lunes, 17 de agosto de 2015

El cine Madrid de la Plaza del Carmen

Madrid es una ciudad en permanente demolición. A poco que te descuides te pasan la piqueta. El último y doloroso descubrimiento ha sido en la Plaza del Carmen: han abatido al viejo Cine Madrid. El vaciado se inició hace meses pero la viajera lo descubrió la semana pasada cuando se le rompió una jarra de cristal y se encaminó a la calle de La Salud a reponerla. En esa calle estrecha que empieza en Carmen y termina en la Gran Vía había una tienda antigua en la que podías encontrar piezas descabaladas de cualquier vajilla o cristalería, piezas de buena calidad, desparejadas. Había, he escrito, porque la tienda ha cerrado -por la apariencia, hace ya tiempo- y el local está en venta.

La Plaza del Carmen no es de las peores del centro de la ciudad pero ese día presentaba un trasiego de camiones que impedía el paso en cualquier dirección. Son los que evacúan el interior del edificio que ocupó el Cine Madrid, reducido ahora al mero esqueleto. Un cartel informa que se están realizando “obras de reestructuración total de edificio destinado a salas de cine”. Veremos.

Lo que haya de levantarse lo hará sobre los cimientos de un edificio que en 1898 vino a ocupar el espacio de lo que fue el Convento del Carmen, arruinado tras la desamortización de Mendizábal. Se construyó entonces un local dedicado a pelota vasca, cuya amplía crujía llamaba la atención. Se le llamó Frontón Central o Gran Kursaal, tenía el acceso principal sobre la calle Tetuán y además de la actividad deportiva acogía tertulias, reuniones y sala de bailes, con una capacidad de dos mil parejas. Entre sus asiduos, se menciona a Valle Inclán. Aquí se organizaron también las primeras peleas de boxeo.

Desde 1904 fue, sucesivamente, frontón, circo americano, sala de varietés y de cine. Los asiduos vieron actuar a la joven Anita Delgado, de la que se enamoró y con quien se casó el Majarajá de Kapurthala.

En 1925 sufrió una nueva transformación, dejó de ser frontón y se centró en la actividad cinematográfica. Así permaneció hasta 1943, año en que se remodela el edificio interior y exteriormente y se abre la portada monumental por la Plaza del Carmen. Por entonces, apareció anejo al cine el Teatro Muñoz Seca, que aún permanece en la esquina de Plaza del Carmen con Tetuán. Con el nombre de Teatro Madrid y un aforo de 1.700 localidades, en octubre de 1943 estrena la zarzuela del maestro Serrano “La Venta de los Gatos”. Dos años más tarde vuelve a ser Cine Madrid. Se estrena con la proyección de “Una nación en marcha”, de Frank Lloyd. Así se mantendría, como cine de estreno entre 1945 y 1979, cuando se convierte en multicine de cuatro salas. En 2002 cerró definitivamente.

No es la Plaza del Carmen lugar que guste mucho a la viajera. Aquí estuvieron los antiguos y populares Almacenes Arias, una especie de todo a cien antes de que se inventara el concepto. Los almacenes terminaron de forma dramática el 4 de septiembre de 1987 cuando se declaró un incendio que costó la vida a diez bomberos. La viajera recuerda aquellos días de guardia en la Plaza del Carmen a la espera de que fuera recuperado el cadáver de Julio Honrubia Varona, 37 años, casado, padre de tres hijos, que allí perdió la vida y que fue el penúltimo en aparecer.

Pero el recuerdo que quiero traer hoy es mucho más amable y un punto ingenuo. Terminaba el verano de 1965 cuando en el Cine Madrid se estrenó una nueva versión de la película “Currito de la Cruz”, protagonizada por Manuel Cano “El Pireo”, un torero joven que pasó sin pena ni gloria pero que entonces tenía cierta fama. Le acompañaban en el cartel Francisco Rabal, Arturo Fernández y Soledad Miranda, una actriz joven que moriría de accidente en 1970.

La película era un truño sin paliativos. Ante la cámara, El Pireo era de cartón piedra, Arturo Fernández nunca ha sido buen actor y Rabal y Miranda no eran capaces de levantar aquella historia que en su versión de 1949 había tenido un éxito arrollador. Pues bien, la viajera fue convenciendo a familiares y amigos para ir al cine -entonces no era concebible una señorita sola en un cine- y de esta forma se vio cinco veces, cinco, las peripecias del Niño de las Monjas. ¿Por qué? Porque en el NoDo, que era de emisión obligatoria en todos los cines previa a la proyección de la película, daban una reseña del Festival de la Canción del Duero, que aquella edición había ganado Francisco Heredero con su canción “Mariola”, de Fina de Calderón.

No, tampoco es que la canción fuera la reoca. Pero entre las imágenes del NoDo aparecía un chico que le gustaba a la viajera. Por esas cosas maravillosas que tiene la red de redes, he recuperado aquel NoDo y, por más que hurgo en las imágenes (a partir del minuto 7,50) y en la memoria no consigo identificar al galán de mis fervores. El medio siglo que ha pasado desde entonces se ha llevado los cascotes del cine y los de aquellos amores de juventud.

1 comentario:

  1. ¡Qué pena! Allí me llevó mi padre a ver muchas zarzuelas. Allí vi a "Los vieneses" con sus fuentes de agua multicolores. Vi una gran revista "Tentación" ; algunos espectáculos más, hasta que en 1955 pasó definitivamente a cine con el estreno de Benhur. Allí perdió todas sus esencias al pasar a manos de banqueros sin escrúpulos ni sensibilidad alguna, nunca tuvieron los banqueros más sensibilidad que la del dinero, y así sigue al día de hoy, en sus manos, destrozando, cambiando, aniquilando recuerdos entrañables de Madrid.

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