lunes, 24 de febrero de 2014

Fresdelval, como una aparición romántica

Si alguna vez se da la ocasión de que sales de Burgos camino de Santander ve con cuidado. Quizá, entre Villatoro y Quintanilla de Vivar creerás haber visto un espejismo, la silueta de un campanario. Es una aparición fugaz, enseguida la visión desaparece y tu creerás que lo has imaginado. Pero, si tienes tiempo, entra por la carretera N-623 y toma el camino que conduce al Monasterio de Fresdelval. Disfruta del camino que se abre ante tí.

Que no te desanimen los sucesivos carteles que advierten de que pisas una propiedad privada. Ni siquiera la cadena que cierra el camino. Abandona el coche y sigue caminando. Si alguien te pregunta, responde que vas siguiendo el rastro de Fresdelval. Seguro que tu interlocutor lo entiende y que tú no te arrepientes.
Has de saber que decir Fresdelval es hablar de ruinas, como sucede en otros muchos lugares de Castilla y de fuera de Castilla. Las ruinas de Fresdelval hablan de un pasado glorioso, de un devenir triste y de un presente todavía indeciso. Ruinas imponentes, pero ruinas, las del Real Monasterio de Nuestra Señora de Fresdelval, situadas “en un hermoso y escondido valle”, de acuerdo con la descripción del propio Boletín Oficial del Estado.
Según la tradición, estas piedras se levantaron sobre una pequeña ermita de devoción mariana construida en tiempos de Recaredo, a finales del siglo VI. La fundación del monasterio por Gómez Manrique se fecha en torno al año 1400 y se encomienda a la Orden de los Jerónimos, vinculada al Monasterio de Guadalupe.
A finales del siglo XV, Isabel la Católica mandó traer aquí el cuerpo del doncel Juan de Padilla, que había muerto en la guerra de Granada, en 1491, para que descansara bajo los muros del monasterio. Gil de Siloé hizo para él un sepulcro cuya magnificencia puede contemplarse en el Museo de Burgos, como el de Gómez Manrique y su esposa.  
Fue García de Padilla, Comendador Mayor de la Orden de Calatrava, el verdadero constructor del Monasterio, quien le dio unidad al conjunto monacal, quien mandó construir su portada renacentista, atribuida a Felipe Vigarny.
Anejo al monasterio se levantó un palacio renacentista, conocido como Casa de Carlos V, en cuyas paredes lucían las armas imperiales y el patio conocido como de los Padilla. Fue su momento de esplendor. Tanto, que se cuenta que el emperador Carlos V se alojó en él en la Semana Santa de 1524 y barajó la posibilidad de retirarse a este lugar tras su abdicación. También sería visitado por Felipe II quien concedería al monasterio nuevos privilegios.
La protección de la familia Manrique se extenderá hasta el siglo XVII cuando se extingue la línea varonil de esta familia, lo que inicia su decadencia; fue saqueda por las tropas francesas de Napoleón, su biblioteca fue llevada a Francia; el rey Bonaparte José I decretó la disolución de las órdenes regulares en 1809 y la Desamortización de Mendizábal en 1835 hizo el resto. Subastado el edificio fue adquirido por los hermanos Victorino y Manuel de la Puente.
Cuando los monjes abandonan el convento el conjunto vivió vicisitudes de toda índole. Fue fábrica de cerveza, refugio de partidas carlistas y cantera de piedra para los pueblos vecinos.
Parece que a finales del siglo XIX doña Rafaela de Torrens e Higuero, primera marquesa de Vilanova y Geltrú, adquirió la propiedad con el propósito de consolidar las ruinas del monasterio y rehabilitar algunas celdas para acoger a sus amigos, la intelectualidad de la época: el pintor Jover y Casanova, los hermanos Dumont o Victor Balaguer, entre otros. Fue entonces cuando se habló de trasladar el claustro gótico de Fresdelval al Tibidabo de Barcelona, proyecto que tampoco llegó a cuajar.  
Actualmente, las ruinas del complejo monacal y sus tierras de labor ocupan 120 hectáreas de propiedad privada, la totalidad de su superficie ha sido declarada Bien de Interés Cultural para preservarlo a las generaciones futuras. Una parte de sus tesoros pueden contemplarse en el Museo Provincial de Burgos.
De cerca, la estampa romántica Fresdelval parece una ensoñación. Una especie de halo mistérico rodea estas piedras que otrora fueron alabadas. Un árbol sostiene sus muros, como amoroso contrafuerte. Desde uno de sus ventanales góticos asoman unas caras de mirada eternamente sorprendida. El viento mueve las ramas de la arboleda próxima produciendo un susurro que estremece un poco. Repite, acaso, las palabras que dejó escritas Balaguer sobre el lugar: "Y en verdad que no puede ofrecerse mansión más agradable, ni hospitalidad más atrayente, ni sitio más encantador, ni centro más propio para regocijos de soledad y para deleites de excursión". 

3 comentarios:

  1. Tanto el acceso a esos bienes culturales como el propio bien no deberían de ser propiedad de nadie salvo del pueblo.

    Saludos

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  2. Una preciosidad, gracias por el mágico paseo.

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  3. Hay un problema querido Manuel, el Estado no puede mantener tantisimo patrimonio historico y menos en Castilla y León que es ingente. Mejor que esté en manos de particulares y que ellos se gasten su dinero en rehabilitarlo que te lo detraigan de sanidad, educación....
    Porque el pueblo no puede mantener tantas cosas, Viva Marx y Fidel Castro

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