viernes, 20 de noviembre de 2015

Cuando murió Franco

Tenía 28 años y dos hijas de dos y tres años. Hacía un mes que estaba en Mallorca, en casa de mis padres, tratando de solucionar un asunto personal que aún tardé trece años en resolver. Mi padre era un anarquista superviviente acomodado a la cruda realidad, mi madre, una franquista convencida de que los españoles somos ingobernables por naturaleza, agradecida por tantos años de paz. Ocho años antes, mi madre me había castigado una semana sin salir de casa por haber dicho, delante de sus amigas, que lo mejor que podía hacer el general era morirse de una vez.
En Mallorca las noticias llegaban con sordina pero llegaban. Cada noche escuchábamos el parte médico habitual pero, a fuerza de repetirse y a fuerza de perpetuarse en el poder, habíamos llegado a creer que, efectivamente, nunca se moriría. Mi padre había advertido unos días antes: A éste lo tienen congelado hasta el día 20 para hacerlo coincidir con el aniversario de José Antonio.
El 20 de noviembre, que era jueves, mi padre se fue a trabajar como todos los días. Cuando nos levantamos las chicas enseguida percibimos que en la calle había un bullicio inusual: los niños jugaban en la plazuela cercana. No había clase. Pusimos la radio y certificamos la sospecha. Franco había muerto.
La sensación que recuerdo era de incredulidad. ¡Era mortal! Leo ahora comentarios irónicos sobre quienes aseguran que desfilaron ante el féretro en el Palacio Real para comprobar que, efectivamente, estaba muerto pero estoy segura de que si yo hubiera estado en Madrid también hubiera ido. Para cerciorarme. Para ser testigo del instante. Si he ido a ver a Lola Flores, a Sara Montiel, a Fernán Gómez o a López Vázquez, no iba a ir a ver a Franco.
En el pueblo de mis padres se organizó un funeral oficial en memoria del difunto dictador. Mi madre se empeñó en que deberíamos ir. Yo dije que no y ella entendió que no iba a ir se pusiera como se pusiera así que empezó a trabajarse a mi padre quien, sobre ser anarquista no era creyente. Él, en principio, lo tomó a broma pero la discusión fue in crescendo y acabó en morros. Le salvó que estaba yo allí, de lo contrario estoy convencida que hubiera acabado acompañándola. Total, que se enfadó y tampoco ella fue. Durante meses nos guardó la afrenta. Vergüenza debería daros, nos reprochaba cada vez que salía la conversación.
El día 22, que era domingo, fuimos a una cafetería con la excusa del vermú y, de paso, ver el entierro en una televisión en color pues la de mis padres aún era en blanco y negro. Nos enfrascamos en la retransmisión y dejamos que las niñas jugaran en el local. De pronto, se oyó un ruido sordo, como un petardo, y todos dimos un respingo. Tal era el temor que nos habían inculcado de que después de Franco nos esperaba otra contienda que todos pensamos en un disparo. Cuando nos volvimos descubrimos en un rincón a mis dos herederas. La pequeña se había subido a una silla de respaldo alto y metálico que había volcado provocando un pequeño estropicio. Recuerdo como si fuera hoy a las dos niñas mirándonos asustadas sin entender a qué venía tanto sobresalto. Tan asustadas, que la heredera pequeña no derramó ni una lágrima.
La proclamación del rey, el grito de Rodríguez de Valcárcel y el sermón del cardenal Vicente Enrique y Tarancón también lo vimos en color. Luego, para el nombramiento de los senadores reales, el cese de Arias Navarro, el nombramiento de Suárez, los muertos de la transición, la vuelta de los exiliados -Pasionaria, Carrillo, Alberti, María Teresa León-, la salida de la cárcel de los presos políticos, volvimos al blanco y negro.
Fueron tiempos de miedo generalizado. Esa es la obra del franquismo. Inculcó en la sociedad española un miedo profundo, atávico, que ha mantenido callados a los españoles durante toda la vida. Nunca sabremos qué hubiera podido ocurrir, como hubiera sido una transición en un país sin temor, en una sociedad que se creyera realmente dueña de su futuro.
Han pasado cuarenta años de la muerte de Franco y setenta y nueve desde el levantamiento militar contra el gobierno de la República. Aún hay cadáveres en las cunetas y todavía no hemos sido capaces de ponernos de acuerdo sobre un relato común de nuestro último siglo de historia. A veces pienso que quizá sea cierto que somos un pueblo cainita. Para mi nieta Franco es quien gobernaba en España durante la segunda guerra mundial. Vista nuestra incapacidad de entendimiento, habrá que confiar en las nuevas generaciones.  

