lunes, 8 de septiembre de 2014

El paño, el arca y el Cristo de Palacios de Benaver



Burgos es una provincia extensa que encierra un amplio y muy rico patrimonio cultural pero el castellano en general y el burgalés en particular cree que el buen paño en el arca se vende. Y así como en otros lugares abundan los indicadores que informan de la existencia de puntos de interés, por estos lares no es raro que haya que buscar mediante coordenadas y GPS lo que se quiera conocer por importante que sea. Aunque en los últimos tiempos se aprecia algún intento de ponerse al día, como el programa de apertura de monumentos, iniciativa de la Junta de Castilla y León. Porque podía ocurrir que después de mucho buscar los viajeros llegaran al lugar y lo hallasen cerrado.

Los viajeros se encaminan a Palacios de Benaver con mala conciencia. El lugar se encuentra a un tiro de piedra de Burgos –por la N-120, tras pasar Tardajos y Las Quintanillas, tomando el desvío indicado- y a pesar de su reconocida condición zascandil han tardado años en visitarlo. No sólo los indicadores, también las publicaciones son cicateras con el monasterio que nos proponemos visitar. En su libro “Burgos. Guía completa de las Tierras del Cid”, quien fuera cronista oficial de la provincia, el siempre pomposo Fray Valentín de la Cruz, lo despacha en cinco líneas: “En Palacios de Benaver hay un convento de monjas benedictinas cuya antigüedad se pierde en lo más alto del Medievo. En su iglesia hay un Cristo románico, hieráticamente doloroso. Las religiosas, poseedoras del secreto de unas deliciosas rosquillas, enseñan una bonita talla de marfil de Nuestra Señora de la Aparecida (s. XVI)”.

Con esa escueta información se presentan los viajeros a media mañana de un domingo de agosto en Palacios de Benaver. El pueblo luce sus galas estivales que, como en casi todos los pueblos de la provincia, vienen a consistir en triplicar su población y multiplicar por cinco su parque móvil. O viceversa. Un rudimentario cartel conduce a las puertas abiertas del monasterio. Desde el exterior, la iglesia es una mezcla de distintas épocas y estilos sobre un plano general gótico del siglo XIII. El ábside semicircular es obra del XVIII y lo que se aprecia del monasterio corresponde al XVII.

El patio que se atisba desde el exterior descubre una fachada armónica con preciosa rejería. En el portalón de acceso al monasterio un cartel indica las horas de visita, que son aquellas que no coincidan con el horario de rezos de la comunidad. Los viajeros comprueban que están en tiempo y con la osadía que proporciona la ignorancia tocan la campana; al poco, aparece una monja entrada en años: Queríamos ver el monasterio, piden. La monja los mira con extrañeza. Estaba yo trabajando…, dice en un primer momento, pero luego, parece reconsiderarlo y les indica la puerta de acceso al jardín. Ahora les abro, concluye.

La puerta se abre a un espacio bien cuidado que se abre a otro espacio más amplio con sendas de paseo y bancos para el descanso. La monja les informa también de que el monasterio propiamente dicho no se visita pero que, seguramente, lo que los viajeros pretenden ver será la iglesia y el Cristo. Vayan por el exterior y ya les abro, indica.

La mañana ha regalado un sol brillantemente agosteño y los viajeros entran en la iglesia con los ojos aún cegados por la luminosidad exterior. En la oscuridad del templo apenas alcanzan a distinguir unas esculturas funerarias y, un poco a la derecha, un altar barroco. A la espalda, una rejería separa el coro donde la comunidad hace sus rezos. La monja va encendiendo luces al tiempo que se extiende en explicaciones sobre la historia del monasterio y de la comunidad hasta que señala a nuestra espalda: Ese es el Cristo.   

La sorpresa deja mudos a los visitantes. ¿Podemos hacer fotos?, pregunta la viajera impenitente, temerosa de la consabida negativa. Las que ustedes quieran, responde la religiosa. Así que los viajeros se ponen a disparar las cámaras como posesos, convencidos de que no van a encontrar palabras para expresar la maravilla que tienen ante sus ojos.

El Cristo de Palacios de Benaver es una talla románica única en la provincia y rarísima en Castilla y León. Los viajeros sólo conocen ejemplares similares en Cataluña. Una cruz de 2,75 de altura por 2,25 de anchura, que sostiene a un crucificado solemne, vivo, no doliente sino resucitado, de rostro grave, expresivo, con barba, bigote, los ojos abiertos que parecen mirar más allá del tiempo. Un Cristo en disposición frontal, sujeto a la cruz mediante cuatro clavos, uno en cada extremidad. El Cristo de los ojos grandes, le llaman. La talla se había datado en el siglo XII pero cuando la Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León acometió en 2007 su restauración descubrió detalles de su policromía tanto en el anverso como en el reverso de la cruz que adelantan la datación en un siglo.

