sábado, 19 de diciembre de 2015

Caridad o justicia social

Quienes creemos en la igualdad de los seres humanos independientemente de su poder adquisitivo, tenemos alguna dificultad para interpretar el significado de la caridad -esa donación graciable, según la disposición del donante- somos más partidarios de la justicia social, aquella que recaba de cada cual según sus posibilidades y proporciona a cada quien según sus necesidades.
Las religiones suelen aprovechar las fiestas de navidad para hacer sus caridades entre los pobres. Está bien visto, forma parte de los usos sociales, que en estos días se piense “en los que no tienen” y las buenas gentes se sientan en la obligación de darles algo de lo que sobra.
También hay quien, empujado por sus convicciones religiosas o sociales -o ambas-, se dedica a atender a los menos favorecidos durante todo el año, incluso quien reivindica una mayor igualdad cuando se presenta la ocasión. Es el caso del Padre Ángel, fundador de la asociación Mensajeros de la Paz, que extiende su actividad entre mayores, jóvenes, inmigrantes y, en general, entre personas que se desenvuelven en los márgenes de la sociedad.
Desde marzo de este año, el Padre Ángel es el párroco de la iglesia de San Antón de Madrid, situada en la calle Hortaleza, frente a la sede de UGT. San Antón es una iglesia muy popular entre los madrileños porque cada año, con ocasión de su fiesta, concita una peculiar manifestación en la que miles de personas acuden con sus mascotas a recibir la bendición del santo. Ahora, el párroco y los Mensajeros han convertido la iglesia en un centro abierto 24 horas. No es el único cambio.
Hace unos días, paseábamos por la calle Hortaleza, terminando las compras navideñas, y al pasar por San Antón recordé haber visto en Twitter la foto de un inquietante belén, el belén del refugiado, decía la fotografía, que lo ubicaba en esta parroquia. Entramos.
Y sí, allí está, a la izquierda, según se entra, bajo la imagen del Cristo de los Niños, del siglo XVII. Un portal de belén en la que el niño es Aylan Kurdi, el pequeño kurdo ahogado en la costa turca cuando trataba de encontrar refugio en Europa, después de abandonar Siria.
Cuando entramos, el Padre Ángel está oficiando la misa. Esperamos a que termine el oficio religioso para hacer algunas fotos y así vemos que en el rito de la paz el párroco baja del altar para dar la mano a todos los asistentes. En las primera filas está un alto cargo de la Administración de Justicia -cuyo nombre omitiré puesto que se trata de un acto privado-; delante de nosotros, un hombre de edad con aspecto de no pasar por su mejor momento. El Padre Ángel le abraza con afecto. A nosotros nos da la mano.
Cuando termina la misa la gente va saliendo lentamente, el párroco atiende a algunas personas que se dirigen a él. Nosotros hacemos las fotos y nos vamos con la certeza de que San Antón es una parroquia atípica. No sólo porque permanezca abierta las 24 horas sino porque en verdad es un centro de socorros mutuos.
Nada que ver con la imagen que se tiene de una parroquia convencional. Para empezar, a los pies de los altares laterales hay una mesa camilla con dos o tres sillones, una especie de cuarto de estar en la que los sacerdotes departen con quienes acuden a ellos. Lo hemos visto esta mañana. Luego, la iglesia ofrece distintos servicios: un lugar para el cambio de pañales, un desfibrilador, carga de móviles y de sillas de ruedas, agua fresca, desayunos...
A la cabeza de un Niño Jesús, un cartel informa: Si eres madre o vas a serlo y necesitas ayuda, llama al 900649198. Deja lo que puedas. Pide lo que necesites, reza otro. A la salida, una máquina expendedora, del tipo de las de cigarrillos, ofrece la posibilidad de hacer aportaciones de uno a diez euros para comprar artículos de primera necesidad. Cuando introduces el dinero sale una cajita de cartón con el nombre del producto que has elegido. Junto a la máquina, una cesta contiene las cajas expendidas.
Esta mañana, hemos hecho una inmersión navideña con la Pubilla. Nos hemos dirigido, en primer lugar, al Centro Conde Duque, donde se anuncia “La Navideña Feria Internacional de las Culturas”, que resulta ser un conglomerado de casetas en las que se ofrecen productos de varios países junto con actuaciones dirigidas principalmente a los pequeños. La feria está bien pero hay que rebuscar mucho para encontrar algo que tenga que ver con lo que se entiende por el espíritu navideño. Rebuscamos y encontramos unos adornos de Georgia que van a unirse al arsenal ornamental de la familia.
Tras el chute consumista, llevamos a la Pubilla a la iglesia de San Antón. Parece menos impactada que nosotros así que el colega le explica que estas no son las pautas habituales de una parroquia. Así eran las primeras comunidades cristianas, una manera de compartir, una forma de comunismo, le explica.
La Pubilla me mira, buscando mi opinión. Yo es que soy más partidaria de las soluciones laicas, le digo. Una buena política tributaria para sostener unos buenos servicios. Y a lo mejor el Padre Ángel resultaba un buen ministros de Asuntos Sociales, quién sabe.

