jueves, 4 de agosto de 2016

Toulouse, capital del exilio español, última etapa de nuestro tour

Toulouse es la última etapa de nuestro particular tour francés. ¿Por qué Toulouse? El colega considera que la inmersión románica no estaría completa sin visitar la basílica de Saint Sernin. La viajera tiene una cita secreta con esta ciudad que, tras la guerra civil, fue capital del exilio español y sede del gobierno republicano; aquí vivió y murió la primera mujer en gestionar una cartera ministerial en España, y una de las primeras ministras de Europa, Federica Montseny, la Fanny Germain de la resistencia antinazi, a quien la viajera tuvo la fortuna de entrevistar al final de su vida.
Basta poner el pie en la ciudad para entender el apodo de Ciudad Rosa, pues ese es el color casi uniforme de sus edificios, construidos en ladrillo caravista, que aquí llaman foraine. En verdad, Toulouse está formada por una superposición de ciudades, la romana, la medieval, los suburbios de los siglos XVIII y XIX y el extrarradio, con los urbanizaciones y pueblos absorbidos por la reciente expansión urbana, impulsada por el desarrollo tecnológico tolosano en segmentos industriales muy especializados: aeronáutica, telecomunicaciones e investigación médica. Toulouse, con Hamburgo y Sevilla, es una de las ciudades donde se ensamblan los aviones Airbus. Capital histórica del Languedoc, es la ciudad de mayor crecimiento demográfico en Francia (1.202.889 habitantes).
Siguiendo su costumbre, los viajeros acudirán en primer lugar a la oficina de turismo, donde les proporcionarán documentación suficiente sobre la ciudad y donde les señalarán los lugares imprescindibles de Toulouse, a saber: Saint Sernin, la catedral de Saint-Etienne, el Halle aux Grains, el convento de los Jacobinos, la place du Capitole y varias plazas donde se instalan los mercadillos sabatinos. En el hotel les proporcionarán otra guía en la que subrayan los puntos de interés de los distintos barrios tolosanos. La Toulouse histórica se encuentra rodeada por las aguas del Garona y las del Canal del Midi. A su apelativo de Ciudad Rosa añade el de Ciudad Mondina, en alusión al nombre, Raymond, de la mayoría de los Condes de Toulouse, poderosos nobles que condicionaron la historia de la ciudad y del midi francés.
Los viajeros empiezan su recorrido saludando a la pobre Juana de Arco, en la plaza de su nombre, una figura casi omnipresente en Francia, de donde es patrona. Cruzan el boulevard Strarbourg y enseguida llegan a la basílica Saint Sernin, que encuentran cerrada. Este San Sernin tolosano es San Saturnino, obispo de la ciudad, que fue martirizado hacia el año 250, siendo arrastrado por un toro hasta caer en el punto donde ahora se levanta la iglesia de Taur (Toro), en la calle del mismo nombre, que va de la basílica a la plaza del Capitolio.
San Sernin es la segunda iglesia más antigua de Francia, después de la abadía de Cluny. Se levantó en el siglo XII sobre una capilla más pequeña del siglo V incapaz de acoger a los fieles que acudían a venerar al santo mártir, cuya sepultura se encuentra en el interior, cubierta de un baldaquino del siglo XVIII. La basílica de San Sernin, de 120 metros de largo, y la catedral de Saint-Etienne han alimentado tradicionalmente una rivalidad sobre cuál de ellas es la más de lo más.
El ábside es la parte más antigua de la iglesia, bajo el cual se encuentra la iglesia primitiva. En su fábrica se observan intervenciones posteriores, góticas y renacentistas. Como no podía ser menos, Violet le Duc puso sus manos en ella en el siglo XIX, escalonando los tejados laterales, intervención que fue suprimida en una nueva restauración en el siglo XX, que trató de devolver el aspecto que debía tener en el XIV. Tuvo claustro y abadía, que desaparecieron en el siglo XIX. La Revolución francesa suprimió el capitolio de San Sernin.
Estamos ante un modelo de iglesia de peregrinación, grandes espacios donde poder acoger a muchedumbres de peregrinos. Planta de cruz latina, el ábside está rodeado de un deambulatorio con capillas; tribunas sobre los colaterales de la nave, del transepto y del coro.  A pesar de que la mayoría de su tesoro desapareció durante la Revolución, en la “galería de los santos cuerpos” se conserva una muestra de los relicarios y reliquias que durante siglos atrajeron a los devotos: de San Honorato, San Felipe, Santiago el Menor y el Mayor, San Edmundo, San Gil, San Simón, San Judas y el propio San Sernin, además de la Santa Espina y de la Verdadera Cruz. 

