lunes, 21 de enero de 2013

Las niñas de ayer, medio siglo después


Medio siglo son dos generaciones. Pero en los últimos años medio siglo es un abismo. La generación actual, las nietas de las niñas que nacieron en la posguerra, tendrían mucha dificultad para comprender la infancia de sus abuelas. Las niñas que han nacido en el siglo XXI se han encontrado un escenario que en nada se parece al que fue el nuestro. No sólo porque poseen una serie de bienes materiales que ni siquiera se habían inventado cuando nosotras teníamos su edad: internet, wii, móviles, tabletas, libros electrónicos…, sino porque el mundo las contempla y ellas pueden contemplar el mundo de manera diferente. 

Las niñas españolas que nacieron en la posguerra llegaban a un mundo hostil. Hostil, en general, para niñas y niños, mujeres y hombres. En un sistema radicalmente injusto donde una oligarquía dictaba leyes en su propio beneficio, donde millones de ciudadanos eran tratados como sospechosos de no ser lo suficiente adictos al régimen. Llegaban a un mundo donde aún permanecían encarcelados miles de personas por la única causa de haberse mantenido fieles al gobierno legalmente establecido y donde eran vigilados, acosados y perseguidos por quienes se habían levantado contra la legalidad. 

No era un mundo plácido para casi nadie pero aún lo era menos para las niñas. Cuando en el mundo desarrollado las mujeres empezaban a tener un papel propio, no supeditado al rol familiar o al marido, en España las niñas eran educadas para ser buenas esposas. Ese era su único horizonte. 

Ahora circulan por internet vídeos que recogen la publicidad de la época donde se presenta a las mujeres como el descanso del guerrero: sumisas e ignorantes. Esos vídeos, que tanta risa producen a las generaciones jóvenes, son realmente sobrecogedores. Porque son reales. “No molestes a tu marido que viene cansado del trabajo, has de estar disponible para él”, se repite en aquella publicidad. Él, el padre, el marido, el hombre de la casa, es el rey de la creación. La mujer es un ser supeditado a ellos. Las leyes amparaban esta tesis. Las mujeres adquieren la mayoría de edad después que sus hermanos y siempre permanecerán bajo tutoría de un hombre. Incluso si dispone de bienes propios, sean heredados o sean adquiridos mediante su propio trabajo, son administrados por el hombre. Si desea abrir una cuenta bancaria, deberá ser autorizada por el marido o por el padre. Lo mismo ocurre si desea viajar al extranjero. Así era el mundo que nos tocó vivir y contra el que nos enfrentamos las niñas que nacimos en la posguerra. 

En una sociedad mayoritariamente rural, muchas familias depositaban a sus hijos en internados de la ciudad –por lo común la capital de provincia- para que recibieran instrucción. Tampoco los internados de niñas eran iguales que los de niños –la formación de ellos estaba orientada hacia un futuro profesional que sólo excepcionalmente se reservaba a ellas - pero todos tenían un nexo común: el alejamiento familiar. 

Niñas y niños que apenas sabían desenvolverse por sí mismos, separados de sus padres, de sus hermanos, de sus amigos, de los lugares que les eran familiares, inmersos en un mundo desconocido, con una disciplina que, en el mejor de los casos, hoy contemplamos como impropia de la edad. Niñas a quienes la llegada de la regla les sorprendía en la más absoluta de las ignorancias, que atravesaban la adolescencia entre brumas de pecado y alguna leve sospecha de que la vida iba en serio. 

No debía ser mucho más fácil la vida para los niños internos, pero tú eres chica y conoces cómo era tu colegio. Que, visto a la luz de la distancia, no era de los peores. Sabes que en otros se produjeron abusos pero tu no los padeciste y hablas de lo que conoces. Las monjas que te tocaron aquellos primeros años de adolescencia –las de los Sagrados Corazones- eran muy avanzadas para su tiempo –quizá porque la congregación era francesa- . Te inculcaron unos valores de respeto, de responsabilidad social, de organización y disciplina personal, de estímulo y de afán de superación que te han sido útiles en la vida.

Pero erais niñas y estabais solas, lejos de la familia, con la única compañía de las monjas y las compañeras, que pasaban a convertirse en la nueva familia. Las relaciones de amistad que se establecían en los internados te parecían entonces imperecederas. Nunca te olvidaré, nos escribiremos siempre, os prometíais. Luego, la vida impone sus medidas. Y va pasando el tiempo. Y tú y ellas conocéis a otras personas, establecéis otras relaciones, recorréis otros caminos. Y alguna vez vuelve el recuerdo, ahora ya difuminado por el tiempo y por la memoria, que siempre es selectiva. 