lunes, 7 de diciembre de 2015

Del viva la Pepa al vivan las caenas

Fue don Antonio Machado quien dejó escrito lo de las dos Españas, una de las cuales ha de helarte el corazón, pero esa dualidad tan hispana de defender algo y su contrario viene de antiguo. Y así, tan español es el catedrático y político don José Antonio Labordeta como el registrador y político don Mariano Rajoy, tan distintos entre sí.
En 1812, las Cortes de Cádiz aprobaron una Constitución liberal, progresista para su época en el sentido de que contemplaba derechos que ya se disfrutaban más allá de los Pirineos. Como se aprobó el 19 de marzo, fiesta de San José, la sal gaditana la bautizó como la Pepa. El viva la Pepa se convirtió en una profesión de fe democrática ciudadana.
Desde 1808 los reyes y su prole permanecían en Francia bajo la tutela de Napoleón, en una actitud de sumisión que habla bastante del carácter de Carlos IV y de su hijo Fernando VII.
En 1813, Fernando VII volvió a España como el rey Deseado. Antes de llegar a palacio, un grupo de españoles -que habían sido abandonados a su suerte por los monarcas a la entrada del ejército francés en 1808- desató los caballos que arrastraban la carroza y ellos mismos tiraron de ella al grito de “vivan las caenas”.
El rey restauró el absolutismo, derogó la Constitución y comenzó la persecución de los liberales. En 1820 se produjo un pronunciamiento militar que dio paso al trienio liberal en el que se restableció la Constitución gaditana. Pero el rey, mientras parecía acatar la Constitución, conspiraba para volver al absolutismo, lo que consiguió en 1823 mediante la intervención de la expedición armada francesa conocida como los Cien Mil Hijos de San Luis. Los absolutistas popularizaron la proclama “vivan las caenas y mueran los negros”, en la que los negros eran los liberales.
Nos enfrentamos este mes a una elección decisiva, como todas las que han de seleccionar a quienes deben gobernar durante los cuatro próximos años un país que está desangrándose en su juventud -obligada a aceptar unas condiciones laborales de explotación o a exiliarse-, y en sus mayores, muchos de ellos obligados a sostener a los hijos y nietos en paro y sin subsidios. Un país que ve amenazados los servicios sociales que no han sido desmantelados, como los relativos a la dependencia, y, que en los últimos años ha vivido un retroceso en las leyes que protegían la libertad ciudadana, caso de la ley mordaza.
No han sido buenos los últimos cuatro años para la mayoría de los ciudadanos. No lo han sido para los trabajadores, que han perdido el empleo o el poder adquisitivo de sus salarios o ambos; no lo han sido para los pensionistas, que han visto cómo sus pensiones se rebajaban de facto al suspenderse el Pacto de Toledo y al introducirse el copago farmacéutico; no lo han sido para los estudiantes, que han visto reducidas sus becas. No lo han sido para la gente decente, que han visto cómo prosperaban la corrupción y los corruptos.
En verdad, la legislatura que acaba solo ha sido buena para quienes se dedican a la ingeniería financiera, para quienes presiden las grandes corporaciones y para Bárcenas, que ha salido de la cárcel con todos sus dineros y nadie sabe cuándo será juzgado.
Así y todo, las encuestas apuntan a un nuevo triunfo del partido que ha causado un roto considerable en millones de españoles y que aún alardea de su destreza. Ni la desfachatez con que tiró por la borda su programa para hacer lo contrario de lo que había prometido, ni su indiferencia al dolor de las miles de familias desalojadas de su trabajo y de sus viviendas, ni su desfachatez ante la corrupción parecen importarles a esos millones de personas que se disponen a votarlos en vez de botarlos.
Es el eco de ese “vivan las caenas” cíclico, tan español. Ese eco tan desalentador para quienes creemos que la política es el mecanismo para cambiar el mundo.