San Sernin es visible de lejos gracias a su torre campanario octogonal de 64 metros de altura y cinco niveles, coronado por una cruz. Su carillón tiene 24 campanas.
Los viajeros toman la calle Taur -donde tuvo su sede el Partido Socialista en el exilio- y desembocan en la plaza del Capitolio, una plaza mayor delimitada por el ayuntamiento, establecimientos hoteleros, restaurantes y bares. El lugar está tomado en esos momentos por la parafernalia que rodea a la Eurocopa, así que los viajeros huyen por la calle Gambetta, que termina en la plaza de la Dorada, en alusión a la basílica del mismo nombre -con su Virgen Negra-, que se alza a la orilla del Garona, junto a la Escuela de Bellas Artes.
La plaza está ocupada por terrazas de bares, frecuentados por gente joven. Los viajeros se sientan en la terraza del Café des Artistes y pronto se sentirán inmersos en una especie de Babel: lenguas conocidas y otras ignoradas. Nada de extraño tiene en una ciudad que ha recibido oleadas de inmigración de todos los continentes en el último siglo y medio. Además de los españoles del exilio -que convirtieron Toulouse en la quinta provincia catalana-, hay magrebíes de la independencia de Argelia -los famosos pieds-noirs- de Túnez y Marruecos; africanos de las antiguas colonias; antillanos; italianos, cubanos, irlandeses, estadounidenses, vietnamitas, además de europeos empleados en las factorías de Airbus.
La plaza y el paseo que bordea el río es un excelente mirador del Puente Nuevo -que, curiosamente, es el más antiguo de los que salvan el curso del río- del Hospital de Santiago y la Cúpula de la Grave, y, entre ambos, el muelle del Exilio Republicano Español. Has de ser de escayola para no tener un recuerdo hacia los miles de españoles que abandonaron en penosas condiciones su país y la pérdida que eso supuso para el progreso de España. Vericuetos de la historia.
Para vericuetos históricos, los de Toulouse. Fue conquistada por los romanos hacia el año 100 antes de la era cristiana, quienes le dieron el nombre de Tolosa. Capital del reino visigodo en el siglo V, luego del reino franco de Aquitania y, en el siglo XI, del Condado de Tolosa. Aquí nació la herejía cátara, aquí fueron perseguidos hasta la exterminación sus seguidores, cuya consecuencia fue que en 1271 el Condado pasó a dominio real. En 1814, fue escenario de la última batalla de la Guerra de la Independencia, la plaza fue tomada tras la derrota del ejército francés por las tropas anglo-hispano-portuguesas. En la segunda guerra mundial, la ciudad fue importante núcleo de la resistencia, como recuerda alguna placa en el callejero.
Al día siguiente, sábado, los viajeros encuentran la ciudad sembrada de mercadillos de todo tipo: de frutas y verduras en el boulevard de Strasbourg, de bioagricultura a la espalda del Capitolio, de antigüedades y objetos diversos en torno a San Sernin, ahora sí, abierta. El ábside y la puerta del Conde de la basílica están rodeados por pequeños tenderetes. En la puerta Miégeville, que da acceso a la iglesia, montan guardia cuatro jóvenes militares con el arma en ristre. 