Hasta que un día suena el teléfono y una voz te pregunta si eres tú la niña del colegio. Que te están buscando, que ellas ya se han reunido y que esperan que te incorpores al grupo. Y te descubres repasando tu vida. Y te reconoces deudora de aquellos años, de aquellos afectos, de aquellas enseñanzas. Luego, alguien fija una fecha para el encuentro. Tú vas temerosa. ¿Las reconoceré? ¿Me reconocerán? Os habéis intercambiado fotos y crees que las identificarás pero ¿serán ellas o habrán cambiado tanto que no tendréis nada de qué hablar? Tú misma, ¿cómo eras entonces y cómo eres ahora? ¿Qué hay de la niña que miraba por la ventana cómo caían las luces de Montjuich y soñaba con ser una mujer independiente? ¿Cómo te recordarán tus compañeras? 

Os reconocéis al instante. Sois mujeres mayores pero seguís teniendo un hilo conductor común. ¡Qué emoción el reencuentro! Os quitáis la palabra unas a otras para contaros la vida. Que es como la de todo el mundo. La mayoría ha tenido una existencia plácida. Se ha casado, ha tenido hijos, tiene nietos. Alguna rehizo su vida. Otra ha enviudado. Te cuentan que dos de aquellas niñas han muerto. Hace más de cincuenta años que dejaste de verlas pero parece que no hubiera pasado el tiempo. 

Pero ha pasado. Medio siglo que cambió el mundo. Cuando vamos desmenuzando los recuerdos infantiles tienes la sensación de que te vas introduciendo en un universo onírico. ¿Ocurrió todo eso? Sí, ocurrió. Y quizá porque ocurrió así, porque vivimos una época tan radicalmente injusta, hemos resultado tan batalladoras. 

Yo lloraba algunas veces porque echaba en falta a mi familia, ha contado alguna. Y tú te congratulas que las pautas sociales hayan desechado los internados, de que tu nieta y las nietas de tus amigas hayan nacido en este tiempo al que vosotras habéis contribuido. 

Ya en casa, vuelves a relatar el encuentro. Y vuelves a hablar del colegio, de los años aquellos. Era un sistema radicalmente injusto donde una oligarquía dictaba leyes en su propio beneficio, repites. Y crees estar hablando en pasado. Hasta que enciendes la radio y las noticias saltan en tropel. Hablan de la Gürtel, de amnistías fiscales que benefician a delincuentes, de jueces que son apartados por investigar a esa oligarquía que permanece intacta, hablan de Bárcenas, del dinero ilegal que llega a los partidos, de los responsables de esos partidos que se dirigen a los ciudadanos –que son quienes les pagan- como si todos fuéramos cretinos. 

Y piensas en tu nieta, que se librará de estar interna pero que tendrá que hacer frente a las mismas o parecidas injusticias. Confías en que ahora lo haga en igualdad de condiciones que sus pares masculinos. Algo es algo.

8 comentarios:

  1. Algo es algo, y no es poco, pero cómo duele.

    Un enorme abrazo

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    1. Duele sobre todo ver cómo destruyen lo que nos ha costado tanto esfuerzo construir y duele más la pasividad de algunos desposeidos.

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  2. Aquellas mujeres de la posguerra nada tienen que ver con las mujeres nacidas en los 70 y 80, pero aún les queda mucho que reivindicar.

    Un abrazo.

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    1. Mucho nos queda por reivindicar nos queda a todos, mujeres y hombres. Pero mi generación ha vivido momentos estupendos.

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  3. TODAS A NUESTRA MANERA SOMOS MUJERES SUPERVIVIENTES


    BESOSSSSSSSSSS

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    1. Eso es seguro, amiga. Ese es el sentimiento compartido.

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  4. Qué hermoso post, Contadora. Parece que sólo una generación ha vivido de las rentas, y ahora hemos de volver a ponernos las pilas, para que, tal vez, mis nietas sean la generación que vuelva a tener una vida más o menos tranquila.

    Todo va, y todo viene.

    Enhorabuena por el reencuentro, un abrazo apretao

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    1. Todas las generaciones vivimos en alguna medida de las rentas de quienes nos precedieron. Las mujeres sabemos mucho de eso: somos deudoras de quienes se levantaron contra el sistema patriarcal establecido, ellas nos abrieron el camino que hay que seguir desbrozando.
      Un abrazo, nena.

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