El parque de
Bussaco es un bosque situado en el centro de Portugal, en el término de Luso.
Se cree que ya en el siglo II fue refugio de cristianos pero es en el siglo
XVII cuando los carmelitas fundan aquí un monasterio y cierran la zona con una
tapia que sólo se abre al exterior por tres puertas que aún subsisten: la de
Rainha, Sula y Coimbra. Los monjes se
dedicaron al cuidado del bosque plantando especies autóctonas y exóticas. La
mancha boscosa tiene una extensión de 400 hectáreas, con una longitud máxima de
casi un kilómetro entre las puertas de Sula y Coimbra y sigue protegida por una
tapia de 5.750 metros de largo y tres metros de altura.
En 1628 los
carmelitas levantan el convento de la Santa Cruz en el corazón del bosque, del
que hoy sólo permanecen en pie la iglesia y el claustro. En 1643 el Papa concedió
una bula en la que se decretaba la excomunión a quien talara un árbol del
monasterio.
Este lugar de paz
fue testigo de una de las batallas de la guerra de la Independencia. En 1810
las tropas de Napoleón, al mando del mariscal Massena, se enfrentaron al
ejército anglo-portugués, mandado por el duque de Wellington, sufrieron una
derrota sin paliativos. Un monolito y un museo militar recuerdan la victoria
lusa.
El
hotel se llama Palace Bussaco. Su publicidad le presenta como un palacio de
cuento de hadas en el bosque encantado… Un gran viaje por el tiempo y por la
historia es lo que ofrece el palacio de los últimos Reyes Portugueses (...) Un
refugio de paz, historia y verdor. Con semejante descripción es fácil caer en
la tentación, incluso quienes carecemos de fervores monárquicos.
La habitación no
es muy grande. En conjunto, no le vendría mal una mano de pintura. La
televisión es de tubo catódico. Las cortinas debieron lucir más ligeras hace
años. La calefacción está a tope. ¿Tú no tienes calor?, pregunto al colega. Un
poco, sí, responde. O sea, debemos estar a punto de ebullición. Pero nos
dormimos enseguida. Hasta que me despierto sudorosa. Has cenado demasiado, me
reconvengo a mí misma. Llueve y se oye el chapoteo de las gotas en la terraza.
Como estoy espabilada, me da por pensar en el palacio, en los huéspedes ilustres que nos han precedido.
Fuera, arrecia la
lluvia y creo ver como una sombra que cruza delante de nuestra ventana. A ver
si hay un alma en pena que vaga por el palacio, un príncipe o algo así, me
digo. Qué tonterías piensas cuando cenas de más, me corrijo. Pero, por si
acaso, me voy arrimando al colega, que duerme tranquilamente. Al rato, tengo la
impresión que vuelve a pasar otra sombra. O la misma, no sé. Además, creo oir
un ruido cerca. Joer, qué noche, pienso.
A fuerza de
arrimarme, he llevado al colega al borde mismo de la cama cuando caigo en la
cuenta de que no son sombras las que pasan sino el efecto de los relámpagos a
través de las cortinas que no hemos cerrado bien. Pero sigo oyendo un bisbiseo,
como el de alguien que se moviera en el cuarto de baño. No hay nadie en el baño
porque la ventana da a un foso así que ya puedes irte durmiendo si quieres
tenerte de pie mañana, me reconvengo muy seriamente. Y en esas estoy cuando se
oye un estropicio en el baño que hasta el colega se levanta como con resorte.
Salimos ambos despavoridos a ver qué ha pasado y descubrimos que se ha abierto la
ventana y, con el temporal de agua, viento y aparato eléctrico que está cayendo
sobre Bussaco, se han caído las cosas de aseo que habíamos dejado sobre una
mesita y se ha mojado lo que estaba cerca. El colega cierra la ventana, que es
un ventanal tamaño monarquía absolutista. Está a punto de amanecer un nuevo día
cuando logramos dormirnos de nuevo.
El desayuno está
igualmente a la altura del escenario. El servicio, un dechado de
profesionalidad. Todo resulta confortable, amable, acogedor. Lo que se entiende
por un palacio. Llueve cuando
abandonamos el hotel. ¿Qué te ha parecido?, me pregunta el colega. El sitio,
precioso y todo lo demás, estupendo, respondo, pero creo que los palacios me
gustan sólo de visita.
Porque, en
confianza, cuando me acuerdo de esa noche de rayos y centellas y ventanas que
se abren solas creo que voy a dar por concluido mi capítulo palaciego-realengo.
Sospecho que el palacio identificó nuestro gen republicano. Sabido es que lo que no puede ser no
puede ser y además es imposible.