Mientras la viajera toma fotos de la puerta de la antigua abadía, que da paso al jardincillo de la entrada, el colega pega la hebra con los militares. En un francés algo macarrónico pero inteligible, les habla de la necesidad de proteger estos edificios, del significado de la basílica en el Camino de Santiago, de la importancia del románico... Los jóvenes le escuchan atentamente. La viajera daría cualquier cosa por saber lo que piensan estos chicos en este momento. Cuando los viajeros salen después de la visita a San Sernin, que les pareció magnífica y original con sus muros policromados, no queda rastro de la vigilancia militar. Han huido antes de que les dieras otra charla, le pincha la viajera al colega.
En las calles es muy visible la presencia de la afición futbolera pero la vigilancia es discreta, al menos en las zonas alejadas del estadio. Los viajeros cruzan la ciudad, de San Sernin a Saint-Etienne, sin percibir presencia militar, excepto en la puerta de acceso del ayuntamiento, en el que ese día se celebran varias bodas, por lo que no se permiten las visitas públicas.
La catedral de Saint-Etienne o San Esteban es una especie de puzzle de una rara hermosura. Su construcción se prolongó durante casi cinco siglos, del XII al XVII, lo que explica la diversidad de estilos. Así y todo, se diría que alguien se entretuvo en complicar los planos pues incluso el interior es asimétrico. 
La nave Raymondine -el cuerpo de la iglesia- es una amplia pero única nave, en estilo gótico meridional. La segunda parte -el coro- es de estilo gótico norte-. Llama la atención el órgano del siglo XVII, colgado a 17 metros de altura. 
Destacan las vidrieras, que son originales, y su gran rosetón, inspirado en el de Notre Dame de París. Aquí está enterrado el arquitecto Pierre Paul Riquet, que supervisó las obras del Canal du Midi. El campanario románico tiene un carillón de 17 campanas y cinco más al vuelo. La puerta lateral se acabó en el siglo XX.
Junto a la catedral estaba el antiguo arzobispado, actualmente sede de la policía, como indica un cartel a la entrada. Una muestra de la laicidad del país. Entre Saint-Etienne y el Halle (mercado) de los Granos, en el boulevar que forma la ronda de Toulouse y que en este tramo toma el nombra de Carnot, se encuentra el monumento a los Caídos, un arco triunfal monumental. El antiguo mercado de granos es la sede actual de la Orquesta Nacional del Capitole. Cerca de aquí está el Canal du Midi, que en esta zona corre entre modernas urbanizaciones.
Volviendo al boulevard, en la dirección opuesta a los Jardines de Plantas, se llega al mercado Victor Hugo, después de pasar por el moderno Teatro Nacional. El mercado y las tiendas que se multiplican en derredor son el paraíso del gourmet. Los viajeros hacen acopio de quesos -de Rocamadour y de otras variedades- y creen descubrir en los mercados el rastro de los exiliados españoles, en un Maison García y otro Chez Antonio. La primera planta del mercado está ocupada por una serie de restaurantes populares, frecuentados sobre todo por los tolosanos. Los viajeros eligen Le Magret y se alegran mucho de la elección.
El antiguo monasterio de los Hermanos Predicadores, conocido como convento de los Jacobinos es un enorme edificio gótico de ladrillo. El convento y el claustro han sido restaurados en 2015 y su visita puede seguirse apoyada en diversos soportes multimedia. Si el visitante se cansa tiene la opción de reposar en alguna de las tumbonas que se encuentran desperdigadas en las salas y contemplar cómodamente las altas paredes y las bóvedas. 
En 1215 Domingo de Guzmán, nacido en Caleruega (Burgos), cuya primera infancia transcurrió en Gumiel de Izán, había fundado en Toulouse la Orden de Predicadores, los Dominicos, con el fin de predicar contra la herejía cátara y convertir a sus seguidores, los cátodos o albigenses. Las obras del convento se iniciaron en 1229, la primera misa en la iglesia se ofició en 1234. Al tiempo que se construía el claustro se ampliaba el templo y se levantaba la bóveda hasta los 22 metros de altura, sostenida por una columna estrellada de once brazos, llamada La Palmera; en realidad, dos naves separadas por una fila de columnas. 
Las obras acabarían en 1253. El ábside se reconstruyó en 1292 y a lo largo del siglo XIV se igualó el resto de la iglesia, se reconstruyó también el claustro, adornado con elegantes columnas de mármol y capiteles con motivos florales y de animales, en torno al cual se levanta la sala capitular, la capilla de San Antonín, el refectorio y la sacristía. Toma el nombre de Jacobinos de la similitud con el convento dominico de París, situado en la calle Saint Jacques.
El convento fue clausurado durante la Revolución francesa y se convirtió en sede de la Sociedad por los Derechos del Hombre y el Ciudadano. En 1810 se destinó a cuartel de caballería, que no fue abandonado hasta 1865, a pesar de que en 1841 había sido declarado monumento histórico. En el centro de la iglesia se encuentran los restos de Santo Tomás de Aquino, que fueron cedidos a los dominicos en 1368. Cuando se cerró el convento, los restos del santo se trasladaron a San Sernin donde permanecieron hasta 1974. El conjunto resulta de una espectacularidad apabullante.
Los viajeros solo pueden admirar el exterior del Hotel d'Assézat, donde la Fundación Bemberg ha reunido una colección de arte, que puede ser visitada en el horario establecido. Se dirigen a la plaza del Capitolio, corazón de la vida tolosana. Al lado, en la confluencia de la calle Romiguières, se encuentra el hotel Gran Balcón, donde se alojaba Antoine de Saint-Exupéry en su etapa de piloto de la flota de Aéropostale, sobre la que habló en sus libros “Vuelo nocturno” y “Tierra de hombres”. El corazón aventurero de la viajera, que conoce la casa donde el escritor se alojaba en Nouadhibou (antes Port Etienne), no puede evitar un pellizco de emoción. 
La bóveda de los soportales frente al ayuntamiento muestran frescos alusivos a la historia de la ciudad, varios de ellos relacionados con la guerra civil española. A estas alturas, los viajeros comprenden que el gobierno francés haya definido a Toulouse como Ciudad del Arte y la Historia y para cerrar comm'il faut su viaje se sientan en la terraza del Café Le Florida, cuyo interior acogió durante años las tertulias de los exiliados republicanos. El colega pide una cerveza Chimay y la viajera una copa de Moët Chandon. Brindan por la vuelta a casa y por los futuros viajes y por la memoria de quienes creyeron que el mundo podía ser mejor y pagaron un alto precio para conseguirlo. Y dan por finalizado este tour por territorio francés, un poco apresurado para lo que ellos gustan, pero que les ha regalado una multitud de imágenes inolvidables.

