martes, 10 de noviembre de 2015

Los muertos del Pardo

¿Tú sabes quién fue Franco?, pregunto a la Pubilla cuando llegamos a la altura del Palacio del Pardo. Sí, el que gobernaba en España durante la segunda guerra mundial, responde ella y nos deja un poco descolocados a los dos abuelos.
También fue un militar que se sublevó contra la República y, como no triunfó la sublevación, emprendió una guerra civil que duró tres años y, cuando ganó su bando, se mantuvo en el poder como dictador durante casi cuarenta años, le explico. Habíamos llegado a creer que no se moriría nunca pero se murió porque también los dictadores se mueren, como todo el mundo.
Hemos aprovechado la fiesta de la Almudena para visitar el monte del Pardo. Los ciervos, el Cristo de Gregorio Fernández y el cementerio son, por ese orden, los objetivos de la excursión. Así que empezamos por el cementerio.
El del Pardo es un camposanto peculiar. De reducidas dimensiones, tiene un aire frío, como de muestrario de mármoles pero sin alharacas. Nada de exuberancias, nada de expresiones artísticas o sentimentales, apenas ninguna escultura, pocos epitafios originales. Placas que más parecen una razón social que el recuerdo familiar.
Ya hemos paseado otras veces por este lugar y escribí sobre ello aquí pero hoy quiero enseñárselo a la Pubilla porque ya va teniendo edad de aprender algunas cosas. Pero al contrario que en la ocasión anterior, ya no hay ningún cartel prohibiendo hacer fotos, por lo que accedemos empuñando la cámara para retratar la capilla, en cuya cripta reposan los huesos de Carmen Polo, mujer que fue de Franco. La niña, que espera ver los ciervos, está poco interesada en las tumbas por más que le vamos contando quienes fueron algunos de los ilustres huéspedes.
La mayoría son familias de mucho dinero pero discretas, no quieren llamar la atención ni después de muertos, le digo mientras señalo un mausoleo sin ninguna identificación. En otro solo se lee FE. Como Falange Española, aventuro, porque aquí yace la flor y nata del franquismo, y apunto a la sepultura de la familia Fuertes de Villavicencio, cuyo cabeza fue jefe de la Casa Civil del General.
El día ha amanecido soleado, cálido y luminoso como suele ser el otoño madrileño y parece un poco cruel retener en un cementerio decadente y frío a una niña de catorce años que espera trotar por el monte, así que apresuramos el recorrido y vamos directamente a la cripta negra objeto de la visita. Dos hombres se nos han adelantado; uno de ellos, que lleva indumentaria de trabajo, le dice al otro: El jefe ya no está aquí, y siguen su camino.
En la cripta solo reza: Familia Trujillo. Y, hasta donde se sabe, guarda los restos de Rafael Leónidas Trujillo Molina (1891-1961) y su hijo primogénito Rafael Leónidas (Ramfis) Trujillo Martínez (1929-1969) pero el comentario del enterrador me ha dejado intrigada así que me dirijo al hombre y le pregunto directamente. Eso tengo entendido, responde, que sólo está la señora, pero tampoco puedo decirle mucho porque los mausoleos son sitios privados. Yo no puedo entrar, ni tengo la llave. Hace poco hicieron obras y de vez en cuando viene alguien, pero no se ve nada porque los muertos están en la cripta subterránea.
Hago una búsqueda en internet y compruebo que el pasado mes de mayo murió una de las hijas de Ramfis Trujillo, María Altagracia Trujillo Ricart, que en 1969 protagonizó un secuestro algo rocambolesco. Quizá sea a ella a quien se refiera el enterrador.
Tratamos de inculcar a la Pubilla la idea de que todo cuanto sucede nos concierne, aunque parezca que nos pilla lejos y en el empeño me vengo un poco arriba. Mira bien la tumba y no te olvides de que aquí está una parte importante de la historia de República Dominicana, un poco de España, incluso, de refilón, un poco tuya, advierto a la Pubilla para llamar su atención. ¿Mi historia?, se sorprende ella.
Pues sí, porque ese primer Trujillo, dictador de Dominicana entre 1930 y 1961, a quien Mario Vargas Llosa hizo protagonista de su novela La fiesta del Chivo, mandó matar a las Hermanas Miraval, en memoria de quien se instituyó el 25 de noviembre como el Día contra la violencia machista, en alguno de cuyos actos has participado. Y no sólo eso. Ese mismo Trujillo acogió en su país y protegió a un pintor y muralista que huyó de España al término de la guerra civil: José Vela Zanetti, y en un instituto que llevaba el nombre del pintor empezó tu madre el bachillerato.
Terminamos la visita al cementerio y seguimos con el Cristo del Pardo, destacada obra de Gregorio Fernández. La imagen yacente de Cristo moribundo es realmente expresiva; la Pubilla aguanta el tipo pero nos cuenta que una de sus amigas tuvo pesadillas después de que sus padres le llevaran a ver una imagen semejante.
La estamos dando el día, le digo al colega en un aparte. Sí, admite éste, más nos vale dar un paseo por el monte y dejarnos de excursiones histórico artísticas. Así lo hacemos, para comprobar que hemos coincidido en la idea con la mitad de familias con niños de Madrid y el monte está saturado. Ni siquiera apetece quedarse a comer en el Torreón, como era nuestra intención. Así que concluimos la visita y volvemos a casa.
Otro día volvemos y te explico quien era Carrero Blanco, que también está enterrado en el cementerio del Pardo, le propongo. Vale, dice ella sin perder la sonrisa. Lo tengo dicho: los nietos son el mejor tesoro de esta edad.

2 comentarios:

  1. La Pubilla dirá para sus adentros, eso son historias de los abuelos Cebolleta.

    Saludos

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  2. pues yo me lo he pasado muy bien paseando con vosotros por el pardo...
    besotes!!!

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