jueves, 5 de febrero de 2015

El chupacharcos de Tito y la belleza

Cada cual tiene sus manías. A mí me gusta empezar el día leyendo las noticias. Saber qué pasa por el mundo. Así que, en cuanto me pongo la pestaña, abro el chino –en cualquiera de sus formatos- y brujuleo por los digitales. Lo normal es que el aparato chorree malas noticias: un avión que se estrella, el Banco Central Europeo que aprieta las clavijas a los países pobres, Merkel en modo Bismark, la socialdemocracia totalmente perdida, la izquierda local a bastonazos entre ellos mismos, un banquero que olvida el latrocinio de los suyos y se pone a impartir lecciones de política o de moral, el capitalismo en todas sus formas blandiendo el látigo negrero…
Pero, en ocasiones, el chino te regala un mensaje o una imagen reconfortante. Hoy ha sido en facebook donde he encontrado la imagen que encabeza esta entrada. Os presento: es Tito Juan Pablo, el último eslabón de una saga de alfareros con alma artista. Los Tito son palabras mayores en Úbeda, pero no sólo allí. Este otoño, la Diputación de Jaén organizó una exposición con las piezas de ese taller que han puesto el punto de época en el cine y en algunas series de televisión.
En la foto, Juan Pablo muestra un peculiar botijo: se conoce como chupacharcos. Al contrario que en los botijos de pitorro, que se llenan al chorro, en éste se llenan por inmersión y se utilizaban para aprovechar el agua de los charcos en tiempo de sequía. La pieza es de una sencilla hermosura. Ésta es de color rojo pero del taller salen también verdes o azules. Podría haberse fotografiado con una paridera: una pieza que facilita el parto natural de pie, con la que se reclama de la perspectiva de género y la autonomía de la mujer. Son piezas de otra época pero a la vez intemporales en su significado: muestran cómo los seres humanos han ido avanzando a lo largo de la historia de la humanidad, por encima de las dificultades y obstáculos.
Los alfareros en general y Tito en particular se afanan por investigar nuevas texturas, colores y formas y por mantener o recuperar las formas tradicionales de manera que no es extraño encontrar en cualquiera de esos talleres, tan alejados del glamour y del concepto shopping, piezas idénticas a las que hallas en museos de mucho fuste. Es la tradición transmitida de generación en generación desde los griegos y los romanos.  Aunque ya he hablado de Tito aquí, si queréis saber más de este taller tradicional podéis echar un ojo a este enlace a partir de la página 12. 
Sin menospreciar lo coyuntural, cuando miro alguna de las piezas de Tito, que conservo como un tesoro, pienso que cuando hayamos olvidado las noticias que ahora nos agobian: la estafa financiera, el chantaje de los bancos, el canibalismo de IU, la inconsistencia del PSOE, la voracidad del PP, el aumento de la desigualdad en la sociedad española, las piezas de Tito seguirán ofreciéndonos esa dosis de belleza sencilla e intemporal que hace la vida un poco más apacible.    

2 comentarios:

  1. ¿Y aún hay quien se pregunta para qué necesitamos la belleza?

    Un abrazo

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  2. Tiene una hermosura la paridera que no se qué que qué sé yo. Y los ángeles de abajo con las manos extendidas esperando...¡qué belleza!

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