
La Biblioteca Nacional ha organizado una exposición fotográfica en honor de quien fuera retratista de la burguesía de la segunda mitad del siglo XX: el húngaro naturalizado español Juan Gyenes, de quien este año se cumple el centenario de su nacimiento.
Hoy parece una bobada pero hubo un tiempo en que el retrato –casi siempre de mujeres- firmado por Gyenes era una muestra de distinción en el salón de una casa, un signo externo de bonanza. Tenía curiosidad por conocer cómo se veían a la luz del siglo XXI las poses del siglo XX.

La muestra es abundante en número pero reducida al espectro social conocido: el artisteo y la burguesía. Hay fotos muy hermosas de estrenos teatrales; hay alguna evocadora, como la de Dalí con su Cristo inacabado; pero, en general, se trata de fotos complacientes, descomprometidas, que embellecen al retratado, quienquiera que éste sea.


Gyenes era un buen fotógrafo, eso está fuera de discusión, pero su obra envejece mal. De la misma manera que la imagen del miliciano de Robert Capa parece latir 75 años después de haber sido captada, los personajes de la exposición reunidos en la Biblioteca parecen un poco de carton piedra. Salvo, quizá, la de la reina Sofía en el palco del Real: su soledad resultaría premonitoria.
Aprovechando la bonanza de la tarde, volvemos a casa paseando. El paseo de Recoletos está concurrido con la Feria del Libro Antiguo. Sorprende la abundancia de banderas nacionales que han colocado en torno a la fuente de la Cibeles. Quizá esté haciendo méritos para solicitar la nacionalidad, de la misma manera que a la Virgen del Pilar le han concedido una medalla al mérito (¿a cuál de todos?) de la Guardia Civil.

Al pasar a la altura del dios del mar hacemos una foto a los policías, que posan no ya como los hombres de Harrelson sino como si fueran el mismísimo Harrelson. No permiten que los paseantes se acerquen. ¿A quién creen que se enfrentan? ¿Nadie les ha contado que son funcionarios del Estado? Ya puestos, ¿no les han dicho que ellos tampoco van a cobrar la extra de navidad?
Falta media hora para la cita y a esa hora la plaza está ocupada a la mitad pero se observa una inusitada afluencia. Llegan otras diez lecheras. Entre Neptuno y Atocha la llegada de gente se ha convertido en un aluvión. Hay muchos jóvenes pero hay, sobre todo, adultos, cuadrillas de familias: abuelos, hijos, nietos, tíos; hay parejas de jubilados, grupos de mujeres. Van comentando sus cosas pero de las palabras captadas aquí y allí se puede elaborar un discurso breve pero inteligible: No puede ser que nos traten así, nos merecemos un respeto.
No es seguro que el gobierno se haya enterado de lo que está ocurriendo, tampoco el resto de partidos. Los mismos que se han apalancado en unos privilegios autoconcedidos reprochan a quienes pagan el gasto que protesten por tener que soportar en exclusiva el coste de la crisis.
El discurso de Rajoy, halagando a quienes se quedan en casa, es insultante porque manifestarse es un hecho tan legal como no hacerlo; como es insultante que la secretaria general del PP, Dolores de Cospedal, equipare a los manifestantes con los golpistas del 23-F.
No ven y se empeñan en permanecer ciegos cuando presentan como sociales unos presupuestos cuyo única partida garantizada es la dedicada a abonar los intereses de una deuda ocasionada, entre otros, por los bancos.
Es posible que estemos condenados a pagar una cuota importante de esta crisis pero si es así, convendría que el gobierno y todos los partidos políticos explicaran por qué causa quedan exentos del pago las principales fortunas del país y por qué razón no ha pisado la cárcel ninguno de los banqueros que nos han colocado en esta tesitura mediante fraudes bien planeados.
La ciudadanía quizá acepte sacrificios económicos pero no parece dispuesta a aceptar que se le falte al respeto. Es una cuestión de dignidad, era el argumento más reiterado por los manifestantes.
Finalmente, la plaza de Neptuno se llena a rebosar. La Delegación de Gobierno, con la finura de vista que le caracteriza, cifra en 2.000 el número de asistentes. Esos cálculos explican muchas cosas. Si los que cuentan 900.000 personas cuando viene el Papa, 6.000 cuando quienes llenan la plaza protestan contra el gobierno y 2.000 cuando protestan por los recortes y por la actuación policial, son los mismos que hacen las cuentas del gobierno y elaboran los presupuestos, demasiado bien va la economía nacional.
Gyenes y la plaza de Neptuno: dos maneras de estar y de ver el mundo.