martes, 2 de agosto de 2016

Moissac y el capitalismo

A estas alturas, los viajeros llevan rodados cerca de dos mil kilómetros, en una inmersión en el románico del mediodía francés -con una breve distracción en el mundo galo de Astérix-. Pues bien, en el plan personal del colega, este rodeo no tiene otro fin que llegar a Moissac.
La abadía de Moissac y, singularmente, su tímpano, es un icono entre los aficionados al románico y al Camino de Santiago. Con algo de nerviosismo, los viajeros van siguiendo los indicadores y, tras cruzar las vías del ferrocarril, llegan a una plaza con aparcamientos gratuitos -lo que consideran casi milagroso- en la que descubren una batería de aseos públicos igualmente gratuitos -no menos prodigioso-. Una infraestructura como esta solo se prepara cuando hay muchos visitantes, concluyen los viajeros, poniéndose en lo peor.
La plaza está a un paso de la abadía y los viajeros se lanzan a contemplar su famoso portal. En ese momento descubren que allí mismo, enfrente del tímpano, hay un restaurante con una sola mesa libre en primera línea: una mesa para dos. A la sombra. La viajera, que es tirando a descreída, empieza a barruntar que en Moissac existe un departamento de milagros cuando descubre que el restaurante Florentin aparece en la guía Michelin. Hoy vamos a comer como Dios manda, comenta el colega al ver la carta.
Y, en efecto, los viajeros anotan esta parada como uno de los momentos sublimes del viaje. No les es dado todos los días degustar una estupenda comida teniendo a la vista, a cuatro pasos, una de las obras cumbres del románico. Tan cerca están que desde la mesa los objetivos de las cámaras no logran capturar el tímpano completo y han de alejarse para fotografiarlo. Un éxtasis de belleza.
Sin embargo, la historia de Moissac es el relato de una sucesión de desgracias. Esta que ven los viajeros es, al menos, la tercera de las iglesias levantadas en el lugar. Hay constancia de que el monasterio se fundó durante el mandato del obispo San Didier de Cahors (630-655); se sabe que disfrutó del favor real y de las donaciones de ricos propietarios pero en el siglo XI entró en decadencia; arruinada la iglesia, un incendio acabó con el monasterio en 1042. Entonces, el conde de Toulouse y el obispo de Cahors acordaron poner la abadía bajo la dirección de los monjes Cluny. 

Con el amparo de los cluniacenses, el monasterio comparte los bienes y privilegios de esta comunidad que se manifiesta en la construcción de una nueva iglesia, consagrada en 1063, un claustro, finalizado en 1100, y una biblioteca que se nutre de las copias realizadas por los monjes. En el siglo XII, la abadía tenía un centenar de monjes dedicados a la oración y a las copias de textos religiosos en latín. La mayor parte de estos manuscritos se conservan en la Biblioteca Nacional francesa.

