Mi
amigo Tomás es castellano viejo, sensato, prudente e inteligente. Me
gusta oirle hablar porque, aunque no siempre coincido con su opinión,
siempre ofrece una manera interesante de ver las cosas.
Hace
unos días, Tomás escribió una carta en la que enumeraba las
múltiples virtudes de los catalanes, evocaba momentos emocionantes
vividos en aquella tierra y concluía con una profesión de fe
catalanista en la que había mucho de emoción personal y colectiva.



Al
nacionalismo catalán se le enfrentó enseguida el nacionalismo
español. Los nacionalistas apelan a lo que nos diferencia en el bien
entendido que ellos y lo suyo es mejor. Y así llevamos años cada
cual midiéndose lo suyo a ver quién lo tiene más largo. Nadie nos
quiere, todos nos pegan, es el lema que identifica a unos y otros.
Una fatiga, un aburrimiento y una pérdida de tiempo.
El
ser humano es gregario por naturaleza y, aceptando que esto es así,
me gusta creer que formo parte de la tribu a la que también
pertenecen, además de los Trueba, Margarita Salas, María Blasco,
María Telo, Maria Ángeles Durán, Victoria Camps, Amalia Valcárcel,
Iciar Bollaín, Josefina Molina, Isabel Coixet, Elena Arnedo...
Lamentablemente, sus virtudes y sus méritos son solo suyos y me
alcanzan muy escasamente.
Pero,
diga lo que diga mi pasaporte, quiero creer que no tengo apenas nada
que ver con la gente que se empeña en mantener a nuestros
desaparecidos en las cunetas tres cuartos de siglo después de haber
sido asesinados; con quienes diferencian a las víctimas del
terrorismo por afinidad ideológica, como si a los muertos les
hubieran dado a elegir.
No
me gusta pertenecer al mismo país de quienes escriben la historia a
la medida de su conveniencia, sean los anales catalanistas o las
hazañas de Esperanza Aguirre; ni a quienes programan y contemplan
esos programas de televisión dirigidos a embrutecer a las personas a
quienes se ha privado de todo, incluso de su propio sentido de la
dignidad; ni a quienes fundamentan su identidad en las fiestas donde
se tortura a los animales y se embrutecen las personas.
Carezco
de patriotismo, todas las banderas me resultan sospechosas, más aún
cuando compruebo a diario que los mismos que se envuelven en los
colores nacionales tienen su dinero -a menudo hurtado a lo público-
en bancos con bandera de conveniencia.

En
cambio, me reconozco compatriota de las mujeres palestinas que, no
habiendo conocido ni un día de paz en sus vidas, siguen apostando
por el entendimiento con quienes les hostigan permanentemente y las
mujeres israelíes que pudiendo disfrutar de una vida confortable se
levantan a diario para defender a los palestinos arriesgándose a la
violencia de los suyos y a la incomprensión de los ajenos, los
nacionalistas de uno y otro signo; de la misma patria de las mujeres
de los países islamistas, empeñadas en conquistar su propia
identidad.
Vivimos
en un mundo global y ello es bueno en muchos aspectos: nos permite
comprender la pequeñez de cada uno de nosotros, nuestra dependencia
de los demás, la necesidad de proteger conjuntamente el planeta si
queremos sobrevivir, la estupidez de las confrontaciones. Siempre es
más lo que nos une que lo que nos separa. Imagino estos días a un
hipotético vecino de otro planeta que se dedicara a observar
nuestras cuitas y banderías, literalmente partido de risa. Pero
éstos ¿de qué van?, se preguntaría.
¿Banderas?
¿Patrias? Casi 800 millones de personas en el mundo pasan hambre;
más de tres millones de niños mueren por desnutrición cada año;
con poco más de tres mil millones anuales se podría dar de comer a
los 66 millones de niños con hambre en edad escolar. El 35% de las mujeres sufre violencia física o sexual por parte de su pareja; más
de 133 millones de niñas y mujeres han sufrido algún tipo de
mutilación genital.
¿Nacionalismos?
Como he leído estos días en Twitter, ya me parece raro que en el
certamen de Miss Universo siempre resulte ganadora una terrícola.