La imagen había sufrido modificaciones según los gustos de cada época, le habían cerrado los ojos, se los habían dejado entreabiertos, le habían puesto peluca, incluso le habían serrado algún dedo para adaptar la Cruz al hueco que le destinaban… La restauración le ha devuelto su apariencia original que muestra una obra prodigiosa, “de tal forma que lo que hubiera sido una simple imagen del románico se ha convertido en un icono”, según conclusión de la propia Fundación del Patrimonio Histórico de Castilla y León.

El monasterio y su Cristo están rodeados de un halo legendario. Se cree que es el convento de mujeres más antiguo de España pero no se conoce ningún documento de su fundación. Una tabla que puede verse en la iglesia y que habla del martirio de las 300 monjas abunda en la leyenda. Refiere ésta que en el año 834 el rey moro Zefa había degollado a los monjes de San Pedro de Cardeña cuando un mensajero advirtió a la comunidad del monasterio benedictino que el ejército musulmán se disponía a hacer otro tanto a las monjas. Ellas se amputaron la nariz para resultar repulsivas a los moros pero fueron, igualmente, degolladas. Quiere la misma leyenda que tras la degollina el monasterio permaneció vacío más de un siglo hasta que en 968 el Conde Garci Fernández decidió reconstruir un cenobio donde había encontrado enterrado un Cristo crucificado. La primera abadesa sería doña Urraca, familiar del conde. Insiste la tradición en que una de las razias de Almanzor, que por aquí se paseó entre 981 y 1002, destruyó el convento y fue reconstruido de nuevo.

Además de la leyenda sobre la aparición del Cristo, otra muy extendida es que le crecía el pelo. Las monjas se lo rizaban y a medida que se le alisaba parecía que lo tenía más largo, pero sólo era una peluca, explica la monja con naturalidad.

La primera referencia sobre el monasterio de El Salvador de Palacios de Benaver se halla en un escrito de la Casa de Lara de 1231 en el que se habla de él como habitado por benedictinas. En otro documento de 1470 Enrique IV da su conformidad para que el monasterio se anexiona Santa Cruz de Valcárcel, con lo que se extiende su dominio patrimonial sobre más de ochenta pueblos, un auténtico señorío feudal. El siglo XV debió ser el de su mayor esplendor, la abadesa tenía jurisdicción para nombrar alcaldes y dirimir pleitos y sólo debía dar cuentas al rey.

A pesar de la carencia documental se cree que el convento ha permanecido habitado en los últimos seis siglos, si bien con una notable pérdida patrimonial. En las últimas décadas del pasado siglo fue colegio para niños y luego escuela-hogar. En 1993 concluyó su labor docente y adaptó sus instalaciones para hospedería.

La religiosa muestra a los viajeros los otros tesoros del monasterio, como la pequeña talla de la Virgen (Es una copia, confiesa, el original está guardado) a la que se refería el Cronista oficial y el Coro que forma un conjunto con el confesionario y el órgano, magníficos ejemplares modernistas que la comunidad adquirió a comienzos del siglo XX en Alemania. Pero enseguida empezó la primera guerra mundial el órgano no se pudo poner en funcionamiento hasta hace unos años, cuenta la religiosa que resulta ser la organera y nos obsequia con una breve interpretación. Entretanto, ha sonado el timbre de la puerta de la iglesia, ha abierto la religiosa, ha entrado un hombre de mediana edad que saluda, da una vuelta por la iglesia, hace fotos y se va sin más.

El monumento funerario que se atisba a la entrada en el ábside es de los protectores y restauradores del monasterio, don Garci Fernández Manríquez, su esposa, Teresa Zúñiga, y su hijo Pedro Fernández Manríquez y Zúñiga. Cuando enviudó Doña Teresa fue monja del monasterio, refiere la monja que hace de guía. Son tallas en nogal realizadas en el siglo XIV.

¿Se conservan los tesoros del monasterio?, preguntan los viajeros. Ninguno, se lo llevaron todo los franceses, responde la religiosa, refiriéndose a la rapiña de las tropas francesas de Napoleón. Quizá ese expolio explique también la falta de documentación sobre el monasterio.  

El claustro no se incluye en la visita pero la religiosa permite a los viajeros asomarse desde la puerta. Es un conjunto austero, con arcos escarzanos que descansan en columnas sin ornamentación. De sus paredes cuelgan algunas tablas muy hermosas, procedentes quizá del retablo que presidió el altar mayor. Sus arcadas están acristaladas para protegerlo de las inclemencias del clima burgalés. ¿Tiene calefacción el convento? Tiene, en efecto. Es necesaria para la hospedería, aclara la monja.

Porque las monjas ya no viven de las “deliciosas rosquillas” sino que ahora abren las dependencias del convento a quienes quieren alojarse en él y atienden sus instalaciones en el tiempo que les dejan libre sus oraciones. De vuelta al camino, con la paramera castellana al frente, los viajeros piensan en el jardín y en la amabilidad de las monjas y la hospedería les parece que una perspectiva de lo más sugerente.  

1 comentario:

  1. Sin duda un lugar precioso para perderse y encontrarse.
    (me encanta este viaje constante)

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