martes, 24 de noviembre de 2015

Foncebadón, una piedra en el Camino

Foncebadón es nombre rotundo, entre jaculatoria e imprecación. Foncebadón es un hito en el Camino de Santiago. Próximo a la Cruz de Ferro, a la sombre del monte Irago y con el Teleno al frente, Foncebadón se encuentra en el límite entre la Maragatería y el Bierzo, a orilla de la carretera LE-142, a 1.510 metros de altura. Tubo momentos de esplendor, en el siglo X fue sede de un concilio, el obispo Gaucelmo creó un hospital y albergue de peregrinos y, más recientemente, en la época de los arrieros que traían el pescado de Galicia y levantaban en el pueblo sus buenas casas de piedra. Pero desde la década de los 60 del pasado siglo, cuando se inició la emigración a las ciudades, Foncebadón, en realidad una pedanía de Santa Colomba de Somoza, fue perdiendo población hasta quedar únicamente María y, en ocasiones, su hijo.
María era un personaje de tragedia griega. Los viajeros la conocieron ya mayor, a principios de los años 90, y a pesar de su edad tenía coraje para enfrentarse a lo que se pusiera por delante. Así fuera el obispo o los elementos. Julio Llamazares relató en este magnifico artículo la defensa que María hizo de las campanas de la iglesia cuando el obispado quiso llevárselas ante el riesgo de ruina de la iglesia. Dos curas, seis obreros y cuatro guardias civiles no fueron capaces de vencer ni de convencer a la única vecina de Foncebadón para llevarse las campanas. Que las necesitaba para avisar a los pueblos cercanos si se producía un incendio o si un peregrino necesitaba ayuda, alegó. A pedradas y a denuestos les ganó María la partida. El hijo, presente en el intento, no intervino. Se limitó a advertir que “si alguien tocaba a su madre cogía la escopeta y le metía un tiro, que aquellas campanas tenían que tocar a muerto por ella y que luego hicieran con ellas lo que les diera la gana, incluso deshacerlas si querían”, relata Llamazares.
Los viajeros llegaron a hablar con María en una ocasión, un poco antes del incidente con el clero y la guardia civil. En las visitas siguientes, vimos como el pueblo se desmoronaba hasta quedar convertido en una sucesión de ruinas y sospechamos que la anciana María o había muerto o se había ido.
Hemos vuelto a comienzos de noviembre, en una tarde desapacible y lluviosa, y aún no nos hemos repuesto de la sorpresa. Algunas de las casas se han restaurado, se han levantado otras nuevas y hay varios alojamientos y albergues, tiendas: tres bares-restaurantes, cuatro albergues, un bar-tienda de ultramarinos y una pensión, informa su web. Un Benidorm de montaña en pequeño.
Esa tarde, vimos salir humo de varias de las casas, vimos ropa tendida y algunas personas en el interior de los establecimientos. La espadaña de la iglesia está rodeada de andamios: ahí siguen sus campanas. La nave del templo, que vimos antaño con la techumbre arruinada, hoy es un albergue restaurado con fondos americanos. Las asociaciones sostienen que es el Camino quien ha salvado a Foncebadón. Sin duda, mejor es así que la ruina anterior pero los viajeros sienten que algo indefinible, algo de la esencia de Foncebadón ha desaparecido, se ha ido con María.
El pueblo sigue el modelo de los del Camino: una población alargada, casas flanqueando la ruta. La carretera se desvía un poco después de la entrada y vuelve a confluir a la salida. Una cosa te digo, si entras a Foncebadón en coche ni se te ocurra seguir el camino; paséate cuanto quieras pero a la hora de conducir, date la vuelta y toma la carretera por donde has entrado. De lo contrario, te arriesgas a quedarte con el coche patas arriba, como Gregor Samsa tras la metamorfosis. Los viajeros estuvieron en un tris, con un grado de inclinación de al menos 45%. Sólo de recordarlo se me acelera el pulso.
Un poco más adelante, ya en la carretera LE-142, se encuentra la Cruz de Ferro. Sobre un montículo de piedras, un poste de madera de cinco metros de altura rematado por una cruz de hierro, réplica de la que se encuentra en el Museo de Astorga. Es tradición que quien pase por el lugar deposite una piedra traída de su lugar de procedencia. Varias son las explicaciones que justifican su existencia. Hay quien cree que es sólo una señal para orientación de los peregrinos en tiempo de grandes nevadas. Hay quien refiere que se trata de una herencia de la época romana, un hito de separación entre circunscripciones. Y los hay que aseguran que es un “monte de Mercurio”, con que los caminantes celtas señalaban los lugares estratégicos, costumbre que luego se cristianizó con las cruces. La Cruz de Ferro es otro de los puntos claves del Camino pero en la última visita más parecía un monte de escombros que de piedras. A un lado, la ermita de Santiago. Cuando llegamos, vemos a una peregrina que sigue su camino, sola, cubierta por un plástico para protegerse de la lluvia.
La tarde está oscura pero, un poco más abajo, se abren las nubes y aparece el sol en todo su esplendor. La escena tiene tintes de película bíblica, como cuando Moisés bajaba del Sinaí, en Los diez mandamientos. Nos quedamos paralizados al borde de la carretera, saboreando ese instante mágico. Y recordamos a María. Quizá los anclajes del pasado y momentos como este son los que la retendrían en la soledad de Foncebadón.

