Ni la Virgen del Rocío ni el Padre Peyton, valores cívicos
El presidente del Gobierno, tan
parco en declaraciones, repite que en España vivimos la más grande crisis que
han visto los siglos. Ocurre, sin embargo, que este país está acostumbrado a
pasar crisis a cual peor y más grande. Desde las sucesivas bancarrotas de los
siglos XVII y XVIII –cuando los reyes se pulían malamente los tesoros que
llegaban de América- a la pérdida de las colonias en 1898, los españoles
andamos ya curados de espantos.
La última de estas crisis, la
del finiquito del imperio, dio lugar a una extensa producción filosófica,
artística y literaria: la generación del 98. Esa es una de las diferencias
respecto a la crisis actual, donde se aprecia un silencio casi general, una
ausencia de intelectuales que analicen lo que sucede. Si se exceptúa Antonio
Muñoz Molina y su libro Todo lo que era sólido –en el que, a modo de espejo,
refleja lo ocurrido en los últimos años-, Juan José Millás en sus columnas de
los viernes –en un tono entre irónico y realista- y algún otro comentario
suelto de Luis García Montero o Javier Marías, los intelectuales no están
dándose por aludidos. Sólo El Roto con sus viñetas parece ser capaz de expresar
la frustración general.
Hoy, El País publica un artículo
de Luisgé Martín –un escritor de segunda fila en el escalafón oficial- con el
llamativo título de Aureliano Buendía y Pablo Iglesias en el que expone con
crudeza una realidad que con frecuencia soslayamos. La corrupción es una
realidad transversal que va de la Casa Real al Ejército pasando por la Justicia
y la Banca, la Hacienda y la Iglesia, los partidos políticos y los sindicatos,
sí, pero también la ciudadanía. “La hipótesis de que basta con cambiar a la clase dirigente para enderezar el rumbo es perversa y traerá frustración en el futuro”, advierte. La cultura del pelotazo no es virus privativo de las clases
pudientes, ni el clientelismo, ni la pillería, ni el escaqueo. Como bien señala
Luisgé Martín, vivimos “en un país donde el que no defrauda es porque no tiene
la ocasión de hacerlo y no por convencimiento ético”.
Esa es la tarea real que tiene
por delante Podemos o cualquier formación que pretenda un cambio real en
España. Introducir la moral en la vida cívica. Que no es, como parecen
pretender algunos ministros, poner en nómina a la Virgen del Rocío o a la del
Pilar, sino inculcar en la ciudadanía que cada cual es responsable de lo que
sucede en su entorno, que corrupción no es solo levantarse una pasta o privatizar
los servicios públicos en beneficio de intereses privados sino también tirar la
basura fuera de su lugar o abusar de esos mismos servicios públicos. Y consentir
que se malbarate lo que es del común.
Habituados como estamos a
confundir moral con religión, el descrédito de las iglesias dominantes parece
haber invalidado los principios de la moral pública que, contra lo que parece
defender el PP, no es volver al rosario del Padre Peyton en la Castellana sino
la defensa de los valores cívicos: la tolerancia, la educación, el respeto al
otro, la igualdad, la distribución a cada cual según sus necesidades, de cada
cual según sus posibilidades…
No hay que inventar nada pero en
España estamos acostumbrados a llegar con retraso. La Contrarreforma data del
siglo XVI. La Revolución Francesa, de 1789.
Así es, la frase clásica que demuestra la carencia de esos valores cívicos es la que tenemos inculcada y dice " póngame donde haiga que ya me las arreglaré". No vale cambiar a la personas hay que cambiarlas pero desde la base con educación y respeto a lo que es público y eso con los actuales sistemas educativos por los que hemos pasado, ni de lejos.
ResponderEliminarSaludos