domingo, 9 de octubre de 2011

La vuelta

Me gustan las vacaciones –boba tendría que ser para decir lo contrario- especialmente si son fuera de temporada. Es un privilegio ir a la playa o visitar los lugares habitualmente concurridos cuando el resto trabaja. Así que he empezado octubre con unos días de ocio en la playita con el tiempo como cómplice.
Volvemos a Madrid porque el colega tiene un compromiso profesional. Yo aprovecho el tiempo para llenar la nevera que está en horas bajas. El sábado nos levantamos pronto, él se va a su cita y yo a la pescadería. Está a unos 200 metros de casa, zona centro, urbana total. Voy pensando en lo que tengo que comprar cuando me aborda un chico joven por la espalda. Me pregunta algo que no entiendo. ¿Perdón?, le digo. Y entonces, sin más, me da un tirón del cuello y me arranca un pequeño colgante y una gargantilla que llevo siempre. Ambos son de oro pero su principal valor es el sentimental.
Me quedo como petrificada. No grito, ni pido ayuda, veo cómo el chico echa a correr y le pierdo de vista al doblar la esquina. Ni siquiera hago ademán de seguirle. Al cabo de un rato, sigo mi camino a la pescadería. No comento nada con el pescadero, compro y me vuelvo a casa. En el ascensor, me miro en el espejo y, además de la cara de susto, veo que tengo una señal roja en el cuello y el sueter roto. Dejo la compra, me voy a urgencias y luego a la comisaría de policía.
Confieso que soy una habitual. Por alguna razón que escapa a mi comprensión, los ladrones la tienen tomada conmigo. Me han robado el bolso la tira de veces, de manera que cuando acudo a la policía advierto que soy multirreincidente. Los funcionarios, que son extremadamente amables, disimulan pero estoy convencida de que al verme se dicen: ya está aquí la pupas.
No sé en otras pero en la comisaría a la que acudo una denuncia te cuesta tres horas de espera, el día que menos. Si la denuncia la haces por teléfono el tiempo se acorta pero en esta oportunidad, como tenía que llevar el parte de lesiones, tenía que hacer la denuncia personalmente.
La sala de espera está concurrida. Dos hombres mayores han perdido -o les han birlado, no están seguros- la cartera y con ella la documentación. Hay una mujer madura a la que han robado el bolso también al tirón y una chica joven a la que se lo han robado al descuido. Ha encontrado el bolso pero vacío. Hay también un hombre de media edad, extranjero, que no dice cuál es la razón de su presencia. Al poco, entra una mujer joven de aspecto desmejorado y luego otra chica que, casi sin sentarse, empieza a contarnos la razón de su visita.
- Estaba con mi novio tomándome un sándwich en el parque de aquí al lado cuando nos hemos puesto a discutir, como discuten todas las parejas. Bueno, a lo mejor un poco más alto porque David es un poco bruto. David es mi novio. Es también el padre de mi niño pero yo digo que es mi novio porque no estamos casados. Al discutir, David ha gesticulado con el brazo y un chico de los que viven allí ha creído que le señalaba, le ha respondido y, como los hombres son tan bocazas, han seguido discutiendo entre ellos hasta que el otro ha sacado una navaja y le ha dado un corte en la oreja a David y luego le da dado con una lata de lentejas. Oye, que le ha dado un tajo que casi le corta el lóbulo. Que yo le decía a David: mira como la oreja de Van Gogh. Ya sé que no tiene gracia pero es que yo no soy de tomarme las cosas a la tremenda.
Cuando ha terminado de contarnos el incidente sin perder detalle, nos observa a los presentes. Se interesa por los percances de algunos.
- Y a ti, ¿qué te pasa?, pregunta a la joven desmejorada.
- Nada, que me gusta visitar a la policía.
- Oye, perdona, que lo decía por si te ayuda contarlo.
- Pues no me ayuda, insiste la interpelada.
Pero parece que sí le ayuda porque al rato se decide a hablar. 
- Que no quería ser una gilipollas, se dirige a la novia del “vangogh”, pero no me gusta hablar de mis cosas.
- Si es que yo soy una bocazas, me pasa siempre, no es solo contigo, se justifica la novia.
- Es que hubo un tiempo en que fui asidua de la policía, por eso no me gusta venir pero me han robado el DNI, que lo necesitaba para viajar. Me ha salido un trabajo en Alemania.
- De verdad, tía, que no tienes que contarnos nada, le corta la novia, cuando ya estamos todas pendientes de la historia.
- Con lo que yo necesito salir de aquí y me van a robar precisamente ahora, se lamenta la mujer.
- En la comisaría del aeropuerto la policía te hace un DNI nuevo en el momento, le dice alguien.
- Yo soy una desgraciada, toda la vida he sido una desgraciada y sé que me moriré igual de desgraciada, nos suelta la mujer desmejorada.
Excepto el hombre extranjero –que parece enfrascado en sus asuntos- todos tenemos las antenas dirigidas a la mujer desgraciada. Y así, de pronto, se levanta la blusa y nos muestra un costurón de más de un palmo que le cruza la espalda a la altura de los riñones.
- Tengo el cuerpo señalado de puñaladas, me ha querido matar varias veces. Mi marido, el padre de mis hijos. Porque, encima, he tenido hijos con él, mira si soy desgraciada. Ahora estoy separada y él tiene orden de alejamiento con pulsera. De vez en cuando se acerca y la pulsera me pita. Entonces viene el policía de turno. Y ahora que me podía ir lejos, me roban el carnet.
Al cabo de tres horas de espera, me llega el turno para presentar la denuncia. Le cuento mis cuitas al policía. A esas alturas, lo mío me parece una bobada.
Coincidiendo con mi declaración, entra el hombre extranjero. Le toma declaración otro policía en una dependencia separada sólo por un biombo así que puedo seguir su relato.
Resulta que el hombre había aprovechado la noche del viernes para salir a solazarse y, entre dos individuos que le abordaron en la velada, le habían robado la cartera.
- Como era viernes, fui al bar e hice lo que todos los hombres, empieza su relato el hombre.
- ¿Y qué hacen los hombres?, le interrumpe el policía.
- Pues emborracharse, responde el hombre.
La declaración sigue a ese tenor.
Finalmente, también yo acabo con mi testimonio. El policía me dice que me llamarán para ver si puedo reconocer en fotografía a mi agresor entre los ladrones fichados.
Me despido de la novia y de la mujer agredida como viejas amigas y vuelvo a casa. Lo que más rabia me da es que el tipo se me ha ido de rositas. Con la cantidad de veces que he comentado que, ante una agresión machista, lo primero, una patada en los huevos y, para una vez que se me presenta la oportunidad, voy y la desaprovecho.