Esta fase de prosperidad se prolongará hasta mediados del siglo XIV, durante la cual se reconstruirán también las dependencias monacales. En el siglo siguiente se reconstruye la iglesia y la abadía deja de estar bajo el amparo de Cluny para pasar a abades comandatarios. Esta intervención explica la mezcla de románico y gótico que se observa en la iglesia actual.
Los agustinos sustituyen a los benedictinos. La vida monacal se relaja; en 1626 la abadía se seculariza y pasa a ser colegiata hasta que en 1790, con la Revolución francesa, desaparece todo vestigio religioso. Los edificios son puestos a la venta como bienes nacionalizados y se destinan a los fines más diversos. Habrá que esperar al siglo XIX, cuando los románticos vuelven los ojos a la Edad Media y sus monumentos y redescubren Moissac. La Asociación Amigos del Viejo Moissac salva los vestigios que pertenecieron a la abadía. Como no podía ser menos, aquí puso también sus manos el arquitecto Violet le Duc.
En esas estaban los románticos del momento cuando, en 1845, el proyecto del ferrocarril Burdeos-Sète dibuja sobre el terreno una línea recta que pasa, exactamente, por el antiguo refectorio monacal. Da igual que los defensores de la abadía pidan que las vías se separen unos metros, que se marque una ligera curva, la empresa se mantiene firme y ejecuta el proyecto inicial. Los empresarios debieron de sopesar el coste entre el desvío y la salvación del monumento y no lo dudaron: en caso de duda, la plusvalía lo primero. En consecuencia, los trenes pasan lamiendo las piedras de la abadía. Afortunadamente, para entonces el claustro había sido declarado Monumento Histórico, lo que le salvó de su destrucción. Sabido es que capitalismo y cultura o belleza no son casi siempre conceptos que armonicen bien. 
La viajera trata de olvidarse de la invasión ferroviaria contemplando el portal que tiene casi al alcance de la mano. Este tímpano, realizado en el siglo XII, representa el Apocalipsis de San Juan. En el centro, un Pantocrátor rodeado por el Tetramorfos (los símbolos de los cuatro evangelistas: Juan, el águila; Mateo, el ángel; Marcos, el león; y Lucas, el toro) y dos arcángeles. Completan el espacio los 24 ancianos del Apocalipsis, colocados en paralelo y adaptándose a la forma semicircular de forma simétrica. Todos los personajes miran hacia Cristo aunque sus cuerpos hayan de forzar la figura. Las filas de ancianos, portando instrumentos musicales o copas, están separadas por olas del mar de cristal. Esta composición del tímpano se repite en muchas otras iglesias románicas de toda Europa y tiene su expresión más conocida en el pórtico de la Gloria de Santiago de Compostela, realizado por el maestro Mateo, pues no en vano el románico se expandió a través del Camino de Santiago.

Los laterales de la portada abundan en el mensaje con escenas del Antiguo y Nuevo Testamento -la Anunciación, la Visitación, la Adoración de los Magos, la Huida a Egipto, el pobre Lázaro... y representaciones de la avaricia y la lujuria. En la jamba derecha, San Pedro, patrono de la abadía; en la izquierda, el profeta Isaías. 
De uno y otro lado del portal parten dos columnas adosadas que culminan con la efigie de dos religiosos: a la derecha, el abad Roger. Sobre el portal, dos filas de almenas, bajo las que hay una línea de canecillos con cabezas humanas y zoomórficas. La primera de las almenas en la izquierda se remata con el busto de un hombre que toca un cuerno.
Los viajeros alargan cuanto pueden la comida, que hasta el cocinero sale a saludarles, pero, finalmente, atraviesan la puerta, como durante siglos hicieran los peregrinos que recorrían Europa en dirección al Finis Terrae, y entran en la iglesia, donde encuentran un Cristo del siglo XII, una Piedad y un Entierro de Cristo del XV, además de decenas de niños de varias visitas colegiales, y pasan al claustro.
Esta es la segunda maravilla de Moissac. Un cuadrado de 31 por 27 metros, 116 columnas de mármol, alternando las sencillas y las dobles, distribuidas en cuatro galerías; en sus 76 capiteles, que están esculpidos en las cuatro caras, se muestran escenas bíblicas y de la infancia de Cristo y motivos florales. 
Tiene, además, ocho pilastras, dos en cada vértice, decoradas con relieves, y otras cuatro en medio de las galerías. Según indica una inscripción, la obra del claustro se terminó el año 1100, pero en el siglo XIII se rehizo, lo que explica los arcos apuntados.

Los viajeros lamentan no disponer de más tiempo para pasear tranquilamente por Moissac, ver sus rincones art-deco, acercarse al puente Napoleón sobre el río Tarn, y a la Casa de los justos o de los niños judíos, donde en la segunda guerra mundial fueron escondidos medio millar de niños judíos que así salvaron la vida. O subir hasta el mirador de la Virgen y desde allí contemplar el monasterio y el claustro, y la línea del ferrocarril, esa que estuvo a punto de llevarse por delante una de las abadías más destacadas del románico... Sin complejos.