domingo, 22 de noviembre de 2015

A Guadalajara en el chacachá del tren

Hasta hace poco tiempo, cada vez que en nuestros viajes nos encontrábamos con grupos de la tercera edad, el colega y yo nos mirábamos con suficiencia. Observa la edad media, solía comentar yo. Y así se ha incorporado a nuestro vocabulario particular. Ya viene la edad media, nos decimos, cuando vemos llegar un autobús lleno de jubilados dinámicos y voluntariosos.
Si te fijas bien, la mayoría de visitantes de museos o lugares turísticos son jubilados, sobre todo en días laborables. Los jubilados ayudan a mantener abiertos no sólo los hoteles y restaurantes del programa del Imserso, sino muchos establecimientos del país.
Si eres jubilado y vives en Madrid, además de correr el riesgo de morir por asfixia a causa de la contaminación, puedes beneficiarte del abono para mayores que, por 12,30 euros te permite viajar durante un mes por cualquiera de los transportes públicos de la Comunidad sin ninguna limitación. Ello vale para autobuses, tranvías y metro y para los trenes de cercanías, una red excelente. Cuando el destino excede el ámbito de la Comunidad pagas la diferencia en el mismo tren o en la taquilla. Todo facilidades.
De esa manera, puedes visitar lugares interesantes cómodamente, sin tener que coger el coche. Así que, cuando nos entran las ganas cogemos el cercanías y nos vamos a El Escorial, Cercedilla, Ávila, Segovia, Alcalá de Henares -comer en el restaurante junto al patio de la Universidad es una delicia- o a Guadalajara, entre otras posibilidades.
La última salida ha sido a la capital alcarreña, aprovechando los últimos días de benignidad otoñal. Tomamos el tren en la estación de Atocha a las 10,20 de la mañana, sin madrugones, sin agobios, sacamos nuestros libros electrónicos y nos ponemos a leer. El vagón va medio lleno, cada quien a sus asuntos, unos leen, otros consultan sus móviles, todos en voz baja. En la estación de Vallecas suben dos jóvenes con mochila. Se sientan en la misma fila que nosotros, al otro lado del pasillo.
Ella lleva la voz cantante, casi en sentido literal. Nos enteramos de que estudia Derecho, que tiene un profesor “totalmente gilipollas” y otro que es un lumbreras; los demás son todos “tontos del culo”. El chico mete baza cuando puede, al principio en un tono discreto, luego va alzando la voz como ella. Solo se les oye a ellos -a ella, principalmente-, una conversación insulsa y vulgar que solo a ellos les atañe. Se apean en Alcalá y el vagón recupera la tranquilidad. Me imagino a la abogada in pectore presentando sus alegaciones ante el juez con ese tonillo hortera y ese lenguaje ordinario y me acuerdo de Wert y de los Wert que le han precedido en el Ministerio de Educación. Y no para bien, precisamente.
Llegamos a Guadalajara tras una hora de viaje. El día está soleado y suave. De la estación salen varios autobuses con parada en el centro. Nos apeamos en la estación de autobuses y nos dirigimos a la Oficina de Turismo -que aquí es Oficina de Gestión Turística Municipal- donde nos atienden muy profesional y amablemente y nos proporcionan el plano que buscamos, una guía gastronómica, con sus recetas locales, y una guía de transporte urbano.
La oficina está en la Glorieta de la Aviación Militar, tomamos la Avenida del Ejército en dirección a la Plaza de los Caídos de la Guerra Civil, donde se levanta el Palacio del Infantado, dejando a un lado el Torreón de Alvar Fáñez. Todo, en cien metros. Cuando llegamos al palacio coincidimos con un grupo de medio centenar de jubilados así que optamos por esperar un rato para hacer el recorrido a nuestro aire.
Enfrente del palacio hay un archivo militar. La puerta del recinto está abierta y entramos para fotografiar la iglesia de los Remedios, que se encuentra a un costado. Fotografío la iglesia, actualmente Escuela de Magisterio, y cuando me vuelvo, el colega está hablando con una señora. Que no se puede hacer fotos, dice. Es más, que ni siquiera se puede entrar allí. Esto es un establecimiento militar, nos informa. Pues nada, adiós muy buenas.
La primera vez que estuvimos en Guadalajara, hace más de veinte años, nos quedamos a pasar noche en un hotel situado en las afueras, del que apreciamos la tranquilidad que ofrecía. Llegamos a la caída de la tarde de un día de final de primavera. La noche se presentaba apacible. Al pronto, oímos el canto de una tórtola. Nos pareció que venía a poner una nota romántica. La tórtola cantarina debía tener una novia desdeñosa o sorda porque el pájaro se pasó la noche en un trino permanente, como un tuno de Veterinaria. La tórtola de Guadalajara se nos ha quedado como el paradigma del conquistador tenaz.
La ciudad ha cambiado mucho desde entonces y para bien. Aunque el centro sigue teniendo ese aire como de lugar sin terminar, ofrece espacios bien cuidados para pasear y una particularidad que estaría bien que cundiera: ha señalizado todos sus puntos de interés con indicación de la distancia que media.
En la calle del Teniente Figueroa, se encuentra la iglesia de Santiago, que en verdad es lo poco que queda del antiguo convento de las Clarisas. Después de que en 1912 las monjas se trasladaran a Valencia la familia Figueroa -uno de los apellidos ilustres de la ciudad- desmontó el claustro y la portada y se los llevó a una finca de su propiedad; el templo lo donó a la ciudad. El interior es gótico y mudéjar, con un artesonado también mudéjar.
En la misma calle, donde estuvo la judería, se levanta el convento de la Piedad, unido al Palacio de Antonio de Mendoza. Fue construido en el siglo XVI en estilo renacentista y reformado con elementos neoclásicos en el siglo XIX. A lo largo de su historia el palacio ha sido convento, sede de la diputación, museo, cárcel y, finalmente, instituto de educación secundaria.
Imagino que debe ser gratificante para los alumnos empezar la jornada pululando por el patio central -obra de Alonso de Covarrubias- y subir al piso superior por la magnífica escalera con pasamanos de piedra labrada y azulejería en las paredes. En el lateral norte se ha adosado un escudo imperial de Carlos V trasladado de la desparecida Puerta del Mercado.

