martes, 11 de septiembre de 2012

La medida del verano




En la primera juventud el paso del tiempo se mide en veranos. El verano es el tiempo de libertad. Más aún en el siglo pasado (ah, duro descubrimiento constatar que tu juventud pertenece a otro siglo) cuando los niños carecían del aparataje que ahora poseen pero, a cambio, disfrutaban de una autonomía de la que ahora carecen.

El verano era entonces turno de aventuras, de nuevas amistades, de correrías, de descubrir lugares secretos. Con el tiempo, el verano pasó a ser tiempo de nuevos novios. ¡Novios!, qué palabra, intraducible al presente.

A medida que el tiempo y la edad fueron avanzando, el verano se convirtió en el momento de los viajes al extranjero (ah, también el vocablo extranjero tiene ahora resonancias distintas a las que tuvo), de nuevas intendencias, de viajes familiares, de playa, apartamentos, hoteles. Todo, con el plazo establecido. Un mes como máximo.

El de 2012 ha sido como volver a la primera juventud. Verano de libertad. De reuniones familiares, de viajes al extranjero, de nuevas intendencias, de playa, de montaña, de cumplir deudas pendientes.

Estás de vuelta y te deleitas con lo vivido. Praga, ciudad que resume la historia europea, ese tejer y destejer de unos con otros. Esa forma civilizada de ser y estar. Tan limpia, tan cuidada, tan romántica, tan hermosa.




Esa plaza de Wenceslao por donde un día, recién cumplidos tus 20 años, bajaron los tanques rusos del Pacto de Varsovia dando por terminada la primavera de Praga, el socialismo de rostro humano. Tus amigos y tú discutisteis durante semanas sobre el alcance de aquel avance, sobre la capacidad de resistencia de Alexander Dubcek. Tus amigos y tú misma formabais parte de lo que el gobierno denominaba “los tontos útiles”, los que hacían el trabajo de campo a los antisistemas de la época, los compañeros de viaje del partido, en una época en la que partido solo había uno: el Partido Comunista.

Vosotros no erais comunistas pero la invasión de Praga supuso un desgarro en vuestras convicciones políticas y en vuestras relaciones personales. Se rompieron relaciones que no se recuperaron nunca más.

 

Dubcek desapareció de la escena política, a la primavera le sucedió el invierno y de aquellos meses quedaron en tu memoria las estupendas fotografías de Josef Koudelka. Praga se hizo un lugar en tu corazón como uno de los lugares a los que algún día habrías de ir.

Cuarenta y cuatro años después, ahí estás tú en la plaza de Wenceslao, buscando los rostros de aquellos praguenses que el 20 de agosto de 1968 se jugaron la vida frente a los tanques, de quienes asistieron al entierro de Jan Palach, el estudiante que se suicidó quemándose a lo bonzo en enero de 1969 en esta misma plaza.

 


La plaza Wenceslao era y sigue siendo lugar de reunión de los habitantes de Praga. El corazón popular de una ciudad que enamora al visitante. El lugar donde cayó Palach está ocupado por una sencilla placa que le recuerda a él y a Jan Zajic, un segundo estudiante siguió el ejemplo de Palach, y a todas las víctimas del comunismo,  y al que no le faltan flores frescas. Es un lugar que estremece.



Salvo esta pequeña zona, a la sombra de la estatua de san Wenceslao, bajo la escalinata del Museo Nacional, todo en la plaza apela a la alegría de vivir. Abundan los hoteles, los restaurantes, los bares y terrazas y los puestos de bocadillos de salchichas. En uno de los edificios que bordean la plaza trabajó Franz Kafka; hoy está ocupado por una firma de moda.



 


En tu estancia en Praga, has recorrido decenas de veces esa plaza. Te fotografías en los lugares que fotografió tu admirado Koudelka. Han pasado 44 años, te dices. Casi una vida. Pero has llegado.

3 comentarios:

  1. Y sigues aquí, disfrutando de la vida.

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  2. Y sigues aquí, disfrutando de la vida.

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  3. Soñar, hacer listas, tachar cosas hechas de la lista, seguir soñando, seguir haciendo listas...

    Besitos

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