11 comentarios:

  1. Yo tenia 23 años, estaba en Barcelona y hacia 5 meses que me habia casado. Parece que fué ayer pero ha llovido un poco.

    Un abrazo

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    1. No fue ayer, entretanto hemos vivido lo más intenso y la mejor etapa de nuestras vidas.
      Saludos.

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  3. Yo creo que ya te lo he contado. Tenía 5 meses y 5 días, y mi madre decidió aprovechar para pelarme los cuatro mechones mal repartidos que tenía entre calvas de la cuna, pensando que mi padre, que esos días llegaba tarde, no me vería al encontrarme dormida.
    Pero fue el señor y se murió, y mi padre vino contento con tres días de permiso, y fuimos al pueblo con los abuelos, y las tías, todas jóvenes y recién casadas. El pelao quedará para siempre como anécdota del día que mi madre decidió pelarme, y me vió toda la familia bola perdida. Ellos siempre cuentan que pasaron ese fin de semana en casa de los abuelos, encerrados a cal y canto, con los abuelos muertos de miedo, pidiéndoles a todos, jóvenes, casi todos padres recientes, felices y encantados de la vida y de ver que al fin había sucedido. Y les pedían que no brindaran, o al menos en voz baja, y que no rieran, o al menos en silencio, y que nadie les oyera celebrar.
    Hasta muchos años después ninguna de mis primas ni yo supimos que teníamos un cuarto hermano del abuelo (pensábamos que eran sólo tres), y que murió muchos años después de la guerra, escondido aún, para evitar el paredón.

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    1. Sabía lo del pelao pero no recordaba lo del tío abuelo. Una vida condenada al miedo, sin juicio ni defensa, qué terrible.
      Besos, nena.

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  4. Esta alondra había llegado a España el 1 de octubre, iba a cumplir 20 años y no entendía porque no podía dar mi opinión o por qué tenía que correr cuando venían los grises a la universidad. En ese mes y 20 días tuve un curso acelerado de dictadura... El 20 de noviembre amaneció nublado pero nos adueñamos de la alameda pendientes del transistor, de tanto hablar y fumar terminamos la noche cenando chocolate caliente y los chicos hicieron una queimada, eso si fuimos bastante silenciosos por si acaso :)
    El resto de mi historia se parece mucho a la Mercedes de cuéntame.
    Un abrazo

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    1. Pues quizá sepas, Alondra, que en un acto celebrado el día de tu llegada, el 1 de octubre, fue cuando Franco enfermó del mal que acabó con su vida.
      Besos.

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  5. Con algo más de 7 años creo sinceramente que no tengo más recuerdo que cierta inquietud en el ambiente, el resto son recuerdos adquiridos al ver en la televisión las imágenes. Supongo que mis padres, hechos a la disciplina castrense y aferrados a aquel "en política no te metas" vivieron estos días y sobre todo los siguientes con mucha preocupacion, pero este tampoco es un tema que hayamos abordado nunca.
    Creo que la distancia nos permite entender mejor que la tan valorada transición tenía un lado de miedo que nunca nos quisieron contar.
    Un abrazo.

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    1. Los que somos mayores en edad constatamos ese miedo, sí.
      Besos.

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  6. Venga, no os quejéis.
    Yo llevaba 4 meses y medio casado, Mary Paz embarazada (como era de rigor por aquellos tiempos) y yo, a puntito de entrar en el cuartel para hacer las prácticas de milicias. Ingresé luciendo corbata y brazalete negros en señal de luto. No veáis la cantidad de misas, responsos y minutos de silencio que me tocaron por aquellos días, aparte del cuidado con qué se decía, cómo se decía y ante quién se decía.
    Aquella noche apenas dormimos, nos quedamos viendo la película de la tele: "Objetivo Birmania" ¿Os acordáis? y nos despertaron las campanas, doblando, antes de que hubiera luz del día. Encendimos la tele y aún no había noticias oficiales aunque no tardó en aparecer Arias Navarro.
    En el pueblo todo estaba normal, la gente yendo a sus labores, no recuerdo sensación de miedo; pero cuando llegó la cisterna que recogía la leche todas las mañanas, la gente rodeó al conductor del camión para preguntar, entonces la tranquilidad fue total.
    Cuando llegué al "cole", allí estaban todos los niños saltando de contentos porque los mandábamos a sus casas con diez días de vacaciones.
    ¡Ah! Tampoco hubo incidentes que destacar en el cuartel durante los cuatro meses que pasé allí antes de salir licenciado.

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    1. El miedo no estaba en relación a los hechos reales, lo traíamos de serie.
      Las chicas teníamos la escasa ventaja de no tener que ir a la mili.

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