Nos encaminamos a la concatedral pasando por el Palacio de la Cotilla, cuya estancia más valiosa es el salón de té, con pinturas chinas. La iglesia de Santa María fue construida en el siglo XIV sobre una mezquita del XIII. De estilo mudéjar, llaman la atención los arcos de herradura de sus puertas y los pórticos así como la torre, rematada en el siglo XVI. Cuando accedemos al interior, el sacerdote toca en el órgano una pieza que resulta muy agradable. Nos sentamos en un banco hasta que finaliza y entonces descubrimos en un lateral de la nave de la epístola una escultura orante de Juan Pablo II, tan realista que nos sobresalta.
En el folleto que nos han dado en turismo buscamos un sitio para comer y nos decidimos por Casa Palomo, que está cerca de la concatedral, a la vuelta de la Capilla de Luis de Lucena, en la Cuesta de San Miguel. Es un restaurante pequeño, con platos de la tierra, contundentes. Salimos pensando que para quemar las calorías que nos llevamos puestas deberíamos volver a Madrid a pie.
Alternativamente, nos dirigimos al Panteón de la Condesa de la Vega del Pozo a través de los parques de San Francisco y de San Roque, lo que resulta un paseo muy agradable. El Panteón se levanta sobre un altozano y es un monumento de propiedad privada que administran las monjas adoratrices, cuya fundadora, Santa María Micaela del Santísimo Sacramento, era tía de Diega Desmaissières y Sevillano, quien lo mandó construir en homenaje y reposo final de su familia.
Las obras se realizaron entre 1882 y 1916 según proyecto del arquitecto Ricardo Velázquez Bosco, restaurador de la mezquita de Córdoba y autor del Palacio de Cristal, del Palacio de Velázquez, ambos en el Parque del Retiro, y la Escuela de Ingenieros de Minas, todos ellos en Madrid. En su decoración exterior intervino Daniel Zuloaga, tío del pintor Ignacio Zuloaga.
El Panteón es una mezcla de estilos, neorrománico, mudéjar y bizantino. Se accede previo pago de tres euros y la visita es guiada. No se permite hacer fotos. Como la tarde es soleada, la luz que entra por las vidrieras da al interior un aire de irrealidad, al que contribuye no poco el tono hagiográfico de la guía.
Al salir, nos tomamos un café en el quiosco del parque de San Roque. La persona que lo gestiona nos informa de que él vivía en Madrid pero se ha trasladado a Guadalajara porque la vida es aquí más plácida y mejor. Nos lo creemos a pié juntillas.

