viernes, 1 de abril de 2016

Michelin de Aranda: más que una fábrica



El pasado 31 de enero, Máximo López Vilaboa, concejal del Ayuntamiento de Aranda de Duero, publicaba un artículo en Diario de Burgos donde recordaba que ahora se cumplen 40 años de la huelga de la factoría Michelin. Pocos días después, un amigo me mandaba las fotos que acompañaban el artículo. Te he conocido, decía. Cuando la Pubilla ve la foto pregunta ¿Por qué estabas tan seria? 

¿Cómo explicarle a una niña, hija, nieta, biznieta, tataranieta de arandinas, lo que significó esa empresa para Aranda y lo que supuso la más larga huelga que hasta entonces se había convocado no sólo en la población sino en la provincia? Lo intentaré. 

La empresa Michelin llegó a Aranda de rebote, para compensar al alcalde Luis Mateos por la traición franquista de llevarse el Polo de Desarrollo Industrial a Burgos, con nocturnidad y alevosía.
Como es bien sabido, Luis Mateos llevaba años trabajándose en Madrid el proyecto de hacer de Aranda un núcleo industrial. Había logrado que los propietarios de tierras entre el Montecillo y Valdolé las cedieran para la construcción de un polígono industrial y, tan difícil como lo primero, había conseguido que en Madrid creyeran que la villa de 12.000 habitantes que en los años 60 era Aranda podría convertirse en un núcleo fabril de 80.000. Tanto los había convencido, que el 17 de enero de 1964 la Comisión Delegada del Gobierno había aprobado que se ubicara en Aranda uno de los Polos de Promoción Industrial previstos en los Planes de Desarrollo para la década 1964-74. Pero desde Burgos movieron los hilos eficazmente -siempre se ha rumoreado que por mediación de Carmen Polo, la mujer de Franco, y haciendo valer los méritos contraídos por la capital durante la guerra civil- y el 24 de enero la noticia fue que los beneficios industriales y de toda índole que comportaba la designación se iban a la capital de la provincia.
La desilución en Aranda fue enorme y el enfado de Mateos, monumental. Pero, hombre poco dado a desalientos, al día siguiente empezó a trajinar por las dependencias ministeriales de Madrid y a mover todos sus contactos, que no eran pocos, para que a la capital ribereña llegara la ansiada industrialización. Coincidió que por entonces la Sociedad Anónima para la Fabricación de Neumáticos (SAFEN) Michelin buscaba emplazamiento para sus planes de expansión fuera del País Vasco, donde ya tenía las factorías de Lasarte y Vitoria.
El hambre de Luis Mateos se juntó con las ganas de comer de François Michelin. En 1967 se anunció que la nueva fabrica se levantaría en Aranda, en 1969 comenzaron las obras, en enero de aquel mismo año se contrataron a los primeros trabajadores, jóvenes menores de 30 años a los que se envió a la factoría de neumáticos de Karlsruhe, donde permanecieron año y medio aprendiendo los métodos de producción de neumáticos. Otro grupo se formaría en Clermont Ferrand, cuna de Michelin. Y así fue como el Polígono Industrial, creado a partir de los terrenos cedidos por los agricultores arandinos, vio nacer una factoría de la que el 27 de julio de 1970 salía su primer neumático de camión y cuatro meses más tarde, la primera cubierta de turismo. A finales de ese año, habían sido contratados 559 trabajadores. El futuro parecía despejado.
La empresa Michelin era una empresa peculiar. A pesar de su enorme volumen de ventas y de haberse extendido por varios continentes, en lo laboral no era el prototipo de una empresa moderna. François Michelin era el tercero de la saga en dirigir la empresa que había sido fundada en 1889 por los hermanos André y Edouard Michelin, éste padre de otro Edouard, el progenitor de François. La familia dirigía la empresa de manera personal, sin consejo de administración. Nuestro Michelin era hombre de convicciones arraigadas, tanto las económicas como las religiosas, creía que las relaciones empresariales se regían por el mismo principio que la familia, de manera paternalista.
A François Michelin le pareció excelente la elección de Aranda, una zona poco desarrollada, con una población mayoritariamente conservadora, donde los sindicatos no tenían influencia alguna. Una fuente inagotable de mano de obra barata y dócil.
En la comarca, donde aún faltaban veinte años para que se volviera a hablar de vinos de calidad y se creara la Denominación de Origen Ribera del Duero, la llegada de Michelin se contemplaba como una tabla de salvación laboral: las nuevas generaciones ya no tendrían que emigrar. Sólo algunos empresarios locales expresaron sus suspicacias de que la gran factoría obligara a subir los salarios.
La mayoría de trabajadores que se contrataron inicialmente procedía de la comarca. Luis Mateos, que era el padre de la criatura y siempre se consideró como el tutor de Michelin, puso especial énfasis en que se primara la contratación de los arandinos y, por extensión, de los ribereños, y así se hizo. Los jóvenes con alguna preparación encontraron acomodo en la fábrica como mandos intermedios, quienes carecían de preparación profesional, se incorporaron como operarios no cualificados. Entre éstos, había muchos agricultores, pequeños propietarios de tierras que trabajaban en la fábrica en sus turnos correspondientes y, luego, seguían atendiendo sus cultivos, cereal, y remolacha, principalmente. Para estos, muy especialmente, la fábrica fue una bendición pues, además de permitirles seguir viviendo en sus pueblos, les garantizaba un contrato fijo con el correspondiente pago a la Seguridad Social, y unos ingresos añadidos de sus cosechas. Empero, un número considerable de los mandos intermedios procedían de fuera -de Aragón, del País Vasco, de Madrid- jóvenes técnicamente cualificados, más urbanitas, desconocedores de la comarca y del carácter de su gente. El equipo directivo, en aquellos primeros años, procedía de las fábricas del País Vasco o de las de Francia y poco o nada tenían que ver con la comarca.
Efectivamente, los salarios de Michelin estaban por encima de la media local. No solo eso, los trabajadores -los michelines, a todos los efectos- gozaban de otra serie de privilegios: economato, campamentos infantiles de verano, centro deportivo, actividades culturales propias. En una población donde la vida ya era confortable, estaba naciendo una clase media joven, que vivía sin grandes agobios, veraneaba cada año, y asistía a fiestas en las que ellas vestían de largo y ellos, con suerte, se codeaban con los jefes.
La expansión demográfica fue vertiginosa. De los 13.632 habitantes censados en 1960 se pasó a 18.828 en 1970. Los setenta fue la década del baby boom. En 1981 se registraron 27.849 habitantes. Aunque para entonces, las cosas habían cambiado mucho. Pero, eso es otra historia.

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