viernes, 7 de noviembre de 2014
martes, 4 de noviembre de 2014
Iciar Bollaín cuenta el futuro en la Universidad del Barrio
La
historia la escriben siempre los vencedores, quienes tuvieron el
privilegio de la palabra, pero ¿Cómo saber qué hay de cierto en lo que nos han
contado? ¿Cómo recuperar la memoria de los vencidos? ¿Cómo reconstruir la memoria
de quienes no tuvieron el privilegio de la palabra? ¿Cómo se cuenta el pasado?
¿Hay algún escenario desde el que evaluar la historia?
Esas
fueron algunas de las preguntas formuladas en la sesión del lunes 3 en la
Universidad del Barrio, de la que ya he hablado aquí.
El
programa se iniciaba con la proyección de la película "También la lluvia", dirigida por Iciar Bollaín a partir de un guión de Paul Laverty,
colaborador habitual del cineasta Ken Loach y marido de Bollaín.
En
la película se entrecruzan dos relatos: un rodaje sobre la
conquista de Colón y el conflicto desencadenado en Cochabamba por la
privatización del abastecimiento del agua potable, conocido como la Guerra del Agua.
En
el debate que siguió a la proyección, en el que también participó Iciar
Bollaín, se constataba que en la película se entrecruzaban dos hechos en dos
tiempos diferentes pero con un nexo común: la toma y el control del poder. Antes en nombre
de la iglesia y ahora en nombre de las multinacionales, pero la misma esencia.
Da igual que expolies a los pueblos o a los acuíferos, lo que importa, ahora
como en la conquista americana, es el beneficio, expuso la directora, que
defendió la ironía como método para resolver las contradicciones de la
historia.
El
debate fue doblemente interesante: tuvo altura cinematográfica e histórica.
Al
establecer un paralelismo entre la Guerra del Agua y la conquista de Colón,
¿Vuestra intención ha sido que creamos que los dos hechos han sido igual de
graves?, le interpelaron a Bollaín. ¿Contar la historia desde el otro lado es
una manera de reivindicar a las víctimas? Tenemos claro nuestro compromiso con
el presente pero, ¿cómo se compromete con el pasado?
Noelia
Adánez, coordinadora del curso, expresó la voluntad de darle un sentido social
a la historia y apuntó que con Montesinos y Las Casas - a los que calificó como
los primeros modernos de la filosofía- se produce la emergencia de un lenguaje
nuevo, el de los derechos humanos.
Hubo
acuerdo en que la historia tal como se nos cuenta es un relato que responde a
una opción política, no hay neutralidad en el relato del pasado y nuestro punto
de vista de la historia siempre será subjetivo.
A Iciar Bollaín la hemos visto crecer en la pantalla pero durante un tiempo, yo tuve la fortuna de verla en persona casi a diario pues fuimos vecinas de
barrio, seguí sus sucesivas maternidades -tiene tres niños-. Cuando nos
encontrábamos en el supermercado o en la calle, frecuentemente con algún niño
de la mano, ocasionalmente nos parábamos a charlar, a veces sobre banalidades
y otras sobre sus películas, que siempre nos han parecido excelentes. Iciar
está otra vez embarazada, comentaba al colega, como si se tratara de alguien de
la familia, así de próxima la sentíamos.
Luego,
se trasladaron de barrio y ya sólo la vemos a través del plasma, como a Rajoy.
Hasta ayer.
¿Estaba
el guionista en el rodaje?, le preguntaron a Bollaín. No, porque tenemos hijos
y estaba cuidándolos, respondió ella.
Lo
sostuvo con naturalidad, a saber, que un hombre, por famoso e importante que sea, también
tiene responsabilidades familiares y que, si toca, tiene que quedarse en casa,
como hasta ahora se han quedado las mujeres. En ella sonó natural. Y
me pareció que esa es también una manera nueva y moderna de escribir la
historia. No sé si la historia presente pero seguro que la historia del futuro.
sábado, 1 de noviembre de 2014
Ligeros de equipaje, como los hijos de la mar
Me gusta recorrer los cementerios de las ciudades que visito. Me gusta el aire decadente de casi todos ellos, el texto de sus lápidas, no sólo los epitafios, las inscripciones, las esculturas de algunos panteones.
