con personajes y animales que representan la lucha entre el bien y el mal,  y cruzado horizontalmente por dos impostas de dientes de sierra.

Como Ezcaray, Ojacastro, Santurde, Santurdejo, Pazuengos y Zorraquín, Valgañón pertenece a la comarca del Alto Oja. Una zona que reúne una amplia oferta tanto en paisajes naturales, incluida la estación de Valdezcaray, como fiestas tradicionales. Si por azar o a propio intento estás por aquí el penúltimo fin de semana de agosto, puedes participar en la fiesta de la Patatada, consistente en una cena popular organizada por la Asociación "Virgen de Tresfuentes", en la plaza de Valgañón, en la que se reparten millar y medio de raciones de patatas a la riojana elaboradas por el vecindario. Por si esas fechas no te vienen bien, aquí tienes un calendario festero que ocupa casi cualquier época del año.

Los viajeros beben agua de la famosa fuente y siguen camino con el firme propósito de volver a patearse el valle. Además, la viajera ha echado el ojo a un fular de lana en Ezcaray pero cuando se ha decidido a comprarlo ha encontrado la tienda cerrada. Así que habrá que arreglarlo. 

lunes, 11 de abril de 2016

Los encantos de Ezcaray

¿Por qué viajamos?  ¿Por qué elegimos una ruta, un itinerario, una ciudad? Cada cual tiene su razón. Nosotros teníamos pendiente la visita a Ezcaray desde que vimos el primer capítulo de la serie Olmos y Robles, una de guardias civiles encarnada por Pepe Viyuela y un modelo de escayola que responde por Rubén Cortada. La serie fotografía muy bien este pueblo riojano así que nos prometimos que nos acercaríamos a la primera oportunidad. Antes de que ésta surgiera, Pilar de Abalorios nos contó su paso por el lugar, con lo que nos dejó literalmente en suerte.

Allí que nos fuimos, pues, desde Burgos siguiendo la N-120 hasta Santo Domingo de la Calzada, recorriendo el Camino de Santiago a la inversa. En Santo Domingo, se toma la LR-111 que conduce a nuestro destino y, a los deportistas, hasta la estación de esquí de Valdezcaray.

Ezcaray es una villa con once siglos de historia pero hoy es una localidad turística de poco más de 2.000 habitantes que se multiplican por diez en verano. Una población con una amplia oferta hotelera y restauradora. En esa habilidad para conjugar los viejos fueros, la tradición pañera y maderera y la moderna oferta turística reside el secreto y el encanto de Ezcaray.

Lo mejor que se puede hacer al llegar aquí es aparcar el coche porque el casco antiguo es casi totalmente peatonal y porque es un lugar muy abarcable sin esfuerzo. En la Oficina de Turismo proporcionan información y aconsejan un itinerario de aproximadamente una hora que, partiendo de la Plaza de la Verdura, continúa por la calle porticada hasta la plaza del Quiosco, sigue por Arzobispo Barroeta y llega hasta el crucero de San Lázaro.

De aquí, se tuerce a la izquierda y enseguida se llega al río Oja, que en este sábado de abril baja caudaloso y rápido. Peatones y vehículos utilizan para atravesar el río un puente de piedra que llaman romano. Ambas riberas han sido acondicionadas para el paseo, el de la izquierda, bautizado del Tenorio. Los viajeros optan por la ribera derecha que conduce hasta la Estación vieja, un edificio pintado de azul, acondicionado como bar y restaurante.

Cruzando de nuevo el río y por la Avenida de Navarra se llega hasta la plaza del Ayuntamiento, un amplio espacio flanqueado por dos edificios históricos del siglo XVIII: la Real Fábrica de Paños, actual ayuntamiento, teatro y sala de exposiciones, y el Edificio del Tinte, acondicionado como albergue. El conjunto es monumento de Interés Cultural desde 1992.

La industria textil de Ezcaray data del siglo XVI pero es en 1752 cuando se crea la Real Fábrica de Santa Bárbara, en honor a Bárbara de Braganza, esposa del rey Ferrando VI. Dedicada a la elaboración de paños y sarguetas, la Real Fábrica fue una de las mejores de España. Poco después, reinando ya Carlos III, se le concedió el privilegio de Compañía General y pasó a llamarse Compañía Real de San Carlos y Santa Bárbara. En 1758 se añadió el edificio del Tinte, también conocido como el Fuerte, construido con materiales incombustibles, que contaba con doce calderas. La guerra de la Independencia afectó mucho a la actividad de la Real Fábrica, que en 1845 cesó su actividad. Por ese tiempo quedaban en Ezcaray 29 fábricas y un millar de obreros.

Por la avenida de Santo Domingo los viajeros se encaminan de nuevo al centro de la villa topándose con la iglesia de Santa María la Mayor, del siglo XII, en la que destaca su original balconada de madera. En un jardincillo frente a la portada de la iglesia, se alza un interesante crucero.

Además de estos monumentos imprescindibles, los viajeros se deleitan con varios edificios blasonados, los palacios del arzobispo Barroeta, de Torremúrquiz y del Ángel, construidos con la piedra roja característica de la zona, que, unidos a su caserío tradicional bien conservado, hacen de Ezcaray un pueblo de indudable atractivo.