7 comentarios:

  1. Espero que estés bien, a pesar del susto y el malrato, primero el del tirón y después el de contemplar en primera persona como la realidad de la prensa y la televisión se queda siempre y lamentablemente corta.

    Un abrazo,

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  2. Pilar: estoy magullada interior y exteriormente pero bien. Gracias.

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  3. Lo que menos se espera una a la vuelta de unos días estupendos es este tipo de sucesos, vaya susto ! y que panorama en la comiseria pufff ...

    Besos !

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  4. Hola, Bet. Eso no se lo espera uno nunca pero, visto lo visto, casi como que lo mío es una bobada. Y, en todo caso, que me quiten lo bailao.

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  5. Me dejas de piedra.
    Supongo que todos habríamos reaccionado como tu, o sea, sin reacción alguna. Solo acudiendo a la comisaría más cercana para engordar estadísticas, porque resolver, no van a resolver nada.

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  6. Te iba a preguntar para que denuncias...pero mira, casi te doy las gracias, porque si las denuncias no se acumularan, a lo mejor quitaban la mitad de la presencia policial

    ¡Vaya valor el tuyo, irte a por merluza en esas! ¡yo me hubiera hecho caquita!

    Besitos

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  7. Tita: valor, no. Creo que me quedé tan aturdida que me fui a por el pescado porque llevaba la directa puesta. El pescadero me preguntaba por qué iba sola -normalmente vamos los dos- y yo tratando de parecer normal. Al volver a casa en el espejo del ascensor descubrí que llevaba el sueter roto. Ahora me doy cuenta de que tengo que ir a contarle lo que pasó.

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