viernes, 20 de noviembre de 2015

Cuando murió Franco

Tenía 28 años y dos hijas de dos y tres años. Hacía un mes que estaba en Mallorca, en casa de mis padres, tratando de solucionar un asunto personal que aún tardé trece años en resolver. Mi padre era un anarquista superviviente acomodado a la cruda realidad, mi madre, una franquista convencida de que los españoles somos ingobernables por naturaleza, agradecida por tantos años de paz. Ocho años antes, mi madre me había castigado una semana sin salir de casa por haber dicho, delante de sus amigas, que lo mejor que podía hacer el general era morirse de una vez.
En Mallorca las noticias llegaban con sordina pero llegaban. Cada noche escuchábamos el parte médico habitual pero, a fuerza de repetirse y a fuerza de perpetuarse en el poder, habíamos llegado a creer que, efectivamente, nunca se moriría. Mi padre había advertido unos días antes: A éste lo tienen congelado hasta el día 20 para hacerlo coincidir con el aniversario de José Antonio.
El 20 de noviembre, que era jueves, mi padre se fue a trabajar como todos los días. Cuando nos levantamos las chicas enseguida percibimos que en la calle había un bullicio inusual: los niños jugaban en la plazuela cercana. No había clase. Pusimos la radio y certificamos la sospecha. Franco había muerto.
La sensación que recuerdo era de incredulidad. ¡Era mortal! Leo ahora comentarios irónicos sobre quienes aseguran que desfilaron ante el féretro en el Palacio Real para comprobar que, efectivamente, estaba muerto pero estoy segura de que si yo hubiera estado en Madrid también hubiera ido. Para cerciorarme. Para ser testigo del instante. Si he ido a ver a Lola Flores, a Sara Montiel, a Fernán Gómez o a López Vázquez, no iba a ir a ver a Franco.
En el pueblo de mis padres se organizó un funeral oficial en memoria del difunto dictador. Mi madre se empeñó en que deberíamos ir. Yo dije que no y ella entendió que no iba a ir se pusiera como se pusiera así que empezó a trabajarse a mi padre quien, sobre ser anarquista no era creyente. Él, en principio, lo tomó a broma pero la discusión fue in crescendo y acabó en morros. Le salvó que estaba yo allí, de lo contrario estoy convencida que hubiera acabado acompañándola. Total, que se enfadó y tampoco ella fue. Durante meses nos guardó la afrenta. Vergüenza debería daros, nos reprochaba cada vez que salía la conversación.
El día 22, que era domingo, fuimos a una cafetería con la excusa del vermú y, de paso, ver el entierro en una televisión en color pues la de mis padres aún era en blanco y negro. Nos enfrascamos en la retransmisión y dejamos que las niñas jugaran en el local. De pronto, se oyó un ruido sordo, como un petardo, y todos dimos un respingo. Tal era el temor que nos habían inculcado de que después de Franco nos esperaba otra contienda que todos pensamos en un disparo. Cuando nos volvimos descubrimos en un rincón a mis dos herederas. La pequeña se había subido a una silla de respaldo alto y metálico que había volcado provocando un pequeño estropicio. Recuerdo como si fuera hoy a las dos niñas mirándonos asustadas sin entender a qué venía tanto sobresalto. Tan asustadas, que la heredera pequeña no derramó ni una lágrima.
La proclamación del rey, el grito de Rodríguez de Valcárcel y el sermón del cardenal Vicente Enrique y Tarancón también lo vimos en color. Luego, para el nombramiento de los senadores reales, el cese de Arias Navarro, el nombramiento de Suárez, los muertos de la transición, la vuelta de los exiliados -Pasionaria, Carrillo, Alberti, María Teresa León-, la salida de la cárcel de los presos políticos, volvimos al blanco y negro.
Fueron tiempos de miedo generalizado. Esa es la obra del franquismo. Inculcó en la sociedad española un miedo profundo, atávico, que ha mantenido callados a los españoles durante toda la vida. Nunca sabremos qué hubiera podido ocurrir, como hubiera sido una transición en un país sin temor, en una sociedad que se creyera realmente dueña de su futuro.
Han pasado cuarenta años de la muerte de Franco y setenta y nueve desde el levantamiento militar contra el gobierno de la República. Aún hay cadáveres en las cunetas y todavía no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo sobre un relato común de nuestro último siglo de historia. A veces pienso que quizá sea cierto que somos un pueblo cainita. Para mi nieta Franco es quien gobernaba en España durante la segunda guerra mundial. Vista nuestra incapacidad de entendimiento, habrá que confiar en las nuevas generaciones.  