Ahí está la sacramental de San Justo de Madrid, donde Larra fue a buscar la paz de espíritu que se le negó en vida; la Almudena, que pasa por ser uno de los más grandes de Europa, también su cementerio civil, donde reposa lo más granado de la historia española laica del último siglo, incluido el original Pablo Iglesias.
En Burgos, hay un rincón que me emociona especialmente, donde se amontonan algunas de las víctimas de la sinrazón, asesinadas tras el levantamiento militar de 1936. Un poco más a la izquierda está el mausoleo de un hombre que se entendía con los lobos, Félix Rodriguez de la Fuente.
Como en el Roncal, se alza el mausoleo de Julián Gayarre, obra de Mariano Benlliure.
En el cementerio de Visherat, de Praga, se encuentran los monumentos funerarios de los músicos Smetana y Dvorak o del escritor Jan Neruda, de quien tomaría el apellido el chileno Ricardo Eliecer Neftalí Reyes Basoalto, más conocido en el mundo de las letras como Pablo Neruda, que con ese nombre recibió el Premio Nobel.
En ese mismo cementerio se encuentra una lápida dedicada a Josef Broz, nombre real de quien fue conocido como Tito, presidente de Yugoslavia desde 1945 hasta 1980, un año que resultó fatal para ambos tocayos. El Broz yugoslavo fue enterrado en Belgrado.
En la misma ciudad de Praga se encuentra su famoso cementerio judío, cuya particularidad es que las lápidas se colocan en perpendicular al suelo, unas sobre otras, para aprovechar el escaso terreno que les había sido cedido.
Si hablamos de enterramientos judíos, habrá que empezar por el sepulcro por excelencia, el Santo Sepulcro de Jerusalem, que se encuentra dentro de una iglesia del mismo nombre. Miles de creyentes acuden cada año a orar ante el lugar en que se cree fue depositado el cuerpo de Jesucristo al ser bajado de la cruz. A orar y a rozar los más diversos objetos por la lápida tenida por sagrada, convertidos así en productivas reliquias.
También en Jerusalem se encuentra el cementerio de cementerios: el del Monte de los Olivos, que mira a la Puerta Dorada, la única que permanece cerrada -desde 1541- y por la que, de acuerdo con la tradición, entrará el Mesías el día del Juicio Final. Se estima que en el Monte de los Olivos hay más de 150.000 tumbas, entre ellas las de los profetas Absalón y Zacarías. Los judíos hacendados pagan fortunas por hacerse con un hueco para ser enterrados allí en la creencia de que en ese lugar se iniciará la resurrección de los muertos a la llegada del Mesías y de que en el fin de los tiempos este será el escenario de la reunión de los justos.
Paseando por los cementerios se encuentran despedidas sentidas y emotivas inscripciones.
Como esa de la niña más feliz del mundo, en la Almudena de Madrid, frente a otra del hombre más infeliz del mundo, en el cementerio de Aveiro (Portugal).
Creo que los cementerios dicen de las ciudades más que muchos de sus habitantes. Los de centro europa son espacios abiertos, ajardinados, ordenados y pulcros, como el de Volendam, organizado, como los buenos holandeses.
Fue Joan Manuel Serrat quien señaló su lugar ideal, en el Mediterráneo: a mí enterradme sin duelo entre la playa y el cielo, en la ladera de un monte, más alto que el horizonte, quiero tener buena vista.
Parece estar describiendo al camposanto de Deiá:
Si uno se pone menos localista, ahí está el cementerio de Eyup, en Estambul, con el Cuerno de Oro a sus pies y el Mar de Mármara en el horizonte.
O el de San Michelle, una isla de los muertos con Venecia a la vista. Lugar de emociones y reposo de grandes figuras del arte, como Stravinsky.
Personalmente, el cementerio que más me gusta es el de Colliure, donde fue a reposar don Antonio Machado, y en cuya lápida dejó escrito el mejor resumen de su vida:
Y cuando llegue el día del último viaje
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar.
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