Uno de estos atractivos, como nos había contado Abalorios, radica en su oferta gastronómica, incluido un dos estrellas Michelín. A mediodía, los bares y terrazas del centro están rebosantes. Pero el colega ha echado el ojo a una carta donde ofrecen caparrones y lomo de ciervo, y, con el argumento de que está cansado de sopletes, oxígenos y otras chuminadas de la nueva cocina, optamos por El Rincón del vino, cocina tradicional de la zona en continente y contenido. Croquetas de boletus, pulpo a la brasa con careta de cerdo, caparrones, ciervo con salsa de cerezas, lomo de bacalao con salsa de hongos, ravioli de flan y helado, regados con un Marqués de Cáceres. Un mini celemín para servir el pan. Muy buena experiencia.

Un último paseo antes de emprender la vuelta nos permite confirmar la primera impresión de que Ezcaray es uno de esos pueblos con encanto que no necesita de más razones que ella misma para venir a conocerlo. Ni siquiera somos capaces de reconocer ninguno de los escenarios de la serie televisiva, salvo la vieja Estación, un edificio que parece estar habitado por historias mágicas.

miércoles, 6 de abril de 2016

La sombra de Zorrilla en el Campo de Muñó

Si transitas por la autovía de Valladolid, a la altura de Estépar, a pocos kilómetros de Burgos, descubrirás a la izquierda un altozano y, en la ladera, la silueta de una iglesia a la que en la comarca se la conoce como la ermita de Muñó. Esta zona, regada por los ríos Arlanzón, Ausines y Cogollos, es el alfoz o campo de Muñó, poblada ya en la Edad de Hierro, ocupada por celtas y romanos, en la que se levantaron torres, castillos y palacios -Arenillas de Muñó, Hormaza, Mazuelo, Torrepadierne-, de los que apenas queda otra cosa que ruinas y el recuerdo.Testigos de aquel esplendor histórico hay en la comarca pueblos de indudable interés como Arcos, Ciadoncha, Presencio o Santa María del Campo.
Los viajeros se adentran hoy por los caminos del Campo de Muñó por el solo placer de disfrutar de la suavidad de la primavera y pisar el solar del castillo de Muñó. El solar, sí, pues del castillo medieval mandado construir en el siglo X por Munio Núñez, no queda ni rastro.
Antes de llegar es conveniente hacer un alto en Villavieja de Muñó, a cuyo término corresponde el lugar, para conocer su iglesia, dedicada a San Adrián, que bien pudo ser sede del obispado medieval de Muñó. Tiene esta iglesia un ábside románico datado en el siglo IX, con unos canecillos interesantes en regular estado de conservación. La impresión general es que en las restauraciones se han aprovechado piedras procedentes de otros monumentos. Este parche es muy evidente en una lápida próxima al arco de una puerta en la fachada norte, procedente, quizá, de una villa romana hallada no lejos de aquí.
Seguimos la marcha, dejamos a un lado Arroyo de Muñó, con su iglesia dedicada a San Martín, y seguimos el cartel que conduce a la ermita de Santa María de Muñó.
La iglesia, de estilo gótico, debió construirse a la sombra del castillo. Nada queda de éste, salvo el recuerdo, pues en su momento tuvo un papel notable. Los historiadores dudan si la boda de Urraca de Castilla y Alfonso I el Batallador de Aragón se celebró aquí o en el castillo de Monzón. Se cree que en el siglo XIII fue tomado por la familia Lara, luego recuperado por Fernando III el Santo, que residió en él algunas temporadas. En el siglo XIV dependía de la ciudad de Burgos, que lo reformó para hacerlo más confortable. Hacia 1470 es tomado por Sancho de Rojas, que no debió cuidarlo demasiado pues en 1520 presentaba ya un estado ruinoso. A comienzos del siglo XX aún quedaban restos de muros, actualmente, ni eso.
Los viajeros, que han pasado por Torrepadierne y han encontrado el letrero de “propiedad privada” y una valla que impide el paso, se preguntan cuál será el método eficaz para proteger los monumentos que hablan de nuestra historia, si dejarlos en manos particulares que los cuidarán o no, o mantenerlos bajo la tutela pública, con parecido resultado.
Sobre el otero sopla un viento que se lleva hasta las preguntas así que los viajeros se deleitan la vista con el panorama que se divisa desde este punto y, antes de que se los lleve el aire loma abajo, hacen un recorrido rápido por la ermita, adonde cada agosto acuden los vecinos de Muñó en romería. Así, descubrimos en la portada una placa que el Condado de Muñó dedica al poeta José Zorrilla Moral en el centenario de su muerte, en 1993. ¿Este Zorrilla Moral es el mismo Zorrilla del Tenorio?, pregunta la viajera. Consulta rápida al maestro Google. Lo es, en efecto.
¿Cuál es el vínculo del dramaturgo con la comarca? El primero, a través de su madre, Nicomedes Moral, natural de Quintanilla Somuñó, pero también a través de su padre, que pasó temporadas en Arroyo de Muñó y en Lerma, unas veces desterrado, otras por motivos laborales. A lo que se ve, el traslado forzoso no es invento de la crisis.
Total, que al Zorrilla poeta le gustaba la comarca y, hombre enamoradizo como era, vino a enamorarse de una prima suya, amores contrariados por un padre autoritario, y aquí volvió reiteradamente el poeta, según cuenta Diario de Burgos, en este enlace.
Solos, acurrucados en el muro de la iglesia, antes de emprender camino de vuelta elucubramos sobre los pasos de José Zorrilla por el Campo de Muñó. ¡Qué lugar más propio para resucitar a don Juan Tenorio, doña Inés de Ulloa, Ciutti, Brígida, don Luis Mejía, don Gonzalo de Ulloa, don Diego Tenorio, una de esas noches templadas de verano!, se dicen los viajeros.
Quién sabe, cualquier año de estos...