lunes, 16 de noviembre de 2015

Premios Mujeres Progresistas

La del 13 de noviembre había sido una tarde feliz: habían premiado a una amiga muy querida, me había reencontrado con otras, había charlado con Sol Gallego-Díaz, una periodista a la que admiro, había escuchado propuestas interesantes, una tarde completa.
La Federación de Mujeres Progresistas entregaba ese día sus premios, un reconocimiento anual a personas y entidades que se destacan en la construcción de un mundo más justo y equilibrado, y entre las premiadas, en la categoría Nuestras mujeres, estaba Leonisa Ull, que fue la primera alcaldesa de mi pueblo y abrió camino a las mujeres en muchas otras veredas. Si hay un reconocimiento merecido, ese es el que se haga a Ull, una vida dedicada a la docencia, a la política y a mejorar el mundo que recibió y de la que hablaré en otra ocasión. Como lo creo así, estaba feliz por ella y por todas las mujeres a las que ha ayudado.
La FMP concedió una mención especial al centro de Madrid de la empresa PSA Peugeot Citroën por su política de integración y conciliación; un premio en la categoría nacional al Máster y Doctorado de Estudios Interdisciplinares de Género de la Universidad de Salamanca; otro, en la categoría Cultura-Medios, a Sol Gallego-Díaz y un último premio Hombre Progresista a Federico Mayor Zaragoza.
La Federación de Mujeres Progresistas es una organización feminista creada bajo la inspiración del espíritu socialista a finales de los años 80 y actualmente está presidida por Yolanda Besteiro, sobrina de Julián Besteiro.
La presidenta recordó que el feminismo es un movimiento liberalizador: salir a la calle, conducir, votar, abrir una cuenta, son conquistas del feminismo. Lamentó que desde algunos sectores se invoque la libertad de las mujeres para tapar la precariedad laborar al decir que prefieren quedarse en casa. O se atribuya a la mujer lo que no es sino carencias: culpabilizamos a la víctima porque no denuncia en vez de culpar al compañero que la maltrata y la mata. Hay mucho que celebrar pero mucho por hacer; vamos despacio pero vamos lejos, concluyó, en la presentación de los premios.
Carmen Montón, secretaria general de Igualdad del PSOE, se preguntó qué les pasa a los hombres, que la mayoría no considera que la violencia machista va con ellos mientras que las mujeres nos sentimos concernidas por cada muerta. Ella fue la encargada de entregar el premio a Soledad Gallego-Díaz.
La periodista declaró que a lo largo de su vida había intentado pelear por lo que merecía la pena, convencida de que todo lo que puede ir a peor va a peor, salvo que se haga lo necesario para que no vaya, y recordó que lo que se ha conseguido en materia de derechos es porque se ha peleado. Reclamó la necesidad de que se pierda el miedo a la palabra feminismo porque ha sido esencial para llegar donde estamos. Constató que las mujeres están sufriendo la crisis más que los hombres. Es injusto que las mujeres tengan que defender derechos elementales como igualdad de salario; para luchar por los derechos de la mujer no debería ser necesario ser mujer, debería bastar con creer en los derechos humanos, finalizó.
Federico Mayor Zaragoza, que había sido presentado como un hombre cómplice de las mujeres, pronunció un hermoso discurso acerca de la necesidad de levantar la voz ante las injusticias cotidianas. No puede ser que hoy morirán 20.000 personas de hambre mientras se habrán invertido 3.000 millones en armas. Recordó el “Nosotros, los pueblos” de la introducción de la Carta de las Naciones Unidas, que nos convierte en ciudadanos del mundo. En poco tiempo tendremos que ser los pueblos quienes digamos basta al punto de no retorno en que estamos llevando al mundo, poniendo en peligro el legado de las generaciones futuras. Hay que aprender no solo el diagnóstico sino actuar a tiempo. Tendremos que levantar la voz. Nosotros, los pueblos, queremos otra forma de actuar, con las mujeres, compañeras de un mismo sueño compartido.
Había sido una tarde feliz. Nos habíamos reído, nos habíamos abrazado, con los viejos amigos, habíamos comprado lotería de la FMP con un número que por sí sólo es signo de fortuna: 11031. El 1 de octubre de 1931, fecha de la aprobación en las Cortes el voto femenino. Nos costó despedirnos y abandonar la Fundación Julián Besteiro, donde se había celebrado el acto.
Llegamos a casa pasadas las 21,30. Hace 23 años, que también era viernes, estábamos cenando con Nani D'aolio y otros amigos cuando nos dieron la noticia de que habían matado a Lucrecia Pérez. No habíamos terminado de cenar cuando twitter empieza a chorrear noticias de París. Son instantes de desaliento pero yo quiero recordar las palabras, el ejemplo, la lucha conjunta de tantas personas de buena voluntad a la hora de conjurar los malos augurios, de alejar el derramamiento de sangre. Nosotros, los pueblos, tenemos que decir basta.

