miércoles, 2 de mayo de 2012

Lalita


 

Hubiera cumplido los cien años este mes de no haber muerto en 1999. Lalita fue una mujer víctima de muchas circunstancias adversas, la primera y no menor, su generosidad con los demás. Nació en una familia de la alta burguesía madrileña, hija de un jurista y emparentada con un escritor famoso de la época, en su juventud fue lo que se llamaba una mujer moderna. A despecho de las convicciones conservadoras familiares, estudió magisterio, hizo oposiciones y obtuvo una plaza de oficial en el Ministerio de Justicia, se cortó el pelo a lo garçon, se sacó el carnet de conducir, se relacionó con las mujeres de la Institución Libre de Enseñanza, creyó en el feminismo…
  

Durante la guerra civil, su familia permaneció en Madrid bajo el permanente temor de ser denunciados y paseados por algún republicano revanchista, que también hubo. Se salvaron todos pero ya nada fue igual. Cuando la conocí, a principio de los sesenta, Lalita era una mujer madura y acabada. Atrapada por una familia tradicional, un padre autoritario, unos usos sociales que despreciaba tanto como acataba, había enterrado sus ilusiones de viajar y conquistar su propia autonomía.
 
Le gustaba oir mis proyectos, mis pequeñas conquistas, mis avances, mis éxitos académicos, que le hablara de mis novietes, de mis viajes. Me quería y se sabía correspondida.

Acababa de cumplir los 87 cuando una caída agravó sus achaques. Había perdido parte de su lucidez pero no la consciencia. Un día se lamentó: ¿Tanto mal he hecho en esta vida para que Dios me dé este final? Me pareció tan injusto que una persona esencialmente buena tuviera una agonía tan atroz que aún me duele el recuerdo.

 
Está enterrada en el cementerio madrileño de San Justo y hoy, aprovechando que ha salido el sol después de tanta lluvia, he ido a poner flores a su tumba. No soy muy partidaria de esas cosas, más bien de expresar los afectos en vida.
 San Justo y el vecino San Isidro son los cementerios más antiguos de Madrid. En ellos se alzan imponentes panteones de familias que debieron ser poderosas, esculturas funerarias de quienes se creyeron inmortales, lápidas que recuerdan a ilustres pintores o literatos algunos de cuyos restos, caso de Goya, yacen en otro lugar.

Los cementerios dicen mucho de la sociedad en que se levantan. Pasear por esos lugares proporciona unas referencias, en el tiempo y en el espacio, que en tiempos como los que vivimos resultan tranquilizadoras. Después de oir algunas declaraciones de políticos con mando en plaza resulta consolador saber que no hay fatuidad que soporte una década bajo losa.   

 









Solo el recuerdo del amor se mantiene...

4 comentarios:

  1. Gracias por esta entrada tan tierna, tan dura, tan sincera, tienes razón solo el amor y su recuerdo sobreviven.

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    1. La próximo retirada me tienen un poco tiernita, parece.

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  2. Hay entradas tan de verdad que todo comentario es superfluo. Podría dar una opinión sobre los cementerios (me gustan mucho), sobre la quietud, sobre la última frase del post, que me temo que es verdad-verdadera. Pero sería una apreciación personal que estropearía tus palabras. Así que aquí mis respetos y mi cariño.

    Te debo un café en El Prado.

    Abrazo fuerte.

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    1. No me debes nada, nena, pero cuando quieras compartimos.

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