Cuando llegó a casa todavía vivíamos en ella las dos herederas, el colega y yo. Era adulta, había sido castrada y tenía signos evidentes de haber sido maltratada: el más notorio en el cuello, como si la hubieran llevado atada, porque no quiero ni pensar que hubieran querido ahorcarla. De hecho, durante mucho tiempo, cuando hacíamos un movimiento brusco ella se acurrucaba como si temiera ser agredida. Procedía de la Protectora de Animales, era una gata negra de cien cruces que siempre tuvo una mirada triste a veces cruzada de mala leche, sólo a veces.
En realidad no
era una gata familiar: fue un regalo de la Heredera mayor a la Heredera
pequeña. Una Nochebuena sonó el timbre, abrí la puerta y allí estaba, en su
cesta, mirando con expresión asustada y una tarjeta en la que indicaba quién era
su dueña. Pero ella tuvo su propia opinión al respecto y siempre reconoció al
colega como su jefe.
La Heredera
pequeña la llamó Poe –en honor al escritor Edgar Allan- y cuando se independizó
se la llevó consigo. Un día duró el traslado porque en la primera madrugada la
gata se escapó por la ventana, fue a dar a un patio, de allí a la habitación
del bajo y luego al armario del dormitorio, donde la encontraron cuando la
Heredera fue buscando casa por casa. Entonces la envolvió en todas sus pertenencias,
cogió un taxi y se fue a casa. Aquí os la dejo que conmigo no quiere estar,
dijo.

Cuando llegó la
Pubilla tuvimos un problema porque la bufaba constantemente, hasta que
conseguimos que entendiera que aquel rebujillo que se movía en la cuna había
llegado para quedarse y, para colmo, el colega tenía en ella sus complacencias.
Le costó pero nunca le hizo daño. A veces, la Niña le hablaba: yo te quiero, no
te hago daño, soy amiga tuya, te dejo mis juguetes… pero Poe era una rival
impasible. Lo más que conseguimos es que la ignoraba solemnemente.

Al principio me
mantuve firme en que la gata no se subiera a nuestra cama pero cuando se fue
haciendo mayor no sólo admití que se subiera sino incluso que se metiera
dentro. Siempre del lado del colega, naturalmente. Al final, se paseaba por
cualquier lugar de la casa, como una sultana.
Cuando nos íbamos
de viaje nos echaba unas broncas descomunales, con maullidos en una gama ilimitada.
Y se tomaba su tiempo para perdonarnos la ausencia. A medida que fuimos
alargando los viajes entendimos que Poe no podía quedarse sola o al cuidado de
personas extrañas y la llevamos a la hermana del colega, que también tiene una
edad, y se hicieron mutua compañía. Saludaba nuestras visitas pero se veía que
estaba contenta en su residencia de la octava edad.
Veinte años ha
vivido con nosotros, una vida dilatada para un gato doméstico. Nos ha proporcionado
alegría y nosotros la hemos correspondido con cariño pero hoy escribo en modo maullido lastimero.
Poe murió ayer y hoy la
hemos enterrado en el pueblo del colega, bajo un pino, cerca de una ermita románica.
Juraría que él se le han saltado las lágrimas pero no estoy muy segura
porque yo tenía los ojos nublados.