domingo, 15 de noviembre de 2015

París y Palestina: todas las rejas son iguales

Cada vez que se produce un atentado con víctimas occidentales nos estremecemos como si nos hubieran herido a cada uno de nosotros. No importa que a diario se produzcan atentados mortales en otras partes del mundo, incluso geográficamente próximas; lo que nos aturde es la proximidad étnica: el color, la cultura, la religión, el europeismo.
Los informativos proporcionan a diario imágenes cruentas de Gaza, de Beirut, de Damasco. Atentados provocados por los mismos grupos o primos hermanos de quienes han atentado el viernes en París. Cientos, miles de muertos, que apenas nos conmueven.
En cambio, desde la noche del viernes estamos estremecidos por lo ocurrido en París. Nos sentimos impelidos a expresar nuestra repulsa, nuestro dolor, nuestra protesta.
Las televisiones generalistas, que en la noche del viernes no interrumpieron sus emisiones, han enviado a París a sus rostros más conocidos que conexión tras conexión nos muestran los menudillos del drama: rastros de sangre, retirada de los heridos, altares improvisados. Hasta el momento, nadie se ha parado a analizar y explicar a la audiencia de dónde surgen estos grupos extremistas, quién los financia, quién los arma, quién los protege, quién los alienta. Vivimos el periodismo/espectáculo, no el periodismo/información.
También los ciudadanos de a pie nos dejamos llevar por la ola de sentimiento que nos invade. El sábado, el Ayuntamiento de Madrid convocó un minuto de silencio en la puerta de Cibeles. El domingo ha secundado la convocatoria realizada por la Federación de Municipios y Provincias de cinco minutos de silencio. La alcaldesa Manuela Carmena reitera sus expresiones de repulsa; los concejales buscan un hueco entre los medios.
No lejos de Cibeles, en la calle Salustiano Olózaga donde se levanta la Embajada de Francia, se amontonan los ramos de flores, las velas, los mensajes. El redactor de Telemadrid intenta infructuosamente obtener declaraciones de las personas que se han acercado a la sede diplomática. Hay emoción contenida en el silencio.
Algunos vienen con cámaras y hacen fotos, otros usan los móviles. Utilizo el mío para capturar algunas imágenes. Las velas, los mensajes... Me llama la atención una flor depositada en la verja de acceso al jardín de la Embajada. Enfoco la imagen y siento un escalofrío. La verja me recuerda a la de otra foto tomada el 21 de julio de 2008 en el campo de refugiados de Qalandia, próximo a Ramallah, en tierra palestina.
Hay algo simbólico y aleccionador en esas fotos del niño condenado al extrañamiento y al olvido y la flor en memoria de los víctimas. Es verdad, todas las rejas se parecen pero también lo es que Oriente Medio es un polvorín cuya dinamita ocasionalmente explota lejos de donde se elabora. 
El colega se extraña de que recuerde con tanta viveza la foto tomada hace siete años. Pienso mucho en los pobres palestinos, abandonados a su suerte, le digo. En realidad, raro es el día que no recuerdo a aquellos niños, sonrientes, juguetones como todos los niños. Cada vez que se produce un atentado me pregunto qué ocurriría si alguna vez llegara la paz en Oriente Medio. También me pregunto qué será de los niños palestinos que me miraban con extrañeza preguntándose, acaso, qué hacía yo allí.  

viernes, 13 de noviembre de 2015

París, je t'aime

Nada es igual después de una noche como la vivida el 13 de noviemore en París.
Todos estamos de luto. 
A